—No cree que sea una ruptura.
—No, y mi sorpresa es que esta voz disidente no haya aparecido antes. Más aún, el resultado adverso del FdT en las legislativas señala que le hubiera convenido que surgiera antes: el Frente de Todos perdió votos que no fueron a ningún lado, y tal vez un ala disidente podría haberlos capturado.
—¿Cree que se viene una reconfiguración del gobierno a partir de ahora?
—No lo veo necesariamente así. Al contrario, creo que el gobierno va a limar asperezas y va a construir una gestión más homogénea. Para Alberto Fernández es mejor tener un jefe de bancada que le responde que tener uno que disiente con él. Para el 2022 me parece más valiosa la homogeneidad que el volumen electoral, dando por supuesto que no habrá ruptura, sino simplemente disidencia.
—¿Cómo analiza el video de Cristina?
—Forma parte de una continuidad de expresiones de Cristina donde quiere contarle a la sociedad que se ve bajo diferentes tipos de asedios y lo quiere probar con hechos. Sigue mostrando la singularidad de su figura política: desde hace un tiempo Cristina comunica desde su rol particular, no es una militante del gobierno.
"Cristina comunica desde su rol particular, no es una militante del gobierno", sostiene Burdman
—¿Cómo queda el liderazgo de Alberto Fernández de cara al futuro?
—La cristalización de la disidencia interna muestra a un Alberto electoralmente menguado, y es posible imaginar que lo que pierda Alberto lo pueda capitalizar otro sector pankirchnerista.
—¿Ve a algún actor por fuera de Fernández y del kirchnerismo que pueda emerger como alternativa? Siempre se habla de la fantasmagórica liga de gobernadores.
—No veo a nadie, por dos razones. La primera es que el kirchnerismo carece de figuras representativas. Más allá de que La Cámpora está ensayando un perfil político más autónomo, esa dirigencia descansó siempre sobre la figura de Cristina. Dicho con el diario del lunes, tal vez les hubiera convenido invertir en el desarrollo de liderazgos. El tema con la liga de gobernadores es que la Argentina va a enfrentar una agenda política muy nacionalizada, con cuestiones graves que requieren liderazgos nacionales. El provincialismo argentino tiene un déficit grave de liderazgo nacional.
—¿A qué se debe?
—Creo que los mecanismos que permitieron que gobernadores ascendieran a la política nacional por el brillo de su gestión o de su campaña, hoy están fracturados. Un aspecto es el sistema institucional: el único episodio político que convoca a todos los argentinos detrás de una boleta es la elección presidencial. Las primarias permiten que surjan liderazgos nacionales, pero si los jefes partidarios controlan las candidaturas con la lapicera el país se ve sometido a una sola votación con desconocidos. El otro problema es más complejo: el sistema de medios no tiene la misma facilidad que en el pasado para construir figuras nacionales. Hoy el periodismo político está concentrado en medios gráficos y canales de cable, por lo que la plataforma de nacionalización de figuras políticas se contrajo.
Sergio Massa y los gobernadores, actores importantes en el andamiaje institucional pero con dificultades para proyectarse electoralmente
—En los últimos días Massa buscó mostrarse como un articulador, un garante de la racionalidad, ¿le ve alguna proyección en el nuevo escenario?
—Massa es una figura importante del gobierno y de la política, y tiene un perfil diferenciado y buenas relaciones con el círculo rojo del país. Al mismo tiempo, lidera un partido político muy pequeño dentro de la coalición, que se redujo por falta de participación electoral. Eso lo fue convirtiendo en un dirigente más palaciego que electoral. Massa lo sabe pero no sé si tiene decidido cómo enfrentar el problema de la pérdida de vínculo con el electorado, que lo asemeja más a un Enrique Nosiglia que a la figura que él aspiraba a ser hace diez años.
—¿Se consolidó un nuevo equilibrio interno en Juntos por el Cambio?
