Ernestina Perrens narra con sequedad, precisión y economía de medios. Sin embargo, esa estética rigurosa no la aparta de la sensibilidad y la empatía con el mundo y sus seres.
Ernestina Perrens narra con sequedad, precisión y economía de medios. Sin embargo, esa estética rigurosa no la aparta de la sensibilidad y la empatía con el mundo y sus seres.
En su reciente libro Cáscara negra, esta cuentista y novelista que nació en Buenos Aires en 1965, se formó junto al recordado Abelardo Castillo y se dedica a su vez a impartir talleres literarios, introduce al lector en su personal universo y logra conmoverlo, romper –como quería Kafka– “ese mar helado que todos llevamos dentro”.
Cultura y Libros de La Capital dialogó con ella.
¿Por qué elegiste el cuento en este caso como vehículo de expresión literaria y no la novela, que como bien sabemos es un género más transitado por la mayoría de los lectores y también por el mercado?
Elijo el género de acuerdo a lo que quiero narrar. El cuento me permite ocultar. Me siento cómoda en ese silencio. La novela me exige contar, como en Tacurú. Hay algo del extrañamiento del cuento que me convoca.
Sin embargo hay en la novela una manera de sostener la espera, una relación al tiempo sin ansiedad para que aparezca algo nuevo, un modo de habitar ese tiempo de la gestación de un mundo que me gusta mucho.
En tus textos hay una búsqueda perceptible de la concisión. Pienso en Chéjov, en Borges, en Carver. ¿Me podrías trazar un mapa de tus amores cuentísticos?
Mis amores cuentísticos son Chejov, Tobías Wolff, Katherine Mansfield, William Trevor, Alejandra Kamiya. En todos ellos hay una condensación del sentido que se acerca a la poesía.
En tu libro se observa una poderosa presencia de lo cotidiano y en el texto final hay una alusión directísima a los incendios en las zonas de islas, que tanto nos han afectado últimamente. ¿Se puede hablar de una militancia por tu parte de una cierta visión del mundo, si bien ejercida con toda la calidad de la literatura?
La visión del mundo se deriva de la ficción y no al revés. Uno la ignora cuando escribe. Al escribir se pone en juego un lenguaje que hace fracasar lo que sabemos, sólo la ficción permite expresar eso desconocido. Por otro lado la literatura siempre da testimonio del mundo, de los propios fantasmas, miedos, modos de gozar del escritor que están de modo inconsciente en el que escribe.
En el caso de los incendios, Corrientes forma parte de mi mundo y surge de una experiencia vivida allí. La tierra nunca es un lugar neutral, es siempre un lugar de tensión, un lugar donde se libran juegos de poder. Todo espacio se vuelve habitable cuando lo podés relatar y se transforma en algo así como un universo literario. Luego se puede desprender de ese relato una mirada política que uno espera incomode y produzca movimiento.
En tu prosa se perciben, también, rasgos de una sensibilidad a la que no queda otro remedio que llamar “poética”. ¿Leés poesía?
Leo poesía antes de sentarme a escribir, esto me permite entrar en cierto clima, cierta música que me da la confianza de la que carezco cuando empiezo a escribir.
Me gustaría saber de qué vivís, asumiendo que no lo hacés de lo que escribís…
Mi padre murió hace unos años y heredé un emprendimiento familiar del que me estoy haciendo cargo. Creo que hay un debate de fondo que nos debemos como sociedad. “Si a los escritores no nos reconocen como trabajadores, regalamos nuestro tiempo de trabajo, y quiénes lo pueden regalar? El que tiene otro trabajo. Eso finalmente produce una pérdida de diversidad porque los que no tengan fuerza de trabajo para regalar, porque por ejemplo trabajan catorce horas en un supermercado, nunca van a poder escribir ni vamos a oír su voz. Y ahí se produce esa idea de que la escritura parece que fuera “un pequeño lujo de una clase media alta” ( Eugenia Almeida). Creo que este es el debate que nos debemos.
Si tuvieras que optar por uno de los cuentos del libro, ¿por cuál lo harías?
De lirios y vacas.
¿Por qué Cáscara negra como título del libro, más allá del cuento?
La cáscara limita un afuera de un adentro y creo que en la mayoría de los cuentos ese límite se rompe, se confunde y entra el caos. Algo de la ley se disuelve. La cascara deja de proteger, se resquebraja.
Una última: ¿papel o e-book? ¿Creés que el libro pueda estar amenazado?
Papel, siempre papel. El libro debería ser la amenaza.
Otra vez el sueño del ascensor que sube eternamente hasta el ahogo o baja sin parar mientras la transpiración del cuello empapa la almohada. Taquicardia.
Mejor estrellarse pero contra qué. Contra qué estrellarse le preguntó aquella vez.
Él, con la camisa negra, alguna vez un collar de caracoles a la vuelta de un verano. Las piernas cruzadas. El cuadro de Freud a su izquierda. La agenda abierta sobre la mesa, dispuesto a modificar horarios, hacer un lugar en la vorágine de los días. Una agenda sin sábados ni domingos y casi sin feriados. Una organicidad antigua, preanunciando la nube de Google. Los cuadros de conferencias enmarcados del mismo color y diseño en la pared. Las siglas de las Instituciones. El cuerpo, la transferencia, el fin del análisis.
Las revistas de Cariló en la sala de espera, alivian el ejercicio zen de poner la mente en blanco, dejar que el inconsciente fluya entre las páginas de playas, pinos y jardines.
