A la persona que asesinó el viernes a la tardecita a Matías Ezequiel González de cuatro balazos calibre 9 milímetros en la esquina de la escuela primaria Nº 1372 de Avellaneda al 7000 no le tembló la mandíbula. Los vecinos de barrio Buena Nueva contaron que tras disparar a sangre fría contra su víctima, dos hombres (al menos uno de ellos portando una pistola) corrieron por entre un centenar de padres y niños que ingresaban la escuela para asistir a la fiesta de fin de curso. "Todos pensábamos que eran cuetes, pero vimos pasar a dos tipos corriendo entre los padres. Uno de ellos tratando de ponerse la pistola en la cintura. Una madre agarró a su hijo y se quiso esconder debajo de uno de los autos estacionados y el resto de los pibes corrieron derecho por calle Cumparsita hacia Ovidio Lagos", contó una testigo de la fuga de los homicidas.
Todo se desencadenó minutos antes de las 19.30 cuando un gentío circulaba por Avellaneda y Cumparsita. Padres y niños se dirigían hacia la escuela "Chacho Müller" para concurrir al acto de fin de curso; y un buen número de devotos caminaban hacia el templo "Buenas Nuevas", ubicado frente al colegio. El calor extremo del viernes sumaba a los residentes que buscaban fresco sentados en la vereda a la sombra de la añosa arboleda.
En ese marco, no menos de 150 personas rodearon a González segundos antes de caer fusilado por cuatro impactos calibre 9 milímetros. El quid de la cuestión estuvo dado en que ninguno de los vecinos esperaba una ejecución a balazos a pocos metros de donde estaban.
"Ese pibe andaba en la mala, vendía", contó un joven vecino insinuando que González realizaba venta callejera de drogas. El muchacho asesinado vivía a unas cinco cuadras del lugar donde lo mataron, sobre calle Vicente Medina, del otro lado de la vía y en jurisdicción de la comisaría 33ª. Tenía un prontuario de robos, una probation vencida en 2016 y una acusación por amenazas.
Según el vecino de Buena Nueva con el que se hable, González estuvo haciendo cosas diferentes antes de morir. Unos indicaron que estaba estacionado en una moto sobre la mano sur-norte de Avellaneda, a pocos metros de la parada del colectivo 132, casi esquina Cumparsita. Otros dijeron que circulaba por Avellaneda de norte a sur y fue atacado en movimiento. Esta última versión se sostiene en que, según estos residentes, la moto quedó tirada en mitad de la calle con su rueda delantera mirando al sur. En contra de esa postura está el informe de la forense que realizó la autopsia realizó y marcó que el cuerpo no presentaba escoriaciones significativas, algo inevitable si González cayó de la moto mientras circulaba.
Silencio de barrio
"Yo escuché entre cuatro y seis detonaciones. Pensé que eran cuetes porque para esta fecha los pibes están todo el tiempo con eso. Yo bajé del 132, entré a mi casa y escuché las detonaciones. No salí, porque nadie quiere tener problemas. Y cuando me asomé estaba el pibe tirado a metros de la parada del colectivo y la moto en el piso. Había un montón de vecinos en la vereda tomando fresco. Tienen que haber visto algo, pero nadie cuenta nada", relató una doña. "Yo no conozco al muchacho, pero los pibitos andan diciendo que vendía droga. Por eso nadie quiere contar nada de lo ocurrido", agregó otra vecina.
González recibió cuatro balazos, con orificios de entrada y salida. Uno en el antebrazo izquierdo y otro en la pierna del mismo lado; un proyectil le ingresó sobre el lado izquierdo del tórax y le atravesó el corazón y los pulmones generándole una hemorragia masiva de tórax; y el cuarto impacto lo perforó debajo del ombligo y salió por un glúteo.
La víctima quedó en el piso agonizante. Una vecina corrió hasta el templo en búsqueda del pastor. "Me acerqué corriendo y ya había otro pastor que se acercó al muchacho. Estaba muy mal, desvanecido. Volvió en sí y decía que se moría. Entonces, con el otro pastor hicimos una oración que el muchacho repitió. Una oración para que su alma tuviera paz", rememoró el pastor Godoy, del templo evangélico pentecostal "Buenas Nuevas", ubicado a unos 70 metros de la escena del crimen.
Sobre la calle quedó tirada la moto de González y desparramados alrededor algunos documentos y herramientas del rodado. "A los pocos minutos llegó la policía y al ratito una mujer en una moto que dijo ser la esposa. Hasta ahí nadie quería tocar al muchacho porque estaba mal. No tenía remera y se veían las heridas en su espalda. Ella dijo: «Yo me hago cargo. Balearon a mi marido y está mal. Por favor llevenló al hospital en una de las camionetas»", recordó el pastor.
Entonces a González lo cargaron en una chata policial y lo llevaron al hospital Roque Sáenz Peña, donde nada pudieron hacer para salvarlo. Un enorme charco de sangre, a metros de la parada del 132, quedó como registro del hecho.
En fuga
En tanto, tras jalar el gatillo, el asesino corrió junto a su cómplice. Dobló por calle Cumparsita, pasó por entre los padres y alumnos de la escuela "Chacho Müller" y se perdieron hacia Ovidio Lagos.
El caso quedó en manos de la fiscal Georgina Pairola, quien ordenó que sobre el terreno trabajaran efectivos de la Policía de Investigaciones (PDI) tomando declaraciones a potenciales testigos y buscando si en la zona podían dar con cámaras de videovigilancia privadas que pudieran dar con datos e imágenes del asesino y su compinche. En la escena del crimen se secuestraron al menos cinco vainas calibre 9 milímetros.
Fuentes de la pesquisa indicaron que si bien en principio se valoró como probable la hipótesis del intento de robo de la moto, lo que algunos vecinos sostenían ayer; esa línea perdió fuerza cuando el vehículo apareció intacto. Un amigo del muchacho asesinado se había llevado el rodado para que no lo robaran y se lo entregó a los parientes de González.