«Mi perro mastica», dice el cartel sobre el tejido que cubre la puerta. Parece
una broma, porque tiene un dibujo de Pluto. Pero apenas toco el timbre aparece un enorme pastor
alemán, y se lo ve furioso. Por suerte la cerca es lo bastante alta como para que no pueda saltar a
la vereda.
Retrocedo unos pasos, sin que el perro deje de ladrar, para
tener una mejor visión. Es un chalet de dos plantas, con una ancha escalera exterior. La residencia
Los Molles. No me costó demasiado encontrarla. Las Dalias es una calle que mide cien metros, detrás
del camino que lleva al cerro El Cuadrado, y sólo tiene otra casa, aparte de la que contemplo. Un
poco más abajo se levanta el Edén Hotel, una de las atracciones turísticas de la ciudad de La
Falda.
Es enero, y la caminata desde la avenida Edén, apenas
empinada, resulta un paseo agradable. La calle no aparece en ninguna guía, los turistas no pasan
por aquí; si queda alguna duda, un cartel prohíbe el ingreso. Más allá se extienden las propiedades
de la Sociedad Anónima Edén, los descendientes de los antiguos dueños del hotel.
El viento hace sonar un llamador en el corredor de la
planta alta. Las ventanas se ven abiertas. «Tiene que haber alguien», pienso, y entonces escucho la
voz.
—¿Quién es? —pregunta.
Una mujer. Es difícil distinguir su silueta detrás del
mosquitero que protege la ventana.
Tengo que gritar para imponerme a los ladridos del
perro:
—¿El señor Chiappe? —otro perro, más lejos,
aparentemente atado, se suma al concierto—. ¡Busco a Chiappe!
Pero los perros no nos dejan hablar. Ella se retira de la
ventana y un momento después la veo bajar por la escalera. Es delgada, menuda, y su mirada
transmite una rara intensidad. Como en las fotos que he visto, siempre un paso atrás, o adelante,
de su hombre. Lleva un vestido blanco con vivos azules y se la ve tranquila, aunque algo intrigada.
Es que no reciben visitas de extraños.
Una palabra es suficiente para que los perros hagan
silencio. Ella acompaña al mastín que salió a recibirme hasta un patio trasero, abre una puertita,
lo deja pasar y luego cierra. Vuelve entonces sobre sus pasos y se acerca. Me mira con una
expresión entre curiosa y fastidiada, como diciendo «¿y ahora qué?». Antes de presentarme,
pronuncio su nombre:
—Margarita.
Como el que ve a un conocido después de mucho tiempo. Pero
es nuestro primer encuentro. La identifico porque la he visto muchas veces en diarios y revistas,
la he encontrado al seguir las huellas de Chiappe en distintos archivos. Se llama Margarita Naval y
tiene 63 años. Hace diez, exactamente, que no concede entrevistas. Sus primeras apariciones
públicas se remontan a tiempo atrás, entre fines de los años sesenta y principios de los setenta.
Cuando un grupo de hombres que vestían un raro uniforme asaltó, sin por eso perder las buenas
maneras, una sucursal del Banco de la Nación, en Buenos Aires, por ejemplo. O por cierta polémica a
propósito de la amnistía del gobierno de Héctor Cámpora a los presos políticos, en mayo de 1973.
Hubo un momento incluso en que se convirtió en ese tipo de personas que circulan en todos los
medios. Siempre en defensa de su esposo, François Chiappe. Como ahora, cuando empiezo a hacer mis
preguntas. (...)
Margarita Naval es muy expresiva al hablar. Se emociona con
frecuencia, las lágrimas asoman a sus ojos negros. Y eso parece volver convincentes sus palabras.
Pero me dice algunas mentiras.
—A mi esposo lo confundieron con otro François
—dice—. François Rossi.
«Alias Marcelo», pienso. Uno de los amigos de Chiappe en
los buenos viejos tiempos.
—Claro —concedo, con la esperanza de que
continúe hablando.
Por lo que me contaron en la ciudad, a los 86 años, Chiappe
padece el mal de Parkinson. Su mujer invoca otras razones para rechazar la entrevista: le han
ofrecido hacer películas, escribir libros, pero él no quiere saber nada, sólo desea el olvido.
Le explico que he leído artículos y libros sobre la
historia de su esposo, y estoy convencido de que gran parte de esa información, gran parte de los
hechos que se consideran históricos, nunca ocurrieron o fueron distorsionados. Como si lo hubieran
convertido en un personaje de ficción. O como si la policía argentina hubiera encontrado en él la
figura ideal para distraer la atención de ciertas investigaciones y proclamar el esclarecimiento de
casos sin resolver..
—No —responde.
Le demuestro que estoy al tanto de algunos detalles: el
lugar donde ellos se conocieron, el restaurante de la Unión Francesa de ex Combatientes, en Buenos
Aires; su casamiento en Uruguay; el nombre de un abogado que asistió a Chiappe en 1973. También la
halago:
—La vi en la entrevista que le hicieron en la revista
Así —digo—. Está igual.
Luego vuelvo a insistir en la necesidad de la
entrevista.
—No, no, no —repite—. ¿Qué le pasó a
Pettinato, después que dijo que todas las acusaciones contra mi esposo eran una fantasía?
—Renunció —contesto. Roberto Pettinato era el
director del Servicio Correccional de la provincia de Buenos Aires, y acompañó a Chiappe cuando se
entregó a la justicia, en agosto de 1973.
—Ah —dice—. ¿Y qué le pasó a Roberto
Maidana?
El periodista que entrevistó entonces a Chiappe.
—No sé.
—También... —Margarita vacila—. Se quedó
sin trabajo.
De pronto parece temer algún tipo de represalia. Me pide
que averigüe quiénes gestionaron la amnistía a los presos políticos que concedió Cámpora. Sin dar
mayores precisiones; supongo que Chiappe no tendría de qué quejarse al respecto, ya que estuvo
entre los beneficiados, sin cumplir con los requisitos.
—A nadie le interesa la verdad —dice.
—A mí —replico—. Es lo que busco.
No me escucha, o finge no escucharme.
—Los militares, dentro de todo, me dijeron algo bueno
—sigue—: "Señora, cállese la boca y va a seguir con vida". Fue en este lugar
—señala el amplio parque que rodea al chalet—. Cuando se llevaron a mi esposo, en el
año 1976. Primero estuvo en La Perla, después en otro lugar, que nunca supimos cuál era, y de ahí
lo llevaron a Estados Unidos.
Y está dispuesta a seguir ese siniestro consejo. Hago un
último intento:
—Si ustedes no hablan —digo—, otros van a
contar la historia.