Antes de la sesión sacaba la plata del cajero de la esquina. El monto justo, para que ese gesto pasara de manera inadvertida. Pagaba al llegar, aseguraba así en ese tiempo propio, que el dinero no se colara por los instantes fugitivos entre palabras.
Al final de la sesión bajaban en el ascensor en un silencio incómodo. Se miraban mutuamente los pies, como si dialogaran a través de ellos. Ella intentaba encontrar algún signo, un anillo, una pulsera, un nuevo corte en la barba, que remitiera a un mundo, para imaginar quienes pudieran ser esos otros que habitaban ese mundo. Le gustaba ese hombre, eso jamás se lo contará. Luego alguna pregunta casual que permitiera acelerar el ritmo de los siete pisos hasta PB.
A la salida, en la florería justo frente a la puerta del consultorio, compraba lirios. Aunque en la sesión hubiese dicho que convenía matarse. La hipocresía de vivir la mantenía a salvo. Los lirios duraban hasta la próxima sesión. Los pétalos y el caer de las hojas ordenaban el tiempo de la espera, de la memoria.
Llegaba con plata se iba con flores. Ritos que abrían un descanso, un aliento de salvación, que aquietaba por un instante la taquicardia. Con las flores en la mano, Juramento era entonces una avenida sin traición.
Pasaron los años, el ritmo del corazón siguió disparándose, como los pasos de Chaplin. Descangallados, torpes, crueles. A veces volvía al encierro del ascensor sin saber cuándo se detenía y así. Las revistas viejas, siempre lustrosas, apiladas al costado del sillón mientras escuchaba a través de la puerta el llanto de la última paciente que la música de fondo no lograba silenciar.
Luego, las sesiones por zoom, ya no hubo cajero, sólo transferencias. Dinero en una nube inexistente, tickets enviados por whatsapp. Mandaba google. Descubrir el Banco del analista y su segundo nombre, Manuel que también podía ser Emanuel, porque el hebreo se había colado en ese nombre. El alias o la CBU. No más flores al cerrar la pantalla, sólo una sesión sin ritos, en las nubes del espacio.
Sin lirios.
Los ritos se condensaron en una frase que se convirtió en la sala de espera, sin playas ni veleros.
¿Estás?
Las tildes grises se transformaban en celestes y anunciaban el encuentro. La confirmación de la voz, un otro en la pantalla que alivia el ser, exilia la nostalgia.
Y luego los comprobantes de pago.
Del Galicia al Santander.
Desaparecen orillas, playas y de lirios.
Ella había empezado a viajar al interior para la Fundación Aves Silvestres. Se trataba de preservar las aves en las lagunas inexistentes. Investigar los territorios, el canto, las migraciones. Viajar allí donde comienzan o culminan los esteros.
Lejos de la ciudad el mundo perdía sus coordenadas: el freno del tren cuando se detiene en la estación, los grafitis en las medianeras, los contenedores de basura, la clase de fitness en las plazas.
Las pesadillas retornaron en los esteros, un ascensor que sólo se dirigía al centro de la tierra, sin detenerse.
Las sesiones fueron móviles y posibles. El zoom en el auto, en la banquina de la ruta, en las estaciones de servicio. Asegurarse la señal de internet, un rincón del mundo, propio, único, desconectado del resto. Una trama de redes estelares. Un punto de luz en el que confiar más que en las líneas blancas de la ruta interminable.
¿Estás?
Y la pantalla abría un espacio fijo mientras comenzaba a oscurecer despacio en esas rutas a veces desmarcadas, sin bordes, ni banquinas. La camisa negra, una esquina del cuadro de Freud, el pelo cada vez más gris y escaso. El centro de la mirada que no permitía ver más allá del marco de la pantalla. El vano intento de leer el título de un libro en la biblioteca. El zoom clavado en un único ángulo.
Permanecía la misma voz pausada, largos silencios. Esas palabras bastaban para no arrancarle gritos. A veces eran ansias, emboscadas, luchas.
Ese día detuvo el auto en la banquina. Abrió la computadora en el asiento del acompañante e inclinó la pantalla. Chequeó varias veces que la señal fuera buena.
La noche anterior había encontrado una vaquilla muerta en la banquina. La sangre le salía por la boca. Iluminó con el celular el cuerpo de la vaca para encontrar el orificio de alguna bala. Algún rastro que explicara la muerte. Un rito de sangre. La sombra de la demencia la cercó esa noche. No supo por qué se detuvo ahí en ese abismo de locura.
Si la sesión habría sido en la ciudad ella hubiese olvidado la vaca y su mirada vacía. En la ciudad recuperaba las marcas, los trazos de un hábito que difuminaban los pájaros, los alambrados, los nidos. El caos de la ciudad la orientaba.
¿Estás?
Pasaron los minutos y sólo aparecía una rayita en el whatsapp. Esperó.
¿Estás?
Los autos en velocidad casi arañando la banquina mientras el sol iba ocultándose como gasa sangrante en el horizonte.
¿Estás?
Sopla el viento de un otoño que la vacía de miedo.
Mira el folleto de las Aves Silvestres, una procesión ordenada de sombras negras.
La luz del día se opaca.
¿Estás?
Arritmia.
Los pasos de Chaplin que sueltan el engranaje.
¿Estás?
Y las palabras se enredaron. Dejó de haber un arriba y un abajo. El ascensor no tenía ya contra qué estrellarse.
¿Estás?
Recuerda la vaca en la noche de tormenta, clava los dientes en las entrañas de esa vaca, lame la sangre del hocico, hasta oír el último mugido de ese animal muerto.

