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Yani Martínez: de llorar por no poder salir a la pista, a volver a sonreír por Tokio 2020

La campeona paralímpica de Río 2016 sufrió la tristeza del confinamiento en pandemia y la familia tuvo que trabajar duro para que recupere la felicidad. Los Juegos Paralímpicos ya la esperan

Lunes 16 de Agosto de 2021

-Mami, extraño mi pista. Extraño mi pista, mami.

La frase se hizo recurrente en la voz de Yanina Martínez, la campeona paralímpica de Río de Janeiro 2016 en 100 metros (T36), a quien la cuarentena estricta por el Covid-19, en los primeros días de 2020, la llenó de tristeza. No era fácil para mamá Claudia hacerle entender a su hija que no podía salir de casa, que había que cuidarse, que había algo que estaba poniendo en jaque la salud de todo el mundo. Y a ella, la atleta de las sonrisas, todo se le desvanecía. Porque la frase no venía sola, venía con lágrimas, con berrinches, con pegar media vuelta y no querer escuchar al presidente Alberto Fernández, casi cada 15 días, extender el confinamiento.

Yani Martínez tiene 27 años y una discapacidad (parálisis cerebral) que hace que su coeficiente sea el de una niña pequeña. Y pese a que es una atleta impresionante, con responsabilidades plenas y mucha disciplina, todo aquello fue inicialmente difícil. Para Yani su pista es la pista de atletismo del Estadio Jorge Newbery en el que entrena todos los días de su vida, donde correr significa su plena libertad. Es su felicidad, y también su necesidad. En la casa que comparte con mamá Claudia y su hermana Tamara, pilares fundamentales en su vida, los primeros tiempos de pandemia no fueron fáciles aunque hoy hayan quedado atrás: en unos días, cuando se inicien los Juegos Paralímpicos de Tokio 2020, todo aquel esfuerzo cobrará un valor extra y Yani saldrá no sólo a intentar defender su título histórico sino que además será la abanderada de la delegación nacional (junto a Fabián Ramírez) en la Ceremonia de Apertura.

Acostumbrada al aire libre, a correr y entrenar, el confinamiento fue demasiado duro para ella. Asimismo, nunca paró de entrenar, lo que obligó a hacer malabares en su casa de barrio Belgrano para improvisar el gimnasio que no tenía. Ni la cinta sintética para tomar vuelo. Un barral de una vieja persiana fue lo primero que se cruzó en el camino de Claudia y Tamara en la búsqueda de soluciones. Y con él, bolsas de supermercado llenas de mercadería hicieron las veces de pesas. Tiempo después Claudia consiguió una telas reforzadas, las cosió y las llenó de arena para colgarla de ambas puntas y al tiempo hizo lo mismo con una pelota de fútbol que partió en gajos y llenó de arena. No eran esos tiempos fáciles para ellas tres, porque a una situación delicada familiar se le sumó la incomodidad de los entrenamientos. Y la tristeza de Yani, claro. Que había días que no levantaba cabeza.

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-Mami, extraño mi pista. Extraño mi pista, mami.

Gracias a la gestión familiar y al trabajo incansable de su entrenador Martín Arroyo, al tiempo Yani tuvo permiso para correr en la vereda. Especialista en pruebas de velocidad (en Tokio también estará en los 200), correr en un par de metros del patio trasero de la casa era una quimera. Así que pronto, los 100 metros de la calle, empezaron a ser su pista. Así corrió, una, dos, tres pasadas por día. Las que fueran necesarias. Una pasada y a sanitizarse, otra pasada y a sanitizarse, otra pasada y a sanitizarse. Porque esto también debió ser un aprendizaje diario para ella. Saber que no podía tocar otra botellita de alcohol en gel u otra toalla que no fuera la suya, porque si eso pasaba y algo salía mal, Tokio 2020 por ahí no llegaba. En eso, Claudia y Tami fueron incansables. Como también lo fueron enviando mensajes de texto a funcionarios y estamentos políticos, clamando por la vacuna de Yani, tema que terminaron resolvieron solas, porque les dejaron el tilde en celeste y sin respuesta.

