Las estrategias gubernamentales de estos desdoblamientos parciales que experimentamos tienen un solo objetivo: evitar la erosión de las reservas, y el fin mayor es frenar una devaluación general del tipo de cambio que diluya, aún más, la capacidad de compra de los consumidores y acicatee la ya elevada inflación. La estrategia defensiva del gobierno también requerirá una estrategia ofensiva. La de establecer un tipo de dólar que no se enmarque, no solo en detener la sangría de divisas, sino que tenga la posibilidad de potenciar la generación de las mismas en consonancia con generación de puestos de trabajo y desarrollo local. ¿Es hora del dólar industria?
La economía Argentina, y la de cualquier país que se encuentre en el universo del subdesarrollo, opera a dos velocidades porque está atrapada en una doble estructura económica. A diferencia de los países del centro industrial desarrollado donde esta división estructural no existe o es al menos categóricamente inferior, los pertenecientes al mundo del subdesarrollo participan en el comercio mundial en base a lo que la nomenclatura clásica llama “ventajas comparativas”.
Es decir, los países que comparten la categoría del subdesarrollo con Argentina ofrecen al comercio mundial aquellos productos que pueden producir con el “menor esfuerzo posible”.
Al versar sus producciones en lo dado, en los bienes que poseen por azar de la geografía, sin encarar de por sí un proceso de elaboración superior al permitido por las cadenas mundiales de valor, estas naciones se introducen así mismas al universo del subdesarrollo.
En los primeros días de la organización nacional, la excepcional productividad de la pampa húmeda se configuró en lo dado. En base a sus producciones, Argentina penetró y penetra en el comercio internacional como un productor de excelencia en los bienes primarios, ocupando los primeros puestos del ranking global en ventas de complejos como la soja, el maíz o la carne. Configurándose así, estos conglomerados exportadores, como agentes que ofician de proveedores de divisas frescas para el crecimiento y el consumo argentino. Cuestión por completo positiva pero insuficiente para la complejidad productiva del país.
Ahora bien, deberíamos preguntarnos ¿Cuántas naciones pertenecientes a las economías desarrolladas se asientan de modo exclusivo en el provecho de estas ventajas naturales o comparativas? La respuesta deliberada es, ninguna.
La condición para formar parte del club del desarrollo es obtener la capacidad de gestionar el conocimiento, transformarlo en tecnología y aplicarlo a la producción de bienes y servicios. Esta es la condición céntrica que el reconocido economista Aldo Ferrer hace referencia en más de una ocasión y conforma el requisito necesario para pertenecer al centro. La industria es la vía principal de este proceso y la de su difusión al conjunto de la actividad económica y social. Para ello, es esencial acaparar la moneda de transacción internacional, el dólar.
Algunas economías como la Argentina que se encuentran empantanadas en el subdesarrollo lograron una cierta complejidad industrial en la mitad del siglo pasado cuando las condiciones políticas mundiales así lo permitieron, pero no supieron canalizar o soportar los cambios acaecidos en el orden global a partir del último cuarto de siglo, llevando ese entramado productivo al borde de la extinción y así obturando cualquier esperanza de pasar a incorporar actitudes centradas en el seno local.
Aun así ciertas ramas industriales, en ciertos países, pudieron sobrevivir a la tormenta global y todavía cuentan con la potencia de generar condiciones de desarrollo, de multiplicar la creación de divisas en consonancia con aumentos en los niveles de empleo y en el nivel de vida.
Argentina posee una larga tradición industrial, como señalamos el sector no es nuevo en nuestro país, ni las recetas planteadas para su desarrollo novedosas, pero de todas formas su utilización siempre depende de la política de turno en esporádicos períodos temporales. Es sabido por aquellos que realizan actividades destinadas a la exportación que esta no es un negocio de un día y ante todo requiere expectativas de permanencia.
Con la nueva realidad global a cuestas, re- encauzar los procesos de industrialización revisten un cariz de urgencia. Más bien esto, no será posible si la doctrina de las ventajas comparativas conserva su vigencia, perpetuando el desequilibrio en la estructura productiva del país. Si ha de mantenerse, un sector primario (agropecuario en nuestro caso) competitivo a niveles internacionales en convivencia con un sector industrial que no lo es.
Si el objetivo de la nación es alcanzar un estadío de desarrollo superior , la única vía posible es la de fortalecer el rol de la industria en la economía local primero y en el ámbito regional después para alcanzar los niveles de productividad que permitan balancear la estructura productiva
Para ello es fundamental alejar a los fantasmas del pasado económico donde el crecimiento industrial protegido con aranceles a la competencia chocaba con la falta de dólares que solo podía generar el sector primario. Para que la industria exporte es necesario no solo la protección arancelaria a la importación de productos de la competencia internacional sino también proveerles a las producciones de un tipo de cambio superior al tipo de cambio que gozan las producciones agropecuarias hija de las ventajas comparativas.
La industria necesita un dólar varias veces superior al del campo para que sus frutos puedan competir a nivel internacional y así generar las divisas que sostengan su propio crecimiento. Como recordara el economista Marcelo Diamand, las actividades industriales tienen en todos los países una productividad correspondiente al grado de desarrollo: muy baja en Argentina, media en Italia y muy alta en Estados Unidos. Los precios industriales expresados en términos de hora-hombre varían en forma diversa a esta productividad y son muy bajos en EE.UU., medios en Italia y altos en Argentina.
Es esta diferencia en productividades y precios internos lo que determina las diferencias en los niveles de vida de la población. Sin embargo, a los precios internacionales no los determina la productividad sino de la relación entre costos internos de un producto y el tipo de cambio. El tipo de cambio debe situarse en el nivel necesario para que el precio de los productos industriales al traducirse en dólares igualen el precio internacional.
En Argentina, el mecanismo no funciona debido a la presencia del sector agropecuario que tiene una productividad particularmente alta y sobre el cual se ubica el tipo de cambio. Cuando el FMI reclama la unificación en un tipo de cambio está pensando es este estado de las cosas, en esta valuación cambiaria que limita el despegue de este gigante del sur.
Esta evaluación cambiaria no resulta adecuada para las producciones del entramado industrial con una productividad mucho menor. Para que este último logre colocar sus producciones en el extranjero requiere un tipo de cambio especial (superior) que lo permita. Desdoblar el tipo de cambio es fundamental para el progreso nacional y ello requiere quizá la más difícil de las premisas, la construcción de un consenso de los sectores dirigentes de que es preciso tomar una medida en la estructura real de productividades y que no es un estímulo temporario a una actividad en decadencia.