Mientras en el teatro palaciego asistíamos a una guerra sin cuartel entre los candidatos de Juntos por el Cambio, una continuación que parecía emular lo que fueron los conflictos en el 2022 entre Cristina Fernández de Kirchner y Alberto Fernández, la mayoría no pudimos percibir que por fuera del ring había un tipo que estaba vendándose las manos, lustrando los guantes y ensayando golpes mortales para dar comienzo a lo que podemos llamar, dentro del clásico dramatismo argentino, como la batalla final. Estuvo ahí en frente todo el tiempo, la mayoría de las veces interpretado como el mero síntoma social de esta coyuntura en crisis, pocas veces entendido como la vía que ha habilitado una escucha a un malestar mucho más capilar del mero retrato que se hacen las dirigencias. En un país en el que hasta Juan Grabois se cortó su cabellera, la melena de Javier Milei vino a traer voluntad y épica a una campaña teñida por el conformismo. Su desempeño fue inesperado: un salto que lo llevó sin paradas de fabricar placas televisivas tremendistas a imprimir con su áurea rabiosa uno de los domingos más importantes de la historia reciente.
La sensación que ha dejado en muchos puede interpretarse a través de una palabra muy exacta que encontró en Sigmund Freud una definición precisa: lo ominoso, aquella sensación semejante al espanto que se descubre cuando lo extraño se vuelve familiar y lo familiar se vuelve extraño. Aquel discurso familiar, representado por la clásica grieta, donde los amarillos y los albicelestes se despellejaban entre sí, cobró el domingo tintes de desalojo. En Jujuy no ganó Gerardo Morales y Santa Cruz terminó con la hegemonía que detentaba el kirchnerismo desde hacía más de 30 años. En la provincia de Santa Fe, la misma que le dijo no a Carolina Losada y su merchandising basura, gana el mileismo en todos los departamentos, con excepción de Caseros, donde gana Patricia Bullrich. Todo lo conocido se extrañese, se vuelve ajeno, monstruoso, bestial. La extrañeza, por su lado, representada por aquel tipo que viste camperas a lo Ubaldini pero con corbata, ahora se nos presenta obligadamente familiar: saliendo ganador del primer tiempo será imposible no verlo cada vez más, hay que aprender a deglutirlo, a leer sus gestualidades, intentar comprenderlo, descifrarlo.
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Hay quienes por estos días han elegido como vía de expresión frente al espanto reproducir aquella famosa frase del comunista italiano Antonio Gramsci: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Lo que probablemente desconozcan es que siquiera Gramsci podrá salvarnos de este mal, ya que los autonominados libertarios se nutren, también, mucho de sus enseñanzas. Basta ver la película que relata las hazañas de Javier Milei antes de las PASO -titulada algorítmicamente como “La película de Milei: Javier Milei y la revolución liberal”- para corroborar referencias continuas a lo que se entiende como batalla de ideas. En un breve comentario Agustín Laje, quien es presentado por la dirección como un Intelectual de Derecha, dice: “si hacemos sólo batalla electoral sin batalla cultural somos macrismo”.
Lo mismo opina Alberto Benegas Lynch, mentor ideológico de Milei, en otra breve intervención que puede encontrarse en YouTube, donde hace referencias al intelectual italiano y sus contribuciones en la lucha por la hegemonía. Los liberales tienen bien en claro que la cosa pasa primero por la batalla de ideas, que lo que hay que hacer es conquistar las almas, que sólo después podrá venir todo lo demás. Ese gesto pareció entenderlo Cristina Fernández, dando la inauguración a la Escuela de Formación Política Néstor Kirchner. Una apuesta que llegó tarde, o que quizás se pensó en miras a un futuro tenebroso. El director de la película de Milei, quien aparece en el film, hace un comentario más que elocuente al respecto, sobre todo para jóvenes que se han nutrido del mundo que propone Fundación Libertad: “Milei hizo que el liberalismo deje de ser elitista para ser popular, lo que siempre tuvo que haber sido”.
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Para aquellos que no vivimos en la city porteña y no nos identificamos con sus excreciones teníamos la sensación que Milei era un fenómeno capitalino, de puertas cerradas, imposible de traducirse en la heterogeneidad molecular que compone nuestro territorio. Nada más errado. No sólo porque el mapa electoral argentino se tiñó de violeta, sino porque los resultados en CABA fueron magros, representados en apenas un 17 por ciento, el mismo porcentaje con el que accedió a su banca de diputado en el 2021. Su desempeño en la capital no tiene contradicciones con su convocatoria: en una ciudad que mantiene sus cantidades poblacionales intactas desde hace décadas, la ciudad de Buenos Aires representa, a nivel población, lo que representa el establishment político al nivel de lo que él denomina casta: un homogéneo que sabe de sus privilegios frente al resto del país. Milei es un fenómeno que, como el PRO, tiene sus raíces en Buenos Aires pero que, a diferencia del segundo, se nacionalizó sin contar con el respaldo de hierro de su lugar de origen.
Si reducimos el voto de Milei a la figura del voto bronca no haremos más que esquivar su complejización. Podrá haber bronca, y mucha, pero es una bronca representada. Milei arma un mapa político personal con nuevas polarizaciones, que resulta urgente comprender y no subestimar. Lejos de la dupla pueblo/oligarquía, lejos de la antítesis sector agroexportador/industria nacional, Milei polariza de un modo nuevo, inédito, donde el ausentismo del Estado en amplias capas de la población ha reproducido la idea de que podemos prescindir de su accionar de manera cuasi total. Quien lo vea sólo como una extensión del macrismo y quiera combatirlo con las mismas armas estará cometiendo un craso error y estará condenado a vivir bajo su sombra. Todavía hay mucho por decir. Recién estamos empezando.
(*) Ezequiel Vázquez Grosso es licenciado en Ciencia Política de la UNR y docente …
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