Turismo

Cusco, la ciudad imperial

Visitar Cusco en ocho días permite disfrutar no sólo de una cultura milenaria, sino también de paisajes majestuosos, una gastronomía deliciosa y la amabilidad de su gente.

Domingo 13 de Octubre de 2019

Llegar a Cusco es trasladarse en el tiempo a un pasado colonial. Entre la combinación de ruinas aborígenes y la mano de los conquistadores españoles se aprecia una cultura única en el mundo. Visitar la ciudad en su primavera, significa disfrutar de días soleados con clima seco, ideales para recorrer sus calles empedradas y su arquitectura que en sus tonos monocromáticos la hacen especial. Su centro histórico rodeado por casas de piedra con sus tejados naranja, tiñen el poblado con un aspecto que sólo se puede observar en este lugar tan particular.

La brillante Plaza de Armas es imprescindible para turistas de todo el mundo. Está en el centro de la ciudad, donde se respira la historia del imperio Incaico, ya que este sitio fue su núcleo religioso, administrativo y cultural. Se encuentra en ella la presencia intacta de hechos muy significativos como la ejecución del líder Inca Túpac Amaru II en 1781, considerado como el mayor caudillo indígena en la rebelión anticolonial.

En su entorno se destacan edificios monumentales, como la catedral, la iglesia de la Compañía de Jesús, los palacios españoles y los muros incaicos, arquitectura que le permitió a la ciudad ser declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por Unesco en 1983. Cabe destacar que la catedral impacta en su exterior, pero en su interior se encuentra su verdadero tesoro con obras de arte majestuosas confeccionadas con el oro de los Incas, siendo ésta una visita obligada.

Es importante enfatizar que para acceder a iglesias, museos y zonas arqueológicas es necesario contar con un boleto turístico que se puede adquirir oficialmente en oficinas de turismo y en los mismos complejos arqueológicos.

Perderse en las callecitas empedradas cusqueñas es un placer, y pese a sus 3.400 metros de altura, nos invitan a realizar plácidas caminatas en donde cada rincón tiene su encanto. Entre hoteles de categoría, bares de cocina tradicional peruana, museos y el encanto de sus plazas, y las montañas en su horizonte, se encuentra la historia latente.

   Colina arriba, otro imprescindible es el barrio San Blas, con su plaza, su fuente, su catedral y los comercios de artesanos y casas de diseñadores más exclusivos. Aquí el arte convive con las mejores vistas de la ciudad. Y por supuesto, la mejor gastronomía local se hace presente en el mercado “San Blas”, con los platos típicos en donde la experiencia de almorzar allí nos hace sentir como ciudadanos locales.

Aventura en el Valle Sagrado

La ciudad de Cusco es una puerta de entrada hacia una aventura arqueológica y cultural fascinante. Hacer base aquí es la manera más cómoda para movernos por el valle y visitar sitios que aún hoy son explorados y estudiados por arqueólogos.

   Para movernos existen gran variedad de opciones según nuestro bolsillo. Desde paquetes de excursiones con comida incluida que duran toda la jornada, tomar un taxi privado, una van o combi, y hasta el transporte público. Todas las alternativas son cómodas y seguras, pero es recomendable tener en cuenta las distancias y el tiempo con el que uno cuenta.

Machu Picchu

La fresca mañana soleada acompaña de manera ideal nuestro punto de partida hacia el pueblo de Aguas Calientes. Entre las campanadas de las iglesias y el sonido mágico de la bocina del tren nos acercamos a su estación para emprender marcha hacia las ruinas más famosas de Perú. Tomamos el Inca Rail a las 8:30 de la mañana y tras cuatro horas de un recorrido rodeado por montañas, puentes y ríos rápidos llegamos a Aguas Calientes.

   La calidez del viaje en tren es más que placentera, con su diseño de interior de madera y ventanales en el techo y laterales, sumados de un servicio gastronómico con productos locales exquisitos. Decidimos descansar una noche en Aguas Calientes, que si bien es un poblado muy pequeño, vale la pena recorrerla y disfrutar de su entorno selvático inmerso en las enormes montañas.

   La mañana posterior amaneció con una leve llovizna, condición normal del lugar en ese horario, y su clima subtropical. Bien tempano tomamos el bus que tras solo 25 minutos nos llevó a la puerta de Machu Picchu. Es recomendable adquirir las entradas con tres o cuatro meses de anticipación, ya que el ingreso es limitado. Existe también la posibilidad de escalar las montañas Machu Picchu (“montaña vieja” en la lengua indígena quechua) y Huayna Picchu (montaña nueva), lo que hará una experiencia más completa pero que requiere de una exigencia física mayor.

