Heidegger consideraba un honor y un compromiso su pertenencia al Curso de
filosofía e historia de la Academia de Heidelberg, y por ello viajaba frecuentemente a esa ciudad
para asistir a sus sesiones. Pero que la Academia de Bellas Artes de Baviera, una creación de
posguerra, lo nombrase como uno de sus miembros puede parecer, a primera vista, más difícil de
entender. En efecto, es tradición ubicar la filosofía entre las ciencias. ¿Pero qué hacía un
filósofo entre los artistas?
Carl Friedrich von Weizsäcker toma esta pregunta como punto de partida en su
discurso conmemorativo en honor de Heidegger y de Heisenberg y concluye que si bien los dos hombres
no pertenecieron a la Academia en virtud de su calidad de artistas, fueron sin embargo miembros con
pleno derecho, "por su afinidad esencial con lo bello y lo verdadero". En efecto, en eso residía el
origen común del conocimiento y del arte, nexo que desde Platón pertenecía al acervo de la
tradición filosófica. Quizá sea oportuno agregar, empero, que Heidegger tenía un derecho especial a
figurar en la esfera de los artistas, porque fue él quien liberó a la filosofía y al pensar de su
sujeción a las ciencias.
¿Cuál era su actitud, no sólo frente a los artistas y sus
obras, sino frente al arte en general? ¿Y cómo debía considerar esa actitud alguien más joven,
educado con nociones rígidas y tradicionales? Desde mis primeros años, mi experiencia del arte
había estado signada por el concepto de que las obras artísticas eran algo así como uno —si
bien el más elevado— de los ornamentos de la vida. En lo cotidiano, en el trajín del trabajo
y del negocio, la obra de arte —ya perteneciese al ámbito más alto de lo "bello", ya al de lo
meramente "agradable"— era por así decir un super-additum, algo añadido a lo cotidiano, de
índole superior, que servía al placer y a la construcción y sin el cual la vida habría sido, sin
duda, más pobre, pero, llegado el caso, prescindible aunque nadie renunciara de buen grado a ese
bello "exceso" una vez que había sido partícipe de él.
Frente a esto, lo que Heidegger enseñaba sobre el arte era
casi un escándalo. En tanto uno intentaba seguir con seriedad el camino de su pensar y recrear su
acto de comprensión, todo lo usual, lo aprendido e irreflexivamente aceptado, recibía una estocada
y se desmoronaba. Por cierto, en ese momento no fue posible publicar las conferencias "Sobre el
origen de la obra de arte", pronunciadas en el Freien Deutsches Hochstift de Frankfurt pocos años
después de la conferencia de Bremen "Sobre la esencia de la verdad", y sólo se difundieron
accidentadamente, a través de copias manuscritas; ocurre que diferían demasiado de la ideología
artística oficial, proclamada por Goebbels y Rosenberg como dogma nacionalsocialista. Sólo en 1950
llegaron a un público amplio, reproducidas en el libro Caminos de bosque.
Entre las tentativas de pensar que Heidegger presenta en
ese libro, "El origen de la obra de arte" es una de las muestras más acabadas de lo que el pensador
se propuso expresar cuando en 1930 formuló en Bremen aquella exigencia según la cual no es cuestión
de doblar, sino de romper. La estética heredada fracasaba, lo que ya se anunciaba cuando Heidegger
destronó las nociones habituales de materia y forma de la obra de arte, nociones aceptadas sin
reflexión, como lo mostraba al exponer el carácter del "utensilio" fiable, con su singular posición
intermedia entre la cosa y la obra. La obra a la que Heidegger remitía para clarificar sus
pensamientos es un cuadro de Van Gogh, Zapatos campesinos, cuyas diferentes versiones muestran cada
una insistentemente lo mismo. Aquí, decía el filósofo, un ente se establece a la luz de su ser, y
la esencia del arte, entendida verbalmente a la manera de Heidegger, sería: el "ponerse a la obra
de la verdad de lo ente". También dice: "La obra de arte abre a su manera el ser de lo ente". "La
brillante aparición dispuesta en la obra es lo bello." "La belleza es uno de los modos de
presentarse la verdad como desocultamiento." Por ende, el arte es un "devenir y un acontecer de la
verdad".
Inicialmente, estas frases, como dice Weizsäcker en su
homenaje, son fórmulas enigmáticas, y hasta el día de hoy excitan la airada protesta de muchos, que
permanecen adheridos a las nociones heredadas, y ya hace tiempo vacías, del pensamiento de la
estética tradicional, pero no logran hacer mella en el pensamiento de Heidegger. Con frecuencia se
recurre al cómodo expediente de calificar ese pensamiento como "místico". No es éste el lugar para
exponer de qué manera esta lectura yerra precisamente en lo principal; las citas de Heidegger no
pretenden ser más que una alusión al desarrollo de su pensamiento relativo al arte, e invitar a una
asimilación reflexiva. En este contexto, no debemos omitir la referencia a una sentencia de Hegel,
que para el lector sin formación tiene un carácter francamente revolucionario. Se encuentra en las
Lecciones sobre estética y dice así: "Para nosotros el arte ya no es la forma suprema bajo la cual
la verdad se hace existente. [...] Se puede esperar que el arte crezca y se consuma cada vez más,
pero su forma ha dejado de ser la necesidad suprema del espíritu".
Desde el comienzo de mis encuentros y diálogos con
Heidegger, el arte tuvo un papel importante e incluso decisivo. En primer término, y luego en
reiteradas oportunidades, la contemplación de los cuadros de Paula Becker-Modersohn en Bremen y en
Worpswede; más tarde, la contemplación de las obras de Van Gogh, durante un viaje a Holanda. Por
entonces, para Heidegger había cobrado una creciente significación Cézanne, cuya obra conoció en la
galería Beyeler de Basilea, en los museos de Suiza y en los de Francia, donde pudo apreciar
importantes originales. En esos mismos ámbitos conoció a Picasso y a Braque. Pero Cézanne siguió
siendo la estrella hacia la que se dirigía el camino de Heidegger, el testigo capital de una nueva
transformación en el arte que reconoce sus inicios en este maestro. Fue finalmente en Paul Klee
donde encontró consumada esa transformación; sus obras reunidas en la colección de Pittsburg, que
perteneció a David Thompson, y que se exhibió en 1959 en Basilea, le permitieron comprender a
Cézanne. No hay que pasar por alto, asimismo, los decisivos impulsos provenientes del arte
escultórico que recibió gracias a su estrecha conexión con la galería Erker, de St. Gall, y con su
director Franz Larese; cabe recordar ante todo, además de Zadkine y Heiliger, el contacto con el
arte de Eduardo Chillida. El hecho de que el cultivado y polifacético Larese, como editor de la
Erker-Presse, tuviese contacto con poetas modernos, con quienes solía conectar a Heidegger, tenía
para éste una significación imposible de exagerar.