La ceremonia de los clavadistas es sólo uno de los detalles que distinguen a la esplendorosa bahía de Acapulco, que hoy intenta recuperar el esplendor y el fulgor que supo tener en épocas no tan lejanas, como cuando en los 50 fue el centro turístico por excelencia de las estrellas de Hollywood y así permaneció hasta la década del 90, cuando empezó a perder glamour ante la irrupción de nuevos destinos, con playas más cercanas y, sobre todo, con mayor conectividad.
Acapulco llegó a ser el sitio de reunión del jet set internacional, al punto que el propio Elvis Presley en el año 1963 filmó la película “Fun in Acapulco”, una comedia musical. Durante esos años se construyeron las áreas residenciales de Las Brisas, Guitarrón y Brisas Marqués, donde magnates, artistas de todo el mundo y hombres de negocios erigieron lujosas mansiones.
Hoy, varias décadas después, esta maravillosa ciudad se proyecta para recuperar ese sitial de privilegio que ostentó durante tanto tiempo y para eso se perfila con una amplia y variada oferta, no sólo de las grandes cadenas hoteleras, sino con muchos otros atractivos que apuntan a devolver todo su fulgor.
Glamoroso, espontáneo y divertido, el puerto de Acapulco es un destino donde los extremos se encuentran. Ahí la actividad no cesa; en cualquier momento del día y la noche se encuentra algo para hacer. Como en la zona de La Condesa, donde los bares apostados sobre la playa parecen cobrar vida durante la noche, con los diferentes sitios que invitan a bailar y tomar una cerveza helada o unos espirituosos tragos en base a tequila y ron, a la luz de las estrellas -a veces acompañado por lluvia- y con el inconfundible ruido de las olas de fondo. Barbarroja, Mangos, Paradise y Disco Beach, son algunos de los sitios que transforman la avenida Miguel Alemán, donde los hoteles, y sobre todo las discos y los pubs que recorren la bahía cuentan historias de ricos y famosos, de muchas épocas, como Sinatra, Brigitte Bardot y el casi eterno Julio Iglesias, entre otros.
Un recorrido por la zona central de Acapulco permite acercarse a la historia, el arte y la cultura, puesto que en pocas cuadras se pueden visitar el Fuerte de San Diego, la Catedral y el último mural que retrató el artista Diego Rivera. Unos pasos más arriba se puede visitar el Hotel Los Flamingos, emblemático hotel de los años 60, donde la pandilla de Hollywood hacia de las suyas, y Johnny Weissmüller, el recordado actor de Tarzán, vivió muchos años, al punto de construirse una casa redonda en la pendiente de la colina, a más de 35 metros de altura con una vista privilegiada a mar abierto y a la isla de “La Roqueta”.
John Wayne, Fred Mc Murray, Red Skelton, Roy Rodgers, Richard Widmark y Gary Grant, entre otros, dejaron huella en esta ciudad y en este hotel, que se convirtió en un Shangri-La y retiro para los artistas que trataban de escapar del torbellino de Hollywoood. Incluso hoy muchas de las personalidades del espectáculo prefieren la tranquilidad y exclusividad de este lugar por encima del glamour de otros.
Más abajo también se puede ver el puerto de los grandes cruceros, que, sin tener el movimiento incesante de otros años, siguen eligiendo a las playas acapulqueñas como puerto de destino.
El Fuerte de San Diego, apostado en una colina desde donde se avista el puerto, fue reconstruido en 1776, tras un terremoto, con su forma actual, que le ha valido el título de bastión histórico más importante y la mayor fortaleza marina del océano Pacífico. Este museo está abierto de martes a domingo de 10 a 18, la entrada tiene un costo de 46 pesos mexicanos (alrededor de 15 pesos argentinos) y los domingos la entrada es libre y gratuita.
La Catedral de Nuestra Señora de la Soledad se encuentra a unos pasos del fuerte y ombina diferentes estilos arquitectónicos, los cuales se fueron amalgamando durante el largo proceso de construcción. Una mirada exhaustiva permite descubrir los detalles neocoloniales y bizantinos, especialmente en la cúpula y las torres. El toque regional lo dan los mosaicos que adornan el interior.
La caminata puede continuar hacia el Cerro de la Pinzona, donde se puede apreciar en su real magnitud el trabajo del artista plástico mexicano Diego Rivera, que luego de 18 meses plasmó con maestría y gran técnica la “Serpiente emplumada”, la deidad azteca más importante. Este mural fue realizado con mosaicos y conchas de mar y a él le dedicó Rivera los dos últimos años de su vida.
Laguna de Tres Palos.




























