En abril pasado se estrenó Amén, Francisco responde, dirigida por Jordi Évole y Márius Sánchez en Disney Plus. El documental de 83 minutos muestra al papa conversando con diez jóvenes de diferentes países sobre sus preocupaciones y problemas. Al interior de la Iglesia todavía se sienten las réplicas del sismo generado por las declaraciones de Francisco y probablemente se seguirá debatiendo durante mucho tiempo sobre Amén. Sus críticos son los de siempre, católicos tradicionalistas que ven relativismo en cualquier intento de diálogo entablado por el papa y pretenden hacer del catolicismo un club cada vez más exclusivo. Para estos sectores y tendencias, el objetivo es desgastar la figura de Francisco y acelerar el futuro cónclave con la esperanza de librarse de esa pesadilla llamada Bergoglio. Por el contrario, la constelación de grupos reformistas ve con buenos ojos las apuestas mediáticas del papa, aunque en esta oportunidad, por lo bajo, afirman que Francisco no estuvo en su mejor forma.
Iglesia católica y medios de comunicación
La preocupación por los medios de comunicación no es nueva en la Iglesia. Incluso en tiempos de Pío IX, a mediados del siglo XIX, cuando la prensa era todavía motivo de controversias entre los católicos que la vincula a los "males" de la modernidad, se fundó el Observatorio Romano con el propósito de difundir las actividades del papa y la Santa Sede. Casi setenta años después, en 1929, cuando el Vaticano e Italia firmaron los Pactos de Letrán, dando por concluidos los reclamos de la Iglesia sobre los territorios de los Estados Pontificios, una de las cosas que pidió Pío XI a cambio fue una emisora de radio propia. Dicho y hecho. En 1931 el papa dio su primer discurso en latín y en breve la radio comenzó a transmitir en onda corta. De igual manera, en 1949 Pío XII transmitió por televisión sus saludos por la Pascua. Desde entonces, Juan Pablo II fue el papa que mayor interés mostró por utilizar los medios de comunicación en el marco de sus frecuentes viajes a lo largo y ancho del mundo en las décadas de 1980 y 1990. No obstante, ningún papa antes de Francisco se atrevió a participar de un encuentro de estas características, desafiante y arriesgado tanto por el tenor de los temas a tocar como por el formato elegido.
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El papa Francisco al finalizar la misa en la plaza San Pedro.
Foto: Andrew Medichini / AP
¿Un documental guionado?
Voy a ser franco, cuando me senté frente a la pantalla para ver Amén esperaba encontrarme con un intercambio totalmente guionado y sin rispideces. Un diálogo pulido y desprovisto de astillas, más allá de alguna que otra pregunta puntual especialmente seleccionada. Me imaginaba a unos jóvenes preguntando a Francisco sobre los temas que han estado en el centro de su papado y que lo han proyectado tras una década en Roma como una voz de peso a nivel mundial: la agenda social y económica de las periferias, la preocupación ambiental en torno a la "Casa Común", la búsqueda de formas de organización comunitaria alternativas al capitalismo neoliberal. Después de verlo tengo que reconocer que los debates que se desenvuelven a lo largo de la hora y media que dura Amén me sorprendieron. Lejos del tono condescendiente y celebratorio que imaginaba, los participantes interpelan sin filtros al papa y lo ponen varias veces contra la pared. Punto a favor de los productores.
Un recorrido sinuoso
Francisco empieza bromeando y dice: "me dijeron que son la piel de Judas". Los saluda uno a uno y comienza a conversar relajado, pero pronto las cosas se vuelven tensas. Uno de los momentos más impactantes se produce cuando Juan Cuatrecasas, víctima de abusos en un colegio del Opus Dei, explica a Francisco que aunque su abusador fue condenado a 11 años, su condena se redujo finalmente a dos y logró evitar la prisión. Peor aún, la Iglesia le permitió seguir dando clases. Al borde del llanto Juan se levanta y le entrega al Papa la carta que su padre le escribió al pontífice en 2014 y le pregunta cómo pudo ser posible que su abusador saliera impune. Francisco repasa la política de tolerancia cero contra la pederastia e intenta transmitir firmeza, pero está claro que el testimonio desgarrador de Juan lo toma un tanto por sorpresa. De igual manera, el debate sobre el aborto lo lleva al borde del acantilado. Una de las jóvenes, Milagros Ramírez, católica y defensora de la despenalización, le entrega un pañuelo verde. Francisco pide misericordia por las mujeres en esa situación y exige que se evite cualquier forma de exclusión. Pero, como le recuerda Lucía Zegarra, otra de las participantes, comparar al aborto con la acción de sicarios profesionales no parece ser la imagen más adecuada para asegurar esa misericordia basada en el discernimiento de la situación que Francisco viene pregonando desde su llegada a la silla de Pedro. El papa escucha pero no se desdice, pide misericordia y acompañamiento pero también que "se llame a las cosas por su nombre".
