Acaso preocupado porque sus adversarios internos venían ganando el centro de la escena, el jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, blanqueó este miércoles lo que todos ya sabían: su intención de ser candidato a presidente de Juntos por el Cambio en las elecciones del año que viene.
“Falta mucho, pero es cierto que vamos consolidando un equipo, vamos consolidando una propuesta, vamos consolidando una alternativa en Juntos por el Cambio”, sostuvo Rodríguez Larreta, siempre prudente en sus declaraciones.
Era llamativa la falta de movidas políticas públicas del jefe de Gobierno porteño, mientras sus adversarios internos tanto dentro del PRO –Patricia Bullrich– como de la UCR –uno de ellos es Gerardo Morales– vienen desde hace rato trabajando su posicionamiento como presidenciables.
Para colmo, su última batalla política no solo fue un fracaso sino que además lo expuso como referente de un porteñocentrismo que genera enorme rechazo en el resto del país: intentó, en vano, que la mesa nacional de Juntos por el Cambio fijara una postura en contra del recorte de subsidios al transporte de la ciudad de Buenos Aires y su redistribución en los sistemas del interior, donde viajar en colectivo cuesta hasta tres veces más que en su distrito.
Su rol como jefe de Gobierno porteño y su necesidad de, al mismo tiempo, crecer políticamente en el interior del país es una de las dificultades que afronta el proyecto presidencial de Rodríguez Larreta. Otra es la resistencia que su figura genera entre los halcones del PRO, que empatizan mucho más con el tono crispado de Patricia Bullrich. También Mauricio Macri suma en ese redil.
Macri, justamente, es aún el jefe político del PRO y seguramente Rodríguez Larreta espera que le levante la mano, como en su momento lo hizo al inclinarse por su candidatura y no la de Gabriela Michetti para su sucesión como jefe del Gobierno porteño.
Pero el expresidente juega hoy su propio juego: por un lado alienta a Bullrich, mientras hace saber que no descarta su propia candidatura para volver a la Casa Rosada. Acaso eso haya generado que Rodríguez Larreta saliera, al fin, a plantarse públicamente como presidenciable.
Macri no tiene apuro, pues le conviene mantener la llama de su propia candidatura y la de Bullrich encendidas para, en todo caso, si no le da para pelear a él definir sobre la hora a quién da su apoyo y negociar así mejores condiciones para sí mismo –no hay que olvidar que tiene causas judiciales pendientes– y los propios en un eventual esquema de gobierno.
Así, el rol del exjefe del Estado en la definición de la candidatura presidencial de Juntos por el Cambio –o al menos del PRO– podría ser parecido al que tuvo Cristina Kirchner en 2019 en el Frente de Todos, cuando impuso al postulante y un formato que lo condicionó en el ejercicio del gobierno.
Pero para enfrentar una interna que asoma compleja, en la que la revitalización del radicalismo y su deseo de tener candidato propio también juega, Rodríguez Larreta también cuenta con fortalezas: una gestión de gobierno que fue avalada en las urnas en 2023 con el 47 por ciento que obtuvo María Eugenia Vidal, un presupuesto multimillonario, y un impresionante blindaje y servicio de amplificación de los grandes medios nacionales, algo nada despreciable para un dirigente que aspira a ser presidente.
Como dijo el propio jefe de Gobierno porteño, falta mucho. Pero el partido ya empezó y se vio obligado a salir a la cancha.