Central está acostumbrado a que el fútbol no se le caiga de los bolsillos, tampoco en los clásicos, pero este equipo canalla sí se tomó por costumbre terminar el partido más caro a los afectos de la ciudad con una sonrisa dibujada en el rostro. Este sábado bien canalla tuvo todos esos condimentos: un partido chato, de bajo vuelo, rudimentario, pero con el final de siempre en los últimos tiempos. Encima, con algunos que no por ser aleatorios son menos importantes, porque a Lequi prácticamente se le abre la puerta para la continuidad y porque este empellón anímico que logró su equipo le vendrá al dedillo para afrontar ya el miércoles el choque de ida ante Fortaleza.
Es cierto que Central había logrado algo de oxígeno en La Plata, pero el arribo a este clásico había sido convulsionado, básicamente por aquella salida inesperada de Miguel Ángel Russo. Y con ese resabio tuvo que afrontar los días previos y, por supuesto, el partido. Quizá haya quedado algún rastro de “San Miguel”, porque en definitiva