—No, Juntos por el Cambio está lanzado a un escenario de competencia hacia 2023. Que pueda resolverse o no, dependerá de la acción humana. En la coalición conviven el liderazgo de Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal -que tampoco son lo mismo- que tienen el control de un sector importante de la alianza, y que lograron victorias electorales muy importantes en la última legislativa, con un sector con popularidad, que tiene bajo compromiso con el gobierno por ejercer funciones ejecutivas. Esa ecuación te da una primaria. Igual, creo que Larreta va a hacer un esfuerzo por evitarla, porque como se vio en 2021, su objetivo es liderar el armado, y sacar adversarios lo construye a él como líder político. Sin embargo, Patricia Bullrich tiene aspiraciones a las que no piensa ceder por el momento, con el agregado de que las encuestas reflejan la posibilidad de que Milei sea un candidato competitivo.
—¿Qué escenario le conviene a unos y otros?
—No hay que descartar ni el fortalecimiento de las coaliciones bajo liderazgos unificados, ni la fragmentación y la posibilidad de que enfrentemos un nuevo 2003. Todo esto va a estar condicionado en buena medida por el contexto socioeconómico. Hay dos escenarios grandes. En uno, tanto la alianza entre Alberto y Cristina como Larreta dominan sus respectivos espacios y construyen un escenario bipartidista para 2023. Es un escenario muy atado a la estabilidad económica. En el otro, la inflación se espiraliza, el malestar social se profundiza, la política se fermenta y Milei se fortalece en serio.
Los jefes de Juntos por el Cambio, ya lanzados a la interna de cara a 2023
—¿Las protestas del jueves anticipan un escenario más conflictivo?
—Sí, la sensación es que lo que vimos es violencia social estructural. Me pareció ver gente en situación de lumpenaje lanzando piedras sin demasiada conducción, algo muy distinto a los escenarios que estamos habituados a analizar. Desde hace mucho tiempo, la Argentina tiene una situación social potencialmente conflictiva y me preocupa la posibilidad de que esto se salga de las manos de la regulación política y estatal. Prefiero el mundo de las pedradas organizadas a la violencia social estructural.
—Aprovecho su formación como geopolitólogo para consultarle por un conflicto que incide sobre el futuro de la Argentina: ¿Hacia dónde cree que va el conflicto entre Ucrania y Rusia?
—Creo que el conflicto se va a hacer cada vez más complejo en términos geopolíticos, porque a diferencia de otros conflictos que supimos observar en el siglo XXI en Medio Oriente o el cuerno de Africa, aquí dos superpotencias, la Unión Europea y Rusia, están enfrentándose en su propio territorio. Una vez que esto se encamine -si bien toda guerra es incierta, creo que una victoria de Rusia es inevitable- se inaugura una etapa de conflictos tanto en los espacios europeo y asiático como a escala global. Es un mundo de nuevo tipo, en el cual la alianza sino-rusa -con todos sus matices, porque cada uno de estos estos países tienen su propia agenda- y Estados Unidos pretenden nuevas reglas en el orden internacional y están operando sobre las percepciones de poder de cada uno de ellos. En América Latina ya están pasando cosas imprevistas, como las relaciones entre Estados Unidos y Venezuela, que eran totalmente predecibles cuando uno mira la geopolítica. En la política mundial amigos y enemigos fluctúan con mucho dinamismo.
La invasión de Rusia a Ucrania generó rápidos reacomodamientos en la política mundial
—¿Cómo ve a la Argentina en este escenario?
—Argentina es un país que, por suerte, tiene poca exposición a todo lo que está sucediendo hoy en la escala global. Desde la crisis de 2008 para acá, Argentina se preparó para tener la mejor relación posible con todos los actores de un mundo multipolar, pero desaprovechó oportunidades para tener relaciones más estrechas. Argentina no hizo una alianza con Estados Unidos pero tampoco lo confrontó abiertamente, e hizo una alianza con China, pero no la gestionó demasiado. Chile, Uruguay y Colombia jugaron más agresivamente que la Argentina en la política mundial y tienen mejores relaciones que nosotros con Estados Unidos y con China. La pregunta es qué sucede si Estados Unidos, Europa, la alianza sino-rusa te obligan a jugar con mayor compromiso.
—¿Y cuál es la respuesta?
—Argentina tiene que empezar a pensar geopolíticamente en términos nacionales, reforzar sus alianzas regionales en función de los intereses nacionales y no de las tendencias regionales, y al mismo tiempo jugar con mayor audacia con todos los actores del multipolarismo.