Hay una frase que, en una Argentina casi siempre en crisis, se reactualiza sistemáticamente según pasan, no los años, las décadas: "La única salida de este país es Ezeiza".

Foto: La Capital / Marcelo Bustamante
La carnicería de Seguí y Lavalle. El dueño exhibió en dos carteles su profundo malestar por las balaceras.
Hay una frase que, en una Argentina casi siempre en crisis, se reactualiza sistemáticamente según pasan, no los años, las décadas: "La única salida de este país es Ezeiza".
Un toque de humor sarcástico, tan propio de los argentinos, para describir una situación dramática: muchos connacionales creen que este país es invivible.
Ya no es el tiempo trágico de las desapariciones, los asesinatos y las listas negras elaboradas desde el Estado, que obligaron a miles a irse como única forma de garantizar la propia vida. Pero la situación económica, las dificultades para desarrollarse y ahora también la inseguridad empujan a muchísimas personas, en su mayoría jóvenes, a pensar que la solución ya no pasa por cambiar la sociedad en la que vivimos sino en cambiar de sociedad.
Ese fenómeno, el exilio ya sea como ilusión o manotazo de ahogado, no solo pasa hoy por salirse de las fronteras del país. Que no es una opción al alcance de todos los bolsillos ni sencilla, en tiempos en que a las restricciones migratorias establecidas desde hace tiempo por las naciones desarrolladas, y que dejan poco resquicio a quienes no tienen alguna ciudadanía que los vincule a ellas, se suman las de la pandemia.
Rosario, con su ola de violencia irrefrenable, lo vive con notable intensidad: gente que quiere mandarse a mudar. De dónde sea y adónde sea. Dejan el barrio para irse al centro. El centro para protegerse en un barrio cerrado o un condominio. La ciudad para vivir en Funes.
Nos sentimos acorralados y automáticamente se dispara el reflejo: hay que huir. Desde hace tiempo la ciudad sufre una seguidilla de balaceras extorsivas a comerciantes. En 2021 hubo 1.500 ataques de este tipo y en lo que va de 2022 se calcula que se produjeron dos hechos por día, revela una nota publicada por La Capital el miércoles.
La noticia de esta semana fue que dos comerciantes de rubros bien diferentes anunciaron su decisión de cerrar sus negocios ante esta situación que sufrieron en carne propia: uno es dueño de una carnicería, otro de una concesionaria de autos.
Son proyectos construidos con esfuerzo que deben ser abandonados. Apuestas fallidas por causas inimaginables en el momento en el que fueron formuladas. Pequeños exilios. Y el exilio se convierte, de alguna forma, en una pequeña muerte. Aunque nos vayamos para poder sobrevivir.
La cuestión es cómo hacemos nuevamente vivibles nuestros propios lugares: nuestro país, nuestra ciudad, nuestro barrio, nuestra cuadra. Cómo volvemos a hacer posibles nuestros deseos, los individuales y los colectivos.
¿Tienen nuestros gobernantes el foco en eso? ¿Asumen las dirigencias –las que tienen posiciones de poder hoy y las que las tuvieron antes– su propia responsabilidad en el actual estado de las cosas? ¿Estudian las posibles soluciones? ¿Están dispuestas a trabajar en forma coordinada, en fijar políticas de Estado perdurables en lugar de pensar que si llegan al poder tienen que desacreditar y deshacer lo que hicieron antes como forma de echarles la culpa; en apuntar al corto plazo pero también en construir verdaderos proyectos inclusivos de Nación, de provincia, de ciudad? ¿O solo están concentrados en cómo ganar las próximas elecciones?
La disputa por el poder es una parte fundamental de la política. No son condenables las construcciones, las estrategias que apuntan a tal fin. Pero no puede limitarse a eso. Porque sino, en realidad, lo único seguro es ir de fracaso en fracaso.
En 2019 el peronismo le ganó a Juntos por el Cambio porque el electorado entendió que Macri, lejos de solucionar los problemas que había, los empeoró. El escenario de 2021 solo invirtió el orden de los factores. Ni unos ni otros garantizaron lo mínimo que debería garantizar la política, aquello que decía Raúl Alfonsín en el 83: acceso de todos a los derechos básicos –vivienda, salud, educación–, seguridad, expectativa de futuro.
La grieta, culparse unos a otros y galvanizar así a electorados que se definen por odios y no adhesiones a proyectos, es la herramienta para sostenerse en una alternancia que, de tan rápida, ya deja de ser sana, pues solo genera más incertidumbre.
La idea de que no hay futuro la imponen los propios políticos con su cortoplacismo. Por eso las preguntas necesitan, al fin, ser respondidas. La sociedad lo necesita.



Por Lucas Ameriso