El diario español El Mundo generó revuelo al poner esta semana en su tapa una foto de dos dirigentes políticos enfrentados sonriendo juntos. No, el debate no fue sobre política, fue sobre inteligencia artificial. Es que la imagen que utilizó el periódico no existe, fue generada artificialmente para “advertir sobre los avances de las IA”. Al igual que la foto del Papa Francisco en campera polar blanca que se viralizó en redes, que también era falsa. Al igual que la selfie de Jesús y los apóstoles que circuló en los últimos días, aunque difícilmente alguien haya caído en esta última trampa.
En paralelo a los programas aplicados a la imagen, al mismo ritmo acelerado avanzan por estos días programas y redes neuronales de generación de lenguaje. El famoso “chat GPT” que puede, en tiempo récord, escribir una tesis sobre cualquier tema que se le pida, buscar el sentido del universo o elaborar un menú equilibrado para cada día de la semana, por mencionar apenas algunos arbitrarios ejemplos.
Ante este fuerte avance de las IA, poderosos líderes tecnológicos se unieron para pedir “un freno de seis meses” en el que poder medir el “riesgo” que implican y buscar legislación que la regule. Pero, ¿son las inteligencias artificiales un riesgo, hay acaso que temerles o se las debe celebrar? ¿Cuál es el “rol” de los humanos en este proceso? Y, en un mundo cada vez más controlado por algoritmos, ¿qué lugar le queda a la creatividad?
El sindicato de guionistas de Estados Unidos propuso que se permita utilizar la inteligencia artificial como herramienta a la hora de escribir. Disney, por su parte, desarrolló un programa que permite rejuvenecer o envejecer a actores con apenas unos clicks. Son muchos los estudios que usan programas estadísticos a la hora de tomar decisiones sobre el contenido, el casting o el lanzamiento de una película. El horizonte de las inteligencias artificiales en el mundo cultural es amplísimo: todos los días aparecen nuevas aplicaciones.
Hace tiempo que el escritor y crítico cultural español Jorge Carrión bucea en el mundo de las inteligencias artificiales. Lo ha hecho y lo hace a través de numerosos artículos, ensayos, libros e incluso un podcast.
En su novela “Membrana” (Galaxia Gutemberg), el español imaginó un museo del siglo XXI narrado por inteligencias artificiales, texto que también plantea el debate sobre lo que implica ser humano. Hay quienes la consideran “la primera novela de antropología big data”. En tanto que “Todos los museos son obras de ciencia ficción” (Galaxia Gutemberg) es una combinación de catálogo y novela breve donde el autor se enfrenta a un diálogo con una inteligencia artificial del futuro. En su más reciente libro, “Los campos electromagnéticos” (Caja Negra), Carrión programó un sistema GPT-2 de inteligencia artificial para que dialogue con otro, GPT-3, para generar textos literarios. La autoría es compartida por Carrión, Taller Estampa, GPT-2 y 3. Podría definirse como ensayo, también como juego o experimento. El título no fue elegido al azar: hace cien años se publicó la emblemática obra surrealista “Los campos magnéticos”, de André Breton y Philippe Soupault, elaborada mediante escritura automática.
En diálogo con La Capital, Carrión analizó el acelerado avance de las inteligencias artificiales, tema obligado de debate por estos días.
El avance de la Inteligencia Artificial encendió varias alarmas en terrenos como la literatura y los medios de comunicación. ¿Creés que la IA aplicada al lenguaje va a reemplazar a escritores y periodistas o será, en todo caso, una gran herramienta?
Es una tecnología realmente disruptiva. Una herramienta formidable, una máquina de generar lenguaje que reemplazará a los trabajadores humanos que se limitan a generar lenguaje, una oportunidad para el nacimiento de nuevas profesiones, como los expertos en aplicación de inteligencia artificial generativa a entornos laborales.
Leí una reflexión tuya en la que planteabas que los humanos nos orientamos a ser “arquitectos” de textos. ¿Habrá entonces que aprender a dar buenas instrucciones y concentrarse en corregir más que escribir?
Los periodistas, escritores y guionistas ya nos pasamos mucho tiempo corrigiendo y editando nuestros textos, a veces con ayuda de Google o correctores on-line, que usan IA. Pero los nuevos modelos de lenguaje extreman esa condición de supervisores y arquitectos, sampleadores, DJs.
¿Y qué sucede con los programas de creación de imágenes con IA como Midjourney? ¿Se puede aplicar la misma lógica que con los programas de generación de lenguaje?
En el fondo todos son lo mismo: crear estadísticamente.
¿Qué lugar hay en las IA para la creatividad? ¿Qué lugar para el humor, la ironía, la emoción?
El lenguaje es combinación de palabras. Cuando lo produce un humano hay una intención, un sentido, la posibilidad de la metáfora o de la ironía. Cuando lo hace una máquina, eso está en el polo de la recepción. Nosotros se lo damos. Pero ya son capaces de hacer buenos chistes. Y cada vez lo serán de metáforas más sutiles y complejas.
¿Es posible detener por seis meses el desarrollo de las IA realizado por algunos líderes tecnológicos? ¿Qué se lograría? ¿Estás de acuerdo?
Me parece una quimera. Además, nunca te puedes fiar de las intenciones de Elon Musk, que ha sido uno de los principales impulsores de esta revolución demasiado acelerada.
¿Qué series pueden ayudar a reflexionar sobre las IA? Hace tiempo se viene hablando de “Years and years” y “Black mirror”...
Predomina la distopía. Creo que son necesarias también las utopías. Por eso escribí "Todos los museos son novelas de ciencia ficción" y los guiones del podcast "Solaris".
En tu libro “Membrana” imaginabas un museo del futuro y les dejabas la narración a las IA. Tu más reciente obra, “Los campos electromagnéticos”, también apuesta a la ficción especulativa pero va más lejos al hacer dialogar a dos IA.
En mis últimos proyectos, en efecto, he hablado desde el lugar de la IA y en "Los campos..." les he cedido la palabra. Estamos en los últimos restos del antropocentrismo, aprendiendo a ceder nuestro espacio central a otros seres, a los no humanos, biológicos y artificiales.