Es jueves y en sus redes Cecilia habla del micro que casi pierde porque cambió el horario de salida, pero también de Mosko-Strom, una novela de ciencia ficción reeditada de 1933 de la narradora peruana Rosa Arciniega. El libro tiene atrapada a esta “agitadora cultural”, como alguna vez la definió la escritora y columnista literaria Flavia Pittella.
Estás pendiente de las métricas de tus recomendaciones?
Estoy pendiente. Como soy muy estructurada y bastante obsesiva trato de no centrarme solamente en eso. Busco hacer un contenido que me guste a mí, que entiendo que le puede llegar a gustar al otro y en última instancia, pero también importante, que le guste al algoritmo. Esas tres cosas tienen que estar presentes en la mayoría del contenido pero en equilibrio, para no volverte un robot, pero tampoco una persona que no la ve nadie.
¿Cómo te llevás con el orden de tus libros?
Tener una casa llena de libros, que hayan superado el espacio que le había destinado, me hace vivir en una situación de incomodidad. Soy muy generosa y si a alguien le gusta mucho un libro lo presto. Hay ciertos libros que no voy a prestar porque son reliquias personales que si se me llegaran a perder me dolería mucho, pero teniendo el privilegio de que las editoriales me envían libros, y que yo pueda elegir a veces qué voy a leer primero, no compartirlos me parece que es guardarme para mí un cosa que mejoraría a otra persona también. En el espíritu de “Por qué leer” está el compartir.
Laura Devetach hablaba del camino lector de una persona. ¿Cómo empezó el tuyo?
Amo La construcción del camino lector de Devetach y amo a María Teresa Andruetto. Son como referentes de la Argentina, al igual que Liliana Bodoc. Son como nortes que tenemos, de ahí el compartir y el profesionalizar la mediación de lectura, que para mí es re importante. Pero volviendo a tu pregunta, en mi casa mi mamá fue mi primera mediadora de lectura, porque ella es muy lectora. Ella es maestra y había como una intención de su parte de comportarse como docente con nosotros también. Le gustaba compartir historias y lo hacía de una forma en la que sutilmente me convirtió en lectora.
¿Cómo fue eso?
Bueno, ella nos leía una historia y en el momento de mayor tensión dejaba los libros cerca nuestro y se iba a cocinar. Nos decía “después lo seguimos” y yo piqué como un pez muchas veces y así fue que empecé a leer por mi cuenta. Como diciendo “si no me lo vas a leer vos me lo voy a leer yo”. Así empecé como a leer mucho y después ya cuando me empezaron a dar mis libros como un regalo administraba mis tiempos de lectura, que como enseñanza para una niña fue espectacular.
bona (1).jpg
Foto: Marcelo Bustamante / La Capital
¿Qué leías?
En ese momento todo lo que caía en mis manos. En mi casa se compraba la revista Anteojito. No era una casa con mucho dinero, pero había una predisposición a la cultura y en particular a la lectura. Tengo cinco hermanos y todos en algún momento de nuestras vidas pasamos por la lectura. A mí me tocó ser la tercera hermana de seis, así que fui hermana mayor de alguna manera. Entonces conté muchas historias, obras de títeres e inventé cuentos para entretener a los más chicos. Mi libro favorito era Yo y mi hermana Clara, de Dimitar Inkiow traducido por la Editorial Torre de Papel que me recontra encantaba. Me hacía reír muchísimo. Después teníamos unos libritos que venían con la Anteojito y en mi casa también había como una biblioteca chiquita con libros sobre las biografías de santos para niños, porque mis papás son muy religiosos. Esas historias las leía de noche y me las sé de memoria, porque cuando a vos te gusta leés desde la parte de atrás del desodorante hasta el libro de tal santo 700 veces.
¿Y en el caso de la escuela?
