El siglo XX le tenía preparado un futuro con alicientes a la comarca portuguesa
de Estoril y Cascais. A pesar de su humildad secular, de ser un poblado donde marineros y
pescadores trataban de hacerles piruetas a las penurias, ojos diestros para los negocios vieron en
el enclave posibilidades turísticas fuera de lo común.
Arena de la buena conformando playas extensas, un mar generoso y el clima
empeñado en ser benigno, fueron los imanes que atrajeron inversores, quienes comenzaron a
transformar casas rústicas en palacios, predios en hoteles y ladrillos o cemento en beneficios.
La meteorología favorecía el hecho que, una vez instaladas las primeras
infraestructuras, llegase la fama. Monarcas exiliados como Carolina de Rumania, Humberto de Saboya
o el propio Juan de Borbón, cuya casa todavía es visitada por españoles nostálgicos, fueron los
primeros protagonistas en recibir atenciones y privilegios que supieron agradecer.
La bahía alberga una superficie ideal para recibir sombrillas, tumbonas y tres
estaciones de ferrocarril, cuyas últimas traviesas parecen terminar en la mismísima playa. De norte
a sur se suceden Praia dos Pescadores, do Rainha, Da Conceicao, Do Duquesa y Do Tamariz, dando fe
de que toda la actividad parece centrada en torno al sol y las olas. En el centro de Estoril
destaca el famoso Casino, aledaño a una plaza que custodia el homenaje dedicada al protagonista del
desarrollo: Fausto Cardoso de Figuereido.
El establecimiento, en su momento uno de los más importantes de Europa,
compatibiliza juegos y azar con la producción de espectáculos recomendados por entendidos.
Musicales, cantautores y magos alternan escenario en funciones que se renuevan para atender a una
demanda incesante. Más de 1.000 máquinas tragamonedas no consiguen con su ruido de quincalla
acallar los acordes de instrumentos, tampoco las risas o adjetivos de quienes apuestan parte de lo
que les sobra para aumentar la hacienda de propietarios de ruletas que todavía no aprendieron a
perder.
Probablemente nunca imaginaron los pioneros como Teodoro Dos Santos,
promocionado de peón a gran constructor, la proyección de los emprendimientos, agradecidos por la
posteridad con el nombre de calles y estatuas. La villa, abrigada por la vecina sierra de Sintra,
goza de cierta homogeneidad térmica a lo largo del año, posibilitando estancias veraniegas o
invernales, trasladando en este último caso los baños de mar a balnearios con sales de otro
tipo.
Testigo de aquella época de nobles y glamour fue el Hotel Palacio. El edificio,
de principios del siglo XX y obra del arquitecto Jean de Ma, tinel, alojó conjuras de verdad y
diplomacia de posguerra, mixturadas con espionajes de ficción, como por ejemplo los protagonizados
por James Bond, quien proyectó su sombra en salones del hotel que luego alumbraron pantallas de
cine de todo el mundo.
Camino a Cascais
A media hora de tren de Lisboa está Cascais. Sólo 25 kilómetros de carretera la
separan de la capital, un trayecto que se puede hacer por dos caminos, uno directo, de autovía, y
otro que transcurre paralelo a la costa. El municipio, al igual que Estoril, fue una villa de
pescadores que cambió parte de su destino en el siglo XIX, cuando los reyes portugueses llegaron
para pasar algunos veranos. Como sucede generalmente, tras los coronados caminaban cortesanos, y
con ellos personas capaces de imaginar moda, crecimiento y utilidades.
En poco tiempo Cascais pasó a ser un balneario y centro turístico de prestigio,
donde la elegancia de los recién llegados competía con la indumentaria rústica de los de siempre.
Afortunadamente quedan todavía huellas de aquellos tiempos pretéritos, como pequeñas barcas de
pescadores y casitas encaladas, que suelen entreverarse sin complejos con yates o residencias
señoriales.
Algunos puntos concretos, donde las ganas de figurar se convirtieron en
arquitectura, parecen trasladarnos a otros puntos del Mediterráneo de acreditado caché. La
Ciudadela, situada justo donde comienza la bahía, era una fortificación que en el siglo XVI
protegía la costa y hoy aloja un museo.
Otros reclamos son la Iglesia Parroquial, austera y con personalidad, el Museo
Municipal en la casa que fuera de Castro Guimaraez, y el Hotel Alabastro en el otro extremo, con su
terraza que permite vistas donde el horizonte azul y marinero parece no agotarse.
El lujo de playas calmas, una oferta hotelera considerable y precios razonables
convierten Estoril y Cascais en destinos que reciben a muchísimos visitantes portugueses. No muy
lejos del ajetreo la naturaleza regala una ensenada abrupta. En un hito señalado con el nombre de
Boca del Infierno, el oleaje fabrica explosiones de espuma, a través de piedras perforadas por la
erosión, que trazan un laberinto por donde discurre el agua revoltosa haciéndose notar. La zona
pertenece a un espacio protegido, donde todavía, por fortuna, no ha llegado el desarrollo.