Cuando hacia mediados de 2020 los atletas olímpicos y paralímpicos (o aquellos que tenían la posibilidad de serlo) pudieron volver a sus lugares de entrenamiento, la vida comenzó a ser un poquito más liviana para estas tres mujeres de garra plena. Y poco a poco, fue reapareciendo la sonrisa de Yani, ya con más asiduidad. Volver a ver a Martín todos los días, y a Brian Impellizzeri (también estará en Tokio 2020) equivalió a alegría. También había golpeado duro la noticia, en marzo, de que los Juegos se posponían un año, por lo que la tarea de Martín, de convencerlos de que ello les posibilitaba llegar mejor, fue una de las prioridades. Poco a poco empezaron a moverse en el estadio y los tres sacaron adelante meses intensos. También en soledad. Por las restricciones de pandemia y porque a veces, hay memorias un poco endebles que recuerdan algunas cosas sólo cuando se acercan los Juegos.

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Martín Arroyo es clave en esta historia, como entrenador de casi toda la vida de Yani pero también lo es por lo que hace más allá de las dos o tres horas de un entrenamiento diario. Como en pandemia subir a Yani a un colectivo era un riesgo total (y mucho más a dos, que es lo que habitualmente le lleva ir de su casa al estadio), él consiguió el permiso de circulación para pasarla a buscar y devolverla cada día a su casa. Y está en todos los detalles. Es el papá de su pequeña hija pero también es un poco hermano mayor de su atleta de siempre. Era un estudiante de Educación Física cuando conoció a Yani en el club Echesortu. Ella había llegado por indicación médica: era muy chiquita y tenía que trabajar para agrandar su caja toráxica. Por eso la llevaron a hacer natación.

Poco después de aquello Martín la invitó, como a todos los nenes y nenas de esa clase, a hacer unos juegos en el estadio de atletismo. De allí, no la sacaron más. Desde entonces, son un dúo dinámico y necesario. Es tanto lo que significa Martín en la vida de Yani que en 2016 él se pagó su propio viaje para ir a Río de Janeiro, ya que no estaba designado dentro de la delegación. Sabía la familia de Yanina que si no lo veía afuera no iba a funcionar, así que entre todos hicieron un esfuerzo para seguirla de cerca. Es emocionante ver, cuando se repasan aquellas imágenes de Brasil, el momento en el que ella desde la pista los busca con la mirada y cómo, al momento de cruzar la meta, ya ganadora, los busca de nuevo para hacerles un corazón uniendo las dos manos. Tokio 2020 serán finalmente, y después de muchas vicisitudes en estos cinco años, los primeros a los que Martín vaya como entrenador de selección y por supuesto, con sus dos atletas.

-Mami, extraño mi pista. Extraño mi pista, mami.

La frase de Yani ya no resuena más. Está en camino a Tokio, viajando, disfrutando, siendo feliz. Y esa es la prioridad de la familia: la plenitud y el desarrollo de Yani por sobre cualquier logro deportivo, que igualmente tiene. En Río 2016 se convirtió en la única medallista dorada de Argentina, lo que fue un logro maravilloso que devolvió al país a lo más alto del podio tras 20 años. Todo ello sin contar sus medallas mundiales y su dominio en el continente, en Juegos Panamericanos. Esa vez, tras la actuación en Río, la premiaron designándole la bandera para la Ceremonia de Clausura que ella lució a pura sonrisa en el estadio Maracaná. Ahora, la llevará ni más ni menos que en la apertura del Estadio Olímpico de Tokio.

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-¡Martiiiiiiiinnnn, voy a ser la abanderada Argentina y estoy muy feliz!

El audio de Whatsapp que inmortaliza el momento de la designación y el tono de voz de la atleta rosarina lo dice todo. Yani no sabe escribir, pese a que hace un tiempo que va a la escuela, pero aprendió a usar el celular muy bien y entonces su WhatsApp es su vía directa con el profe y la familia. Busca por fotito y se maneja de primera. Ese día, cuando le llegó la noticia, buscó la de Martín y le devolvió tanto cariño con esa emoción.

Ya no agacha la cabeza Yani, recuperó lo que ama. Recuperó el aire libre, el atletismo, su vida. Y está en camino hacia unos nuevos Juegos Paralímpicos. Sonríe, como sonrió siempre salvo momentos extraños y lleva en la mochila la lucha y el sacrificio, en especial, del último año y medio. Guarda en las piernas la fuerza y abre el pecho. Vuelve a sonreír. Porque su pista está ahí.

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