En la escuela me leía todos los cuentos que venían en los manuales. Incluso en los libros de historia si había un fragmento de un cuento me leía eso primero antes que nada. Y después en primer año del secundario tuve una docente de literatura, Mónica Jurjevcic, que nos leía en voz alta y su voz es muy significativa en mi memoria. Es muy honesta con los chicos, no es condescendiente. Sigo en contacto con ella, porque además de docente es escritora. Es autora de En zapatillas (Editorial SM), una novela sobre Cromañón contada para adolescentes. Pero en la escuela también tuve una bibliotecaria que me quería mucho, y yo a ella, que se llamaba Nilda. Los lunes yo tenía gimnasia muchas horas después del colegio, pero como no me daba el tiempo para ir a mi casa y volver ella dejaba que me quede en la biblioteca para hacer la tarea. Hasta que un día me quedé dormida y ella al día siguiente me preparó una camita en el fondo con unas colchonetas que tenía para los niños que iban a la biblioteca. Entonces, a pesar de que a priori parece un error dormir en la biblioteca, el hecho de que yo sintiera que ese era un lugar cómodo y acogedor hacía que me sienta como en casa. En 2004 me gané el premio a la que retiró más libros de la biblioteca.
bona (5).jpg
Foto: Marcelo Bustamante / La Capital
Das talleres con mediadores de lectura y docentes. ¿Qué interrogantes o experiencias te llamaron la atención?
Primero quiero decir que los docentes tienen toda mi admiración. Yo trabajo en las redes y sé que lo que hago les es útil, porque me lo cuentan, pero yo no estoy en el día a día, con las problemáticas que implica estar en un aula frente a un grupo de chicos con distintas vivencias, en una época con muchos estímulos y elementos que distraen, como puede ser el teléfono o una computadora. Y el libro muchas veces queda en desventaja, y tiene sentido, porque te suena una notificación y te perdiste de lo que estabas leyendo. Por eso mi admiración, porque trabajan mucho para atraer la atención de los chicos a los libros. A veces son muy originales y llegan a mí buscando una forma de abordar la literatura desde la tecnología. Me divierto mucho con los docentes que hacen cuentas en sus redes, que las laburan en el aula con los mismos chicos, o docentes recomendando libros. Me pasa mucho de saber de docentes que recomiendan mis lecturas o que usan los audiolibros que grabo. O que los usan de inspiración para hacer audiolibros propios. Me parece genial, me siento muy privilegiada. Sé que trabajó mucho, pero cuando pasan esas cosas es como que tiene sentido tu trabajo en silencio en casa.
Incluso que un video tuyo lo puedan estar trabajando en una escuela de otro país.
Eso me pasó mucho en la pandemia, que me enteraba que aparecían materiales de escuelas o que circulaba como tarea para el hogar. Incluso me doy cuenta cuando los chicos están haciendo la tarea con mis videos porque me comentan cosas que son claramente preguntas de un examen. Lo que siempre les digo a los docentes, cuando me toca dar talleres, es que lo que hace que la gente vaya a buscar algo a internet es por una necesidad, de información o de compartir. Y que ellos tienen las respuestas, entonces tal vez lo que yo puedo ofrecerles es la manera de dar esas respuestas. Porque si lo más googleado es “Don Quijote + resumen” y vos leíste el Quijote la pregunta es qué cosas se pueden hacer para acompañar al que buscó eso. La invitación para mí es el mensaje, el contagio por felicidad y entusiasmo y no por obligación o imposición. Nunca voy a decirte qué leer sino por qué leer. Cuando voy a las escuelas les pregunto a los chicos: “Ustedes cuando encuentran un boliche que está bueno, ¿van solos o se lo cuentan a todo el mundo?”. Bueno, eso mismo me pasa a mí con los libros. Si yo encuentro uno que está bueno, quiero que todo el mundo lo lea o al menos decirle a todo el mundo lo bien que la estoy pasando con este libro, porque entiendo que les puede gustar. “Vengan a la lectura que está buenísimo”, ese es mi mensaje. En el fondo sé que mi mayor valor es ser comunicadora, no lectora. Soy periodista, estoy acá porque cuando era chica escuché Radio Panda, que la hacían chicos, y dije “yo quiero eso, quiero trabajar en la radio como esos nenes”. Aunque cuando era chica también quise ser escritora. Mi primer libro se llama El por qué de los niños, lo escribí cuando tenía 9 años y daba consejos a los padres para que críen mejor a sus hijos. Tenía complejos de madre (risas). Después escribí en la adolescencia muchísimo para mis amores fallidos o los que te rompen el corazón. E imprimía libros y los encuadernaba para mí, para jugar al libro. El libro como un juego, eso estaba re permitido en mi casa.
