El agotamiento, la culpa y la soledad que millones de mujeres viven en silencio tienen un nombre, una explicación y una salida. Pero primero hay que animarse a hablar. Hay una conversación que casi no ocurre. Sucede en la oscuridad de las tres de la madrugada, cuando una madre sostiene a su bebé llorando y, en vez de solo sentir ternura, siente también agotamiento, angustia, y algo que no se anima a decir en voz alta: que esto no es lo que esperaba. Que algo en ella falla. Que, quizás, no es suficiente.
El peso de ser "perfecta"
La sociedad ha construido durante siglos una imagen idealizada de la maternidad. Una madre debe ser paciente, amorosa, disponible, organizada, presente, trabajadora y, además, estar bien arreglada. Debe disfrutar cada etapa sin quejarse. Debe saber calmar el llanto, interpretar cada señal de su bebé, mantener el hogar en orden y no descuidar su vida de pareja ni su rendimiento laboral.
Este modelo de "madre perfecta" no existe. Nunca existió. Pero está tan instalado en el imaginario colectivo, que muchas mujeres lo asumen como parámetro real con el que medirse.
El resultado es devastador. Cuando la vivencia cotidiana no coincide con ese ideal, muchas madres no cuestionan el ideal. Se cuestionan a sí mismas.
El "choque" que lastima
Quienes trabajamos en psicología perinatal lo vemos todo el tiempo: el momento en que la maternidad soñada colisiona con la maternidad real, que tiene grises, contradicciones, días que pesan y emociones que asustan.
Ese choque tiene consecuencias concretas sobre la salud mental. La ansiedad perinatal, la depresión postparto y otros trastornos del estado de ánimo asociados a la maternidad son mucho más frecuentes de lo que se reconoce públicamente. Diversas organizaciones de salud estiman que entre el 15 y el 20 por ciento de las madres atraviesan algún cuadro de este tipo, y que la mayoría no recibe atención porque no lo identifica como un problema de salud, porque no consulta por vergüenza, desconocimiento o porque el sistema no lo detecta a tiempo.
Pero más allá de los diagnósticos clínicos, existe un espectro más amplio de malestar: la baja autoestima, la sensación permanente de no estar haciendo lo suficiente, el desempoderamiento, esa percepción de que se ha perdido la capacidad de tomar decisiones propias, de confiar en el propio criterio, y el repliegue progresivo de la identidad personal detrás del rol de madre.
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La importancia de estar cerca de las madres y escucharlas
Foto: Virginia Benedetto/ La Capital
Crisis profunda
La maternidad puede ser un momento de crecimiento enorme, pero también puede ser una crisis de identidad profunda. Cuando una mujer no tiene herramientas para transitar eso, cuando no hay sostén, cuando se siente sola con su malestar, el daño puede instalarse de maneras que van mucho más allá de ella misma.
Un problema de todos
Aquí está el punto que más se subestima en el debate público: la salud mental de una madre no es un asunto privado. Es el eje de un sistema de relaciones que se ve afectado en cadena.
El primero y más inmediato es el vínculo con el bebé o los hijos. La capacidad de una madre de sintonizar emocionalmente con su hijo, de responder a sus necesidades con sensibilidad, de construir ese lazo de apego seguro que la ciencia ha demostrado que es fundamental para el desarrollo cognitivo, emocional y social del niño, depende en gran medida de su propio estado interno. Una madre agotada, ansiosa, deprimida o con la autoestima destruida no puede dar lo que no tiene. No porque no quiera, sino porque es humanamente imposible.
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Advierten que hoy las maternidades se ejercen en gran medida en soledad y con demasiadas presiones
La pareja también resulta afectada. Las relaciones atraviesan transformaciones profundas con la llegada de un hijo. Cuando una de las partes carga sola con el malestar, ya sea porque no lo nombra, porque el otro no sabe cómo acercarse, porque los mandatos de género distribuyen desigualmente la carga emocional y doméstica, la distancia crece. El resentimiento se instala. La comunicación se quiebra.
La dinámica familiar más amplia, con otros hijos, con abuelos, con el entorno de crianza, también se reorganiza alrededor de ese malestar no resuelto. Los niños más grandes perciben cuando algo no está bien, aunque no puedan nombrarlo. Aprenden de lo que ven. Incorporan, sin quererlo, modelos de relación, de expresión emocional, de resolución de conflictos.
Y finalmente, hay un impacto laboral y social. Muchas madres dejan de lado proyectos, ambiciones, vínculos de amistad, espacios de disfrute propio, porque el peso del rol las absorbe completamente o porque la culpa no les permite priorizarse. Ese repliegue empobrece no solo su vida individual, sino también el tejido social que las rodea.
Lo que una madre siente
Los primeros años de vida de un niño o una niña son, según la evidencia científica, los más críticos para su desarrollo. En ese período se construyen las bases neurológicas de la inteligencia emocional, la capacidad de vincularse, la regulación afectiva, el sentido de seguridad en el mundo.
Todo eso se construye, principalmente, en el vínculo con la figura de cuidado primaria. Y ese vínculo no puede desligarse del estado emocional de quien cuida. No se trata de buscar culpables ni de añadir más presión sobre madres que ya están al límite. Se trata de reconocer que cuando el sistema falla en acompañar la salud mental de las madres, el impacto se traslada directamente a la infancia. Y lo que sucede en la infancia determina, en buena medida, lo que ocurrirá décadas después en la salud mental, en los vínculos, en la sociedad.
Invertir en salud mental materna no es un gasto social. Es la política de salud pública más eficiente y rentable que existe, medida en términos de vidas que se desarrollan de manera plena en lugar de cargar con heridas no atendidas.
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La salud mental de una madre es responsabilidad de toda la sociedad
Nombrar para sanar
La psicología perinatal ha crecido como disciplina precisamente para dar respuesta a este momento de la vida que ha sido históricamente invisibilizado en el sistema de salud. No alcanza con el control obstétrico ni con el seguimiento pediátrico del bebé. La madre también necesita ser vista, escuchada y acompañada como sujeto, no solo como soporte de otro.
El acompañamiento especializado puede marcar una diferencia radical. Un espacio terapéutico donde sea posible decir en voz alta lo que da vergüenza confesar en otro lado, es un espacio donde empieza la recuperación.
Pero la responsabilidad no recae solo en las madres que deben "animarse a pedir ayuda". La responsabilidad es también del entorno: la pareja que se ocupa de cómo está ella, no solo cómo está el bebé, la familia que acompaña sin juzgar, el sistema de salud que incorpora la salud mental perinatal como parte del protocolo estándar, la sociedad que deja de romantizar un ideal de madre que destruye a mujeres reales.
En días relacionados con la Salud Mental Materna debemos entender que no es una fecha para celebrar. Es una fecha para detenerse. Para hacer las preguntas que no solemos hacer: ¿Cómo está la madre que tengo cerca? ¿La estoy escuchando? ¿O solo la evalúo en función de cómo cría, cómo luzca, cómo rinda?
Es también una fecha para que cada mujer que está atravesando en silencio algo que pesa pueda saber que lo que siente tiene nombre y que existe ayuda especializada para acompañar exactamente lo que está viviendo.
La maternidad real no se parece siempre a la maternidad que se vende. Es más complicada, más ambivalente, más agotadora y también, cuando se transita con sostén, más profunda y transformadora de lo que ningún ideal de madre perfecta podría jamás describir. Cuidar la salud mental de las madres no es opcional. Es el principio de todo lo demás.