El historiador Ezequiel Adamovsky advierte cierta insatisfacción del kirchnerismo, sobre todo de sus bases y algunas figuras más en los bordes del Frente de Todos, con la orientación moderada del Frente de Todos. En diálogo con La Capital, el también investigador del Conicet analiza las dificultades del gobierno para avanzar con medidas de fondo y pinta un panorama político y social sombrío: considera que el sector que lidera Juntos por el Cambio sigue un camino bolsonarista, y advierte que en la sociedad crece el “individualismo autoritario”.
—Hace dos años en una entrevista usted me planteó la posibilidad de que las bases del kirchnerismo se decepcionaran ante una candidatura o un gobierno más tirado al centro, ¿Ve algo de eso en las críticas que cayeron sobre el presidente en los últimos días?
—Efectivamente, hace algunos años yo planteaba la posibilidad de que el kirchnerismo decantara hacia una candidatura más de centro o de centroderecha, más afín a lo que fue el peronismo históricamente, menos corrido hacia la izquierda, como fue el gobierno de Cristina. Eso sucedió primero con la candidatura de Scioli y luego con Alberto Fernández. Noto cierta insatisfacción de parte del kirchnerismo respecto a la orientación más bien moderada que está tomando el gobierno. Pero ahora es en sordina, porque estamos en un momento muy particular, es muy complicado plantear escenarios políticos, incluso críticas, en el medio de la pandemia. Pero se nota en la militancia kirchnerista una expectativa mayor de lo que este gobierno está dispuesto a hacer. Eso se vio muy claramente en el caso de Vicentin: hubo una marcha atrás muy evidente, que dejó con gusto a poco a las bases del kirchnerismo.
—Parece que por ahora ese malestar se manifiesta más por abajo y en los márgenes que en el centro de la coalición.
—Cuando una coalición está en el gobierno es poco esperable que haya críticas abiertas. Pero es así: en los márgenes y en las bases del kirchnerismo está haciéndose evidente, y seguramente en los sectores de la dirigencia kirchnerista perciben lo mismo aunque en este momento no lo digan.
—Alberto Fernández se autodefinió como reformista, ¿Lo ve al gobierno con la voluntad de avanzar en reformas más de fondo?
—Hasta ahora no se ve esa voluntad. En el discurso del presidente hay una postura genérica de que el capitalismo necesita cambios, pero a la hora de plantear medidas concretas lo más cercano es Vicentin, donde hubo una marcha atrás, y el impuesto extraordinario a los ricos, que por definición no es un cambio estructural. Incluso así, tampoco viene avanzando.
—¿Por qué cree que no lo hace?
—No sé cuánto influye una visión de origen del propio presidente, que es moderada, y cuánto es la espera a que termine la situación de pandemia y la decisión de no proponer medidas que puedan generar antagonismo en este conflicto. Tengo la impresión de que es un poco de las dos cosas.
—Lo paso a la oposición: allí hay un sector que plantea una postura cada vez más radicalizada, ¿Cree que se está jugando al límite, incluso más allá, de las reglas del juego democrático?
—La dirigencia que maneja las herramientas políticas de la alianza Cambiemos está en una postura confrontativa y sin vocación democrática. Hace años advertí que hay un camino bolsonarista. Esto está representado por la figura de Patricia Bullrich, que es quien preside formalmente el PRO, y tiene su contraparte en el radicalismo, que no le va a la zaga en derechización. Hay un giro preocupante hacia una estrategia de quemar las naves, en el sentido de dinamitar cualquier posibilidad de diálogo democrático a la expectativa de movilizar un tipo de apoyo social como el que consiguieron Bolsonaro y Trump.
—Usted venía usando el concepto de microfascismo para describir, por ejemplo, reacciones que aparecieron las redes con la desaparición de Santiago Maldonado, ¿Cree que avanzó ese microfascismo en la sociedad en este tiempo?
—Sí, está muy instalado. Igual nunca estuve del todo cómodo con ese término, porque el fascismo remitía a una postura antiliberal y muy fuertemente pro Estado; estos grupos son más bien de base liberal y antiestatista. A esta reacción antipolítica, antiestatista y furiosamente pro mercado la llamo individualismo autoritario. Plantean que no haya ninguna política estatal de patrocinio de ningún derecho y que todos se las arreglen como puedan según la suerte que tengan en el mercado.
—En los últimos días generó mucha conmoción el hecho de que un jubilado asesinó a una persona que había entrado a robar en su casa, ¿Cómo analiza las reacciones sociales tanto de la política como de la sociedad?
—Primero, hay que hacer una historia más antigua, que no empezó ahora. La reacción contra la inseguridad es de larga data, viene desde los ‘90. Hay una idea muy punitivista que ha cruzado a todos los partidos políticos. Figuras de todo el arco político han favorecido este tipo de visiones, según las cuales el problema de la inseguridad se arregla con mano dura o justicia por mano propia. La reacción de apoyo a este jubilado que, por lo que parece, fusiló en el suelo a un ladrón entronca con todo esto y conecta bien con el momento que estamos viviendo, en que se profundiza este individualismo autoritario. Hay gente que sale a reivindicar el accionar del jubilado no tanto, o no solamente, por el tema de la inseguridad sino porque detestan los derechos. La posibilidad de que alguien ponga en su lugar con sus propias manos a un delincuente, así sea matándolo, es moralmente aceptable para este grupo.
—También en estos días se debate sobre la desaparición de Facundo Astudillo Castro, y todo apunta a la responsabilidad de la policía bonaerense, ¿Están más desatadas las fuerzas de seguridad con la cuarentena?
—No veo que esto esté relacionado particularmente con el escenario de la cuarentena. Tenemos un escenario de más largo plazo, que es la autonomización de las fuerzas de seguridad del control político y una política muy oscilante de los Estados, tanto provincial como el nacional, que en algunos momentos alienta la mano dura y en otros pone límites. No hay una política de Estado consistente y continuada en el tiempo que tenga que ver con profesionalizar las fuerzas de seguridad y ponerles controles civiles. Uno de los aspectos más decepcionantes de la actual gestión bonaerense es poner de vuelta a una figura como Berni al frente de la policía, con los resultados que vemos. El mensaje es decirle a los agentes que van a tolerar cualquier abuso sobre los derechos, justo a una fuerza policial como la bonaerense, que está fuera de control hace décadas.