¿Papisas, sacerdotisas?
Aunque Francisco creó dos comisiones para analizar el tema de la ordenación femenina y durante sus primeros años como papa pareció alentar el debate, en el documental se lo ve claramente a favor de cerrar el tema en sintonía con la postura refractaria de Juan Pablo II. "Es un tema teológico", explica con la esperanza de que Milagros deje de interpelarlo. En ese momento, además, intenta convencer a las jóvenes de que, en realidad, el sacerdocio "no es lo más importante" sino por el contrario "la maternidad" de las mujeres, y ensaya algunos giros retóricos que no sólo no convencen a las jóvenes sino que tampoco parecen convencerlo a él mismo. Sin dudas, es el momento más difícil que atraviesa Francisco en esos 83 minutos. Se lo nota inseguro, repitiendo una fórmula de la que no parece estar suficientemente convencido. Un poco como cuando decimos algo y al oírlo de nuestra propia boca tomamos conciencia de la inconsistencia del argumento esgrimido. En este tramo es Francisco el que parece guionado, desempeñando un papel que no le sienta bien.
Como si fuera poco, una de las jóvenes, Alejandra Ramírez, le cuenta que gracias a su trabajo como productora de contenido pornográfico en internet puede pasar tiempo con su hija y ser una buena madre, según los cánones tradicionales del catolicismo. Francisco se mueve como puede, a los tumbos. Defiende la sexualidad como un regalo de Dios y también el placer asociado a ella. Una definición importante, muy importante a la luz de la historia de la Iglesia, pero que, sin embargo, no parece despertar el interés de los jóvenes. Por el contrario, se muestran mucho más interesados en conocer los pormenores del trabajo de Alejandra que en repreguntar al papa.
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Foto: Andrew Medichini / AP
La cancha inclinada: Francisco y el neoliberalismo progresista
No caben dudas de que las inquietudes del grupo seleccionado por Jordi Évole son las de muchos y muchas jóvenes. Pero está claro, también, que no son las únicas. En Amén no tienen voz, por ejemplo, los y las jóvenes de la economía popular. Tampoco aparecen los que arriesgan sus vidas en una moto o en bicicleta para que nuestras pizzas lleguen a tiempo. En Amén tampoco escuchamos a los "esclavos modernos" que trabajan jornadas infinitas por magros ingresos y desprovistos de cualquier derecho social en las fábricas "deslocalizadas" por las economías centrales en las periferias del mundo. Como suele ocurrir en el mundo del "neoliberalismo progresista" hegemónico en Europa Occidental y dicho sea de paso en los productos de Disney, la base material se evapora. Salvo por la productora de contenido pornográfico que recuerda sus jornadas laborales agotadoras o el joven senegalés Khadim Diop que rememora sus días durmiendo en las calle tras migrar a Europa, el trabajo y la desigualdad económica ni siquiera aparecen como un problema en sí mismo, tras el velo de la discriminación étnica, de género o cultural. Como todo producto de Disney, está claro que el documental se pensó para no incomodar a las clases medias globales, progresistas y neoliberales al mismo tiempo. El público privilegiado de este tipo de plataformas.
Por otro lado, se nota que, a diferencia de lo que suele ocurrir en otro tipo de entrevistas, más desestructuradas, Francisco habla en este caso tratando de evitar grandes incendios puertas adentro de la Iglesia, trazando algunas líneas rojas más definidas que en otros contextos. No es un secreto que tras la muerte de Benedicto XVI los sectores tradicionalistas han relanzado la ofensiva contra él.
Sobre el final, a pesar de todo, Francisco logra retomar parcialmente el centro del ring cuando les agradece la franqueza y les dice que aprendió mucho y que lo único que no puede negociarse, más allá de las diferencias, es la fraternidad. Todos y todas somos hijos de Dios y él no le cierra la puerta a nadie. Una de las máximas que más molesta a los grupos conservadores que quisieran hacer de la Iglesia un reducto amurallado y elitista. En Amén, aún lejos de su mejor forma, Bergoglio vuelve a dejar en claro que seguirá siendo una de sus peores pesadillas hasta el final.
(*) Diego Mauro, es investigador independiente en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (Conicet), docente y coordinador del Doctorado en Historia, forma parte de la Red de Estudios de Historia de la Secularización y la Laicidad (REDHISEL) y coordina el Observatorio de Culturas Religiosas también de la Universidad de Rosario ( UNR) ...
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