Pandemia

Los padres "esenciales" que se dedican a la salud y a su hijos

Roberto y César son enfermeros. Cómo equilibran las exigentes tareas profesionales con la paternidad en tiempos de Covid-19.

Domingo 21 de Junio de 2020

La fecha no pasa inadvertida nunca, pero quizá después de tres meses de cuarentena y de tantos días de distancia social, de ausencias o de presencias constantes, este Día del Padre tenga un tono diferente al de otros años.

Es que los vínculos afectivos están expuestos como nunca. Revalorizados, repensados, redescubiertos. Sin el velo que la rutina habitual impone, están ahí, a flor de piel.

La Capital eligió contar las historias de dos personas que tienen un particularidad: son enfermeros que no dejaron de trabajar durante la pandemia de Covid-19 por estar en un grupo de tareas esenciales, que tienen un mayor riesgo de contacto con el virus y que tuvieron que tomar todos los recaudos, y más, para cumplir con sus actividades y después volver a casa sin exponer a sus familias.

¿Cómo lidiaron con los temores al contagio, sobre todo al principio cuando no se sabía con qué escenario se iba a enfrentar Rosario? ¿Qué vivencias les está dejando este tiempo como trabajadores de la salud y como padres?

Roberto Gatto, que pasa buena parte del día en las ambulancias del Sies y de la empresa de urgencias Ecco, y César Basualdo, jefe del centro de salud El Gaucho, recordarán para siempre este 2020 en lo profesional y lo afectivo. Estas son sus experiencias.

“Los primeros días fueron bravos y estaba preocupado por los chicos”

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César se encontró con la profesión por casualidad.

César se encontró con la profesión por casualidad.

Dicen que la vida da muchas vueltas. Y de eso sabe César Basualdo. “A mí me fue pasando todo lo que no esperaba”, reconoce este enfermero que se encontró con la profesión de casualidad y hoy es una de sus grandes pasiones.

Lo mismo que le sucedió con la paternidad, algo que no estaba en sus planes cuando era joven, pero es un rol que disfruta intensamente. Tanto como cantar, otra de las cosas que hace con entusiasmo y que ocupa buena parte de su tiempo ya que brinda shows en fiestas y bares.

Inquieto, locuaz, alegre, Basualdo hace un repaso de sus 41 años y se sorprende por todo lo que transitó, por esos caminos que fue descubriendo y recorriendo con curiosidad y sobre todo con entrega.

Nació y se crió en Alvarez, a pocos kilómetros de Rosario.

Cuando cursaba quinto año sus padres se quedaron sin trabajo y les surgió una oportunidad en Santiago del Estero, donde terminó la secundaria.

Poco tiempo después, los Basualdo regresaron y César empezó a pensar en su futuro laboral.

Cuenta que quería ser policía y que intentó sin éxito ingresar a la escuela de cadetes. “Tenía 19 años y ya había rebotado dos veces, pero intenté una más”. Fue en uno de esos viajes a Rosario que descubrió la que era su vocación. “En aquel momento era típico que si ibas a la ciudad la gente de Alvarez te pidiera que le llevaras o le trajeras cosas. Era común que te dijeran que les llevaras estudios al médico o se los retiraras. Recuerdo que me habían dicho que no entraba en la escuela de cadetes. Era el tercer intento y estaba bajoneado cuando pasé por el Hospital Italiano y leí en un cartelito que estaba abierta la inscripción a la escuela de enfermería. Así que no lo pensé mucho, entré y me anoté”, cuenta el hombre que hasta ese momento la única experiencia cercana a los cuidados de la salud había sido ayudar a su madre con su abuela enferma de diabetes, que la había pasado mal.

“No se me había ocurrido jamás ser enfermero pero quería estudiar, y me mandé. Cuando volvía a mi casa le conté a mi mamá que no había tenido suerte con lo del ingreso a la escuela de cadetes, pero que ya estaba inscripto en enfermería. Creo que se puso recontenta porque no le gustaba la idea de que fuera policía”, dice.