Alejandro Dolina decía que mucha gente más que leer prefiere haber leído. Entonces imaginaba unas pastillas que al tomarlas uno ya sabía Los Miserables (Víctor Hugo) o El túnel (Ernesto Sábato). En épocas tan aceleradas como las de hoy, ¿cómo encontrar esos tiempos no apurados para la lectura?
Estoy leyendo Mosko-Strom, un libro de 1933 donde hay un tipo llorando porque no tiene tiempo. Me parece que el concepto del tiempo siempre fue un problema, el cómo usarlo. Nosotros gastamos 8 o 9 horas de nuestros días en oficinas y el tiempo personal está sumamente mercantilizado. Lo que pasa es que la tecnología, como parte de la vida que antes no estaba, vino a facilitar mucho pero también a interrumpir. Yo no le caigo a la tecnología porque sería ridículo, sería como ir contra los molinos de viento. Pero sí me parece que desde la tecnología, habitando los espacios que los chicos y adolescentes ya habitan, vos podés tener una oportunidad de comunicación y promoción de lectura. Ese es el mensaje. Sí nosotros como adultos tenemos la responsabilidad de contarles a los más chicos, que ya nacieron con tecnología, cómo es el mundo sin tecnología. Que sepan que la lectura es placer pero también requiere un esfuerzo y un trabajo personal de paciencia. Si vos estás distraído o tenés el teléfono que te está haciendo ruido no podés concentrarte. Para que las imágenes te aparezcan en la cabeza tenés que estar concentrado en el libro, después el resto lo hace el libro y tu cerebro, cosa que es inexplicablemente mágica. Pero vos tenés que llegar a eso, solo no va a llegar. Todos tienen un teléfono en el bolsillo, pero no todos tienen un libro en la mochila. Entonces, que el libro circule, que esté en una silla y vos lo encuentres, lo abras y te vuele el bocho hace que empieces por ese hasta llegar al siguiente. La idea es repartir los tiempos y usar las redes para compartir eso, porque eso magnifica el mensaje.
Libros recomendados: MIS LECTURAS DE NOVIEMBRE | #WrapUp del mes | Por qué leer
Un manual para docentes
En diciembre de 2020, Cecilia Bona publicó en formato ebook Lectura y tecnología: cómo invitar a leer a nativos digitales. En ese texto la autora volcó su experiencia en herramientas digitales para que mediadores de lectura —docentes, bibliotecarios y padres— puedan promover el deseo de leer en niñas, niños y adolescentes. El libro está escrito a modo de manual y aborda ejes como redes sociales, sitios web, narrativa, creatividad, construcción de audiencias, tendencias en internet, formas de involucrarse con un texto y desarrollo de comunidades lectoras.
“La lectura y la tecnología tienen mucho en común (...) ¿Y si uniéramos ambos puentes en lugar de creer que se contraponen? ¿Y si en vez de enemistarlas buscáramos hacerlas dialogar?”, escribe Bona en el prólogo del libro, que nació tras la experiencia desarrollada como capacitadora en un taller para docentes que dictó en el Centro Cultural de España en Buenos Aires (CCEBA). “Ese taller fue el puntapié para que yo diga ’voy a dedicarme enteramente a ‘Por qué leer’, porque era de dos meses, una vez por semana, y ahí dije ’a la gente le copa y me escuchan”. En el Lectura y tecnología afirma: “La creación de una comunidad lectora en línea está en marcha desde hace mucho tiempo y eso demuestra que no importa tanto el lugar (real o virtual) siempre que la búsqueda sea entablar relaciones entre individuos, generar diálogos y debates; compartir”.
¡LES CUENTO TODO SOBRE MI LIBRO! LECTURA Y TECNOLOGÍA: cómo invitar a leer a nativos digitales