Ovación

Sobre la pena máxima

La noche bajaba lenta, casi igual que por la garganta el whisky que la amable y gentil encargada del bar deslizaba subrepticiamente por el costado de la caja registradora.

Jueves 18 de Enero de 2018

La noche bajaba lenta, casi igual que por la garganta el whisky que la amable y gentil encargada del bar deslizaba subrepticiamente por el costado de la caja registradora. El verano rosarino obligaba a salir apenas soplaba un atisbo de brisa y las mesas en la vereda de la ancha avenida Pellegrini eran un imán para los noctámbulos parroquianos que dejaban el diario con la adrenalina a tope por el cierre, sedientos y hambrientos y, por qué no, también necesitados de comprensión y cariño.

La mesa se fue armando de a poco, como casi todas las noches. Los parroquianos llegaban en silencio, con la mirada algo extraviada y el pelo revuelto, los que aún tenían; los pelados se sumaban con marcado desaliño en la vestimenta, quizá para compensar.

Todo empezó cuando, nadie sabe bien por qué y a cuento de qué cosa, Horacio tiró la sentencia "penal bien pateado es gol", a propósito de una cualquier jugada en algún partido en un recóndito rincón del mundo que un tercero vio por la televisión.

Los penales son materia de discusión siempre, sean o no futboleros los que se reúnen en torno de una mesa a una hora non sancta.

Ariel peló las gafas y amagó con recurrir al celular para buscar en Google no se sabe bien qué dato preciso que la discusión requería, pero recibió la reprobación general. "¿No ves que estamos luchando contra el Alzheimer?", le dijo el Negro con los ojos encendidos, antes de desarrollar una oprobiosa lista de razones por las cuales, "a nuestra edad", sostuvo, siempre era preferible el esfuerzo de la imperfecta memoria a la exactitud fría e impersonal de la tecnología.

"Si encontrás la referencia justa se pierde la discusión, el cotejo de saberes, la imaginación para argumentar a sabiendas de que estás diciendo algo que no sabés si es falso. Se pierde la esencia del bar, hermano", contemporizó Arnaldo con una tierna caricia sobre los hombros del atribulado Ariel, que despacito volvió a meter en su funda el moderno y poderoso teléfono que le había costado vaya uno a saber cuántos morlacos.

"La tecnología nos roba la memoria", arrimó un sabihondo Pedro. "¿Qué cosa?", preguntó el Sordo Bustinza. "Ves, ya se olvidó", acertó el Nene y desató la carcajada general.

El asunto eran los penales y por supuesto apareció en escena otra vez el Gordo Soriano y el cuento "El penal más largo del mundo". Arnaldo se largó con una larga perorata sobre el verdadero origen de esa anécdota. Relató que había encontrado una nota en un diario rionegrino que contaba una historia verdadera detrás de aquella tan bien narrada por Soriano.

"Fue en una final entre Cipolletti y Unión de Allen, en la cancha vieja de Cipolletti. Y tardó más de una semana. En realidad se suspendió el 29 de noviembre cuando el referí cobró penal para los locales, que habían perdido en el partido de ida como visitantes y estaban empatando en la vuelta como locales. Hubo invasión de campo y la liga decidió que el juego se reanudase con el penal recién el 12 de diciembre", sentenció Arnaldo logrando captar la atención de todos.

Se tiró hacia atrás en la silla y se quedó en silencio, a sabiendas del suspenso que generaba. Los más ávidos le rogaban con la mirada que continuara: "Fue en 1953, cinco años antes de cuando lo situó Soriano. Y no hubo atajada, porque el pateador le pegó tan mal que se fue afuera. Cipolletti no pudo ganar y Unión de Allen finalmente ganó el título. Pero viste, el Gordo tiene una pluma de los dioses y hoy todo el mundo cree que fue como él la contó...".

El Negro en tanto reseñó un penal que erró en un torneo intercolegial: "Era el último de la serie, si lo hacía ganábamos. La quise clavar en el ángulo, pero me salió del lado de afuera", relató con cierta tristeza. "¿Era de tiento la pelota?", inquirió insidioso el Sordo Bustinza y de nuevo las risas taparon el pedido de otra ronda.

Pedro trajo a colación el duelo, ficticio o no, vaya uno a saber, entre Carrizo y Gatti organizado por una revista porteña cuando el gran Amadeo ya estaba cerca del retiro y emergía la figura del Loco. Pedro se acordaba de la nota con precisión milimétrica, habían sido más de 20 disparos cada uno sin que hubiera desnivel. "El cronista se guardó el resultado final pero sí hubo muchos secretos develados de la noble profesión de arquero", aseguró el vate.

Ahí terció Horacio, quien confesó que los papelitos del arquero alemán Lehmann en el Mundial 2006, los que eliminaron a Argentina..., "sí, te acordás, los tenía en la media y decían a qué lado pateaba cada argentino. Adivinó todo el muy guacho y se los atajó al Ratón Ayala y al Cuchu Cambiasso", graficó. Bueno, según dijo, él ya los usaba en la década del 70. Aunque todos sabían que Horacio siempre fue arquero, no quedó muy claro eso de los papelitos y el uso que les daba el buen Horacio.

Por la ancha avenida ya ni pasaban autos casi. El boliche 24 horas levantaba las sillas sobre las mesas en un sector para empezar a limpiar, señal inequívoca de que había que entrar a salir. Las miradas se extraviaban un poco en el acto de contar los billetes luego de pedir la cuenta.

Entre quejidos y bostezos se despidieron con abrazos y palmadas y se fueron en distintas direcciones cual los hijos de Fierro, de dos en dos... "¿Penal viene de pena, no?", preguntó Ariel con la vista clavada en el horizonte para ver si divisaba algún taxi. "La pena máxima", filosofó el Nene, que cerca del amanecer solía ponerse melancólico.

En ese preciso momento, Ariel comenzó a moverse y manotear desesperadamente y, como si una convulsión le recorriera el cuerpo, se retorcía sobre sí mismo con una rápida requisa por todos los bolsillos. "¿Sabés cuál es la pena máxima? No encontrar las llaves...". El Nene sólo atinó a decir: "Nooo, bolú...".

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