Se preparó para el examen de ingreso y entró. Con el correr de los meses empezó a encontrarle el gusto al estudio. “Así empezó mi vida de enfermero con la que me fui involucrando cada vez más. De hecho, en segundo año ya iba al Samco de Alvarez a ver qué hacían, cómo trabajaban, porque una cosa es la teoría y otra la práctica”.

Resulta que de tanto andar por el centro de salud un día le preguntaron si manejaba porque necesitaban un chofer para la ambulancia. Y César no dudó un segundo. “La experiencia que acumulé ahí mientras seguía estudiando fue fabulosa y me enamoré de este trabajo”, recuerda.

Una vez recibido trabajó durante 14 años en el centro de salud San Vicente de Paul, de Puente Gallego. “Cuando conocí la salud pública rosarina se me abrió muchísimo la cabeza. Era un modo de ver al paciente totalmente distinto, de una manera integral, en todos sus aspectos. La verdad es que irme del barrio me costó un montón porque la relación que establece el trabajador de salud con la gente es muy especial. Lo cierto es que yo también cantaba, había empezado con los shows y me iba bien y necesitaba un trabajo con otros horarios, así que me trasladaron por unos años a otro centro, y ahora, desde hace dos meses, me nombraron jefe del centro de salud El Gaucho, en Avellaneda al 5600”.

Quienes conocen a César hablan de su predisposición para el trabajo, de la empatía que tiene con los pacientes y del esfuerzo de todos estos años. “Es un cargo de mucha responsabilidad y me llega en este momento tan particular para la salud”, reflexiona.

Cuenta que durante la aparición de los primeros casos de Covid-19 en la Argentina tuvo temor, producto del desconocimiento que había a nivel general y de las noticias dramáticas que llegaba desde distintas partes del mundo. “Con los equipos de salud nos abocamos a aplicar los protocolos. Cambiamos el modo de atender a la gente y no fue sencillo. De una relación cercana con la comunidad tuvimos que pasar a tomar distancia, a atender con barbijo, a pedirles que no vengan e ir nosotros a sus domicilios. Pasamos a estar vestidos con máscara, ropa especial, cuando nosotros solemos andar de civil en el barrio, porque es un modo de ser uno más, porque así lo vivimos y así lo viven los vecinos”.

Además de todos esos cambios de hábito había que regresar cada día al hogar con los temores a cuestas. César es padre de dos hijos. Marcos, de 16 años, y Benjamín de 10. Dos chicos que, admite, lo veían llegar y correr a cambiarse de ropa en el garaje y casi arrojarse al baño para ducharse. “Al ambo lo dejaba en el centro de salud, pero también me cambio lo que llevo puesto en el trayecto del trabajo a mi casa. Ellos me miraban raro desde su pieza, lo admito, pero fueron entendiendo la necesidad de tomar todos estos recaudos”.

Ahora, más tranquilo gracias al escenario epidemiológico que permitió que Rosario ni Alvarez tengan circulación comunitaria y el número de contagios sea bajo en la zona, se permite un contacto más estrecho con los chicos, aunque, asegura, no es momento de relajarse completamente.

César habla con La Capital a pocas horas de tener un show virtual, como cantante, para adultos mayores. Tiene dos discos grabados con un grupo de folclore y otro como solista, de baladas y música melódica, con el que le fue muy bien. “Hasta gané hace dos años un concurso en Canal 13”, dice con alegría. “Cantar es algo que amo y me parece que mi hijo Benjamín heredó ese gusto por la música. En el caso de Marcos, el más grande, ya me dijo que le gustaría dedicarse a algo vinculado con la salud. Algo les fue quedando a los chicos de todo lo que hago”, cuenta con picardía.

   Hoy celebrará con ellos el Día del Padre y se lo nota emocionado. “Cuando llegó Marcos a mi vida fue muy fuerte. Yo no era de los que pensaba en la paternidad como un sueño de pibe. Pero soy un agradecido por lo que vivo con ellos. Esta cuarentena, que tiene cosas difíciles, fue positiva en el sentido de poder compartir más con mis hijos. Los conocí más en este tiempo. Están en una edad compleja, como la adolescencia y preadolescencia. Les pasan muchas cosas que a veces uno, que anda corriendo todo el día, no las ve. Cuando Marcos nació yo tenía tres trabajos, casi no dormía. Hoy me encuentro en otro momento, más estable, más conectado con ellos. La verdad, no hay como el afecto que te dan los hijos. Con ellos es todo aprendizaje y me hacen muy feliz”.

“Espero poder darle un fuerte abrazo a mi hija Lara”

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Felicidad. Roberto junto a su hija mayor, que estudia medicina.

Felicidad. Roberto junto a su hija mayor, que estudia medicina.

Rosarino de la zona sur, Roberto Gatto hizo la escuela primaria en el barrio, en la Víctor Mercante, y la secundaria en la Técnica 2. Después de pasar unos años por la facultad de ingeniería dejó los estudios y entró a trabajar en una fábrica.

Al tiempo surgió la posibilidad de ingresar como chofer en la empresa de urgencias médicas Ecco y fue entonces, en contacto directo con las problemáticas vinculada a la salud, que supo que asistir a las personas iba a ocupar un lugar importante en su vida. “Me gustaba tanto lo que veía que me anoté para cursar enfermería”.

En 1998 se abrió un concurso para ingresar al Sistema Integrado de Emergencia Sanitaria (Sies) municipal. “Dos años después me llamaron. Pude acomodar los horarios para no dejar Ecco y acá estoy, desde entonces trabajando en los dos lugares, casi todo el día”, comenta.

Hijo de una mamá que se dedicó mucho a la casa y un papá que era abastecedor de carne, Roberto cuenta con orgullo que ellos, que ya no están, pudieron verlo recibido y trabajando en algo que lo apasiona.

Aunque hace décadas que se dedica a la salud asegura que no había imaginado una situación como la actual, sobre todo por el impacto mundial y mediático que tuvo la pandemia. “Imaginate que en tantos años ví de todo. Pasamos por la gripe A, los brotes de dengue, un problema serio con el cólera, pero esto nos asustó más por las dimensiones que tomó en todo sentido”, reflexiona.

Padre de dos hijos, Lara, de 24 años, y Ramiro, de 17, cuenta que por su personalidad más bien positiva y entusiasta no tuvo miedo pero que tomó todos los recaudos para no contagiarse ni contagiar a los suyos.

Su pareja también está en el ámbito de la salud, por lo que los cuidados para con Ramiro, que vive con ellos, fueron más que necesarios.

“Trato de no darme manija, pero por ejemplo, tengo una solución desinfectante que me pongo en todo el cuerpo antes de regresar y la ropa va al balcón. Después me ducho y entones ya me quedo más tranquilo en casa”.

Lara, su hija mayor, estudia medicina en Rosario pero vive con su mamá en Firmat. La pandemia alejó a Roberto de la posibilidad de verla con continuidad, de almorzar juntos, de compartir las cosas cotidianas porque la joven decidió quedarse allá. “Hace más de tres meses que no le doy un abrazo y desde ya que lo espero. Por suerte sé que está bien, que tiene a su madre, a sus amigos, y que estar en Rosario sin clases y sin poder moverse mucho no es lo mejor, pero se extraña, claro”.

Con Ramiro, que está cursando quinto año en el Politécnico la convivencia es diaria. “Con lo de la cuarentena un poco más nos vemos”, comenta sonriente, reconociendo que, aunque tiene una relación cercana y amorosa, los adolescentes viven en su mundo. “Lo que más insisto con él y con la más grande, es que estudien o que elijan lo que sea que los haga felices pero que no aflojen, que le pongan esfuerzo. Yo nunca los voy a dejar solos, pero valoro que sean independientes”.

Este domingo “va a ser un día tranquilo, una celebración más bien íntima. Por suerte tengo franco y voy a poder descansar. Es un buen regalo del Día del Padre. Pero cuando pueda juntarme con los dos, va a ser mejor”.

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