   Una vez en el ingreso del sitio arqueológico emprendimos camino hacia la cima de Huayna Picchu, aquella montaña que custodia las ruinas incaicas, retratada en innumerable cantidad de fotografías. Sólo 200 son las personas que acceden por día, permitiéndonos movernos al ritmo que nos resulte más cómodo. A medida que ascendimos notamos abrirse el cielo azul, y con él, divisar las ruinas bien debajo de manera que simulaban ser una maqueta.

   Aún nos esperaba el pico de la montaña, que tras un empinado camino final con escaleras de piedra, precipicio mediante y más ruinas, nos desafiaba a 2.667 metros sobre el nivel del mar. Y la recompensa valió la pena, fue llegar a esa cima, testigo de la historia de uno de los imperios más fascinantes y enigmáticos del mundo.

   Una vez descendidos, hay que reingresar al parque. En su puerta se puede contratar un guía privado o grupal, aunque no es obligación. Ingresar a Macchu Picchu es acceder a un territorio místico comprendido por 140 estructuras arquitectónicas. Allí existe una zona urbana formada por construcciones y plazas como el Templo del Sol, las Tres Ventanas, el Condor y el Templo Principal; otra es la zona conformada por las terrazas y andenes agrícolas. Vagar por sus caminos sin apuro y descubrir sus innumerables puntos panorámicos es un continuo descubrir de la magnitud del imperio incaico.

Ollantaytambo y Chinchero

De camino a Aguas Calientes, a dos horas de Cusco, se encuentra el pueblo de Ollantaytambo. Decidimos tomar una van desde la estación Pavitos de Cusco. Si bien suele ser lugar de paso a Machu Picchu, su arqueología no es menor en importancia e historia debido a que fue un gran centro de defensa de la invasión española. Vale la pena dedicarle medio día o hasta pasar una noche allí. Recorrer el pequeño poblado con su plaza central, los puestos de artesanos e ingresar al sitio arqueológico impacta, debido a su locación ya que está construido en plena montaña.

   Ya de regreso a Cusco, tomamos otra combi usada como transporte público de la gente local. En su camino se encuentra Chichero, con sus casas de adobe y sus calles adoquinadas. Para destacar es su iglesia Nuestra Señora de la Natividad, edificada sobre los cimientos del palacio Inca de Tupac Yupanqui en 1607. Su mercadillo es imperdible, sobre todo si es domingo para verlo en su esplendor, ya que este poblado se destaca por la producción de productos textiles artesanales.

Maras y Moray, como en otro planeta

Con medio día, iniciando por la mañana temprano, es posible visitar estos sitios a sólo una hora desde Cusco. Tomar una excursión es conveniente para aprovechar al máximo el tiempo como también las explicaciones de los guías.

   El tour se inicia en Moray, un sitio arqueológico sorprendente ubicado a 3.500 metros sobre el nivel del mar. En un entorno único, el lugar que si bien parece un anfiteatro, está conformado por círculos perfectos que conforman terrazas donde los aborígenes investigaban y estudiaban las formas más productivas de realizar agricultura.

   A posterior y con no más de media hora de trayecto, se llega a las salineras de Maras. Como un paisaje salido de otro mundo, este atractivo se conforma por tres mil pequeñas piscinas cavadas en la ladera de la montaña. Estos pozos de sal son conformados por un manantial subterráneo hipersalino originado hace 110 millones de años, en el momento en que se originó la cordillera de Los Andes. La sal extraída se comercializa en la actualidad, así como hace cientos de años lo hicieron los Incas en su esplendor.

Laguna Humantay, tierra de chamanes

La mejor forma de llegar a esta belleza natural es a través de una excursión guiada. Desde Cusco el viaje en van nos lleva alrededor de dos horas y media, mitad asfalto y mitad ripio; este último tramo en subida serpenteando la montaña. En su camino se empiezan a divisar aquellos magníficos picos nevados de la cordillera de Vilcabamba, sobre laderas verdes perfectas sobre las cuales cabalgan los caballos salvajes más preciosos.

   El trekking hacia la laguna se inicia en el poblado de Soraypampa y demanda una hora y media de caminata con una dificultad media debido a los 4.200 metros sobre el nivel del mar. Es importante destacar que la caminata debe ser lenta y es fundamental ir acompañados por un guía, quien cuenta con los elementos necesarios para los escaladores, como ser tubos con oxígeno y elementos de seguridad. Además, en su base, se puede contratar un servicio de cabalgata para la subida.

   Visitar este lugar significa respirar un aire mítico gracias a que, a lo largo de la historia e incluso hoy, chamanes Incas realizan ofrendas a la tierra madre, Pachamama. Tras una caminata intensa, finalmente se abrirá ante nuestra mirada la laguna más hermosa, indescriptible en sensaciones, una laguna formada por el deshielo del nevado Humantay. Su colorido intenso va desde el verde a tonos celestes de acuerdo a la iluminación del sol, siendo otro paisaje increíblemente fotogénico que solo Perú nos puede brindar.

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