Política

"El gobierno de Cambiemos sincera una veta autoritaria que ya tenía"

El historiador Adamovsky alerta sobre la diseminación en la sociedad de lo que denomina "microfascismo".

Domingo 25 de Noviembre de 2018

El historiador Ezequiel Adamovsky alerta sobre la diseminación en la sociedad de lo que denomina "microfascismo": una reacción autoritaria, difusa, de parte de la población contra todo aquello que huela a política o a reclamo de derechos. No obstante, señala que a diferencia de Brasil este discurso no está vinculado a una organización política determinada, aunque afirma que "claramente buena parte de la gente que reacciona así se identifica con el gobierno actual".

   En esta entrevista con La Capital, el autor de libros como "Historia de la clase media argentina" y "El cambio y la impostura" analiza el contexto del que podría emerger un Bolsonaro argentino, desmiente un voto en bloque de los sectores medios al macrismo y plantea interrogantes acerca de la capacidad de un eventual gobierno peronista ubicado más al centro del espectro político para satisfacer demandas de los sectores bajos y para contener a la base kirchnerista.

   —Con la desaparición de Santiago Maldonado planteó en un artículo de la revista Anfibia el concepto de "microfascismo". ¿Cuáles son sus características y sus diferencias con discursos y prácticas autoritarias previas?

   —Tomé el término microfascismo —que es del filósofo Gilles Deleuze— en referencia a una reacción difusa de parte de la población, de autoritarismos dirigidos contra cualquier expresión que tuviera que ver con la política, con el reclamo de derechos o con la protección de los derechos civiles básicos, vulnerados, como en el caso de Santiago Maldonado, con la muerte de una persona. Es una expresión de autoritarismo que en principio no está organizada desde arriba por el Estado o a través de un movimiento político, como está sucediendo en Brasil, sino que es una reacción más capilar. Por ahora no tiene una organización política determinada, aunque claramente buena parte de la gente que reacciona así se identifica con el gobierno actual.

   —Afirma que el "microfascismo" es capilar. ¿Encuentra relación entre este fenómeno y una profundización del discurso más manodurista del gobierno?

   —Este gobierno tuvo de entrada un discurso público más bien amable, incluso con algunos gestos de respeto a la tradición progresista. Al mismo tiempo, sabemos —y ahora es cada vez más claro— que hubo una política de Estado a través del famoso call center de Marcos Peña y de otros referentes que responden al gobierno en los medios de comunicación de alentar desde abajo el discurso de la violencia y la intolerancia hacia los adversarios políticos y hacia las clases bajas en general. No es que ahora hay un giro autoritario del gobierno, lo que hay quizás es un sinceramiento en el plano del discurso público de una veta autoritaria que ya tenía, o que la mantenía más bien no en boca de los principales referentes sino de las segundas o terceras líneas. Hay dos elementos que están empujando hacia allí: el primero es el propio fracaso de la gestión de gobierno hasta ahora, sobre todo en el manejo de la economía, que los lleva a tener que radicalizar la confrontación contra enemigos reales o imaginarios como modo de encontrar un anclaje en medio del caos que están generando; y otro es la victoria de Donald Trump o de Bolsonaro, que seguramente están marcando que este tipo de discurso más abiertamente autoritarios, hostiles al diferente, xenófobos y demás tiene una resonancia que los hace capaces de ganar elecciones.

   —¿Piensa que puede emerger en Argentina un Bolsonaro?

   —En el corto plazo, los sectores que alientan ese tipo de violencia hacia el prójimo por ahora se sienten representados en el gobierno actual o en algunas áreas del peronismo, como Pichetto. No veo por qué en el mediano y largo plazos no podría surgir una figura como Bolsonaro, teniendo en cuenta la intensidad con la cual se están predicando discursos del odio desde los medios de comunicación. También hay campañas, noticias falsas, lo mismo que en Brasil, algunas seguramente patrocinadas desde el Estado, que incitan al odio en ese sentido. Uno no puede tener la garantía de que Argentina vaya a ser inmune a este tipo de expresiones políticas, aunque es cierto que la sociedad argentina, cultural y socialmente, es muy diferente de la de Brasil o Estados Unidos.

   —¿Cómo cree que está metabolizando ese continente tan heterogéneo la experiencia Cambiemos?

   —Lo primero sobre lo que trato de llamar siempre la atención es que Cambiemos ganó no sólo con votos de sectores medios sino con un apoyo bastante importante de sectores trabajadores. Por otro lado, también hay una porción muy grande de sectores medios que nunca aceptó al macrismo y que lo sigue detestando. No hay un voto en bloque de los sectores medios al gobierno actual. Salvo la base ideológicamente muy convencida —el 25, 30 por ciento de la población que es ideológicamente de derecha— las encuestas están marcando que el resto de los votos que recibió Cambiemos lo está abandonando o ya lo abandonó.

   —La base social del peronismo son los sectores populares, que vienen atravesando un proceso de heterogeneización y fragmentación. ¿Cree que ese límite "sociológico" puede ser un obstáculo para elaborar una propuesta unificada de cara al 2019?

   —En función de los resultados de la presente gestión es perfectamente imaginable que el peronismo vaya a conseguir los votos necesarios para que Macri no pueda tener un segundo mandato. Otra cuestión es si un gobierno peronista está en condiciones de satisfacer las demandas de los sectores más bajos. Hace tiempo planteaba la perspectiva —que creo bastante posible— de que el peronismo, que quedó fragmentado después del kirchnerismo, se reorganice en torno de un liderazgo que esté corrido más bien hacia el centro, incluso a la centroderecha. Hay una incógnita sobre la base votante del kirchnerismo, que tenía expectativas de un cambio social más profundo: esas personas seguramente votarán lo que haya que votar para desbancar a Macri pero no se van a sentir contenidos en un peronismo que se reorganice como una fuerza de centro o de centroderecha. Habrá que ver en el futuro esa energía política en qué fuerza se canaliza.

   —Durante la crisis cambiaria se trazaron paralelismos con el 2001: en ambos casos se trata de gobiernos no peronistas en minoría en el Congreso, que avanzan en política de ajuste con el recetario del FMI ¿Ve coincidencias entre una situación y otra?, ¿puede terminar en una crisis de esas características?

   —Hay, por supuesto, puntos de comparación por el tipo de políticas económicas y los resultados que están teniendo. No veo que haya comparación todavía en el plano de la debilidad de la coalición gobernante. Hay otra diferencia importante: en el 2001 el peronismo estaba en crisis, y había un descrédito general de todos los partidos políticos que hoy no es equivalente. Uno de los legados que dejó el kirchnerismo —a mi gusto, nocivo— es que una porción importante de la población que había abandonado las identidades partidarias tradicionales y estaba en búsqueda de nuevas fuerzas políticas se reperonizó. Tal como está evolucionado la situación esa reperonización va a conducir muy posiblemente al voto hacia un candidato del peronismo mucho más tradicional que el kirchnerismo. No hay una vacancia de liderazgos y de dirigencias como en el 2001: si hubiera una crisis económica de la profundidad que hubo en el 2001 no va a estar acompañada de una crisis política de esa magnitud.

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