Los familiares del ex represor Héctor Febres comenzaron ayer a ser indagados por
la jueza Sandra Arroyo Salgado, en relación a una "última cena" que habrían celebrado el domingo en
dependencias de Prefectura. Los acusados buscaron desvincularse de haber tenido participación en la
muerte, y uno de los abogados que los asiste, Martín Orozco, adelantó que pedirá la "excarcelación"
de sus clientes
El trámite procesal estaba previsto en los tribunales
federales de San Isidro para las 15, pero se demoró y recién pudo empezar a cumplirse pasadas las
20. Así lo confirmaron al cierre de esta edición fuentes judiciales, quienes indicaron que tras la
declaración de Stella Maris Guevara y sus hijos Ariel y Sonia, será el turno de los prefectos que
permanecen detenidos desde el pasado lunes, cuando se conoció la muerte del ex represor por
envenenamiento.
Ambos efectivos de Prefectura habrían permitido a la
familia cenar con su custodiado, lo cual no está contemplado en el régimen ordinario de visitas y
configuraría una falta grave con posibles consecuencias penales.
El abogado de la familia Febres dijo ayer que resulta
"inverosímil" que sus defendidos "hayan participado" en un posible "suicidio" o "crimen" del ex
represor, y se quejó porque fueron detenidos e incomunicados "apenas hallado el cadáver de su
padre, sin siquiera poder hacer el luto y sin entender por qué".
Guevara y sus hijos, el prefecto Héctor Ariel y Sonia
Marcela, habrían sido los últimos que vieron con vida a Febres el domingo pasado, cuando habrían
compartido una cena en su celda de la delegación Delta de Prefectura, donde se encontraba detenido
desde 1998 por robo de bebés.
En medio de un absoluto hermetismo, la magistrada los
interrogó para saber si fueron ellos quienes le proporcionaron el veneno en la cena que
protagonizaron el domingo último. La jueza ordenó una inhibición general de bienes sobre todos los
imputados para continuar la investigación.
Veneno potente. El cianuro es el más conocido de los
venenos. Actúa sobre las células de los centros respiratorios, quitándoles el oxígeno. Así, provoca
parálisis respiratoria, convulsiones y midriasis, que es el aumento del diámetro de la pupila.
Los nazis exterminaban a sus prisioneros en los campos de
concentración utilizando el Zyklon B, que es un tipo de cianuro. Herman Gering, uno de los más
estrechos colaboradores de Adolf Hitler, prefirió tragar cianuro antes que morir ejecutado en la
horca de los tribunales de Nüremberg.
La píldora de cianuro tiene reservado un lugar en la
historia trágica de Argentina. Antes de caer en manos de los feroces grupos de tareas de la
dictadura en los 70, muchos de los integrantes de las formaciones guerrilleras (sobre todo de
Montoneros) preferían tragarla. La llevaban encima para suicidarse de ese modo ante el peligro
cierto de caer prisioneros. Era para evitar el secuestro y las sesiones de tortura, como las que se
aplicaban en la Esma. Allí operaba Febres, muerto a poco de su casi segura condena por obra del
cianuro. Una parábola.
La ingestión de cianuro en dosis mínimas (50 miligramos,
por ejemplo) resulta fatal. Solo a título de comparación: un sobre de azúcar de los que se sirven
en los bares para echarle al café tiene 10 gramos.
Las crónicas policiales se gastaron en descripciones de
Yiya Murano, quien echaba dosis ínfimas de cianuro en el té o las tortas con los que invitaba a sus
amigas, para asesinarlas. El cianuro suele oler a almendras amargas. Pero no sucede siempre ni
todas las personas pueden detectarlo. Ahora vendrán nuevas especulaciones y, seguramente, un largo
desfile de testigos de uniforme para tratar de descifrar un caso que, a todas luces, no sale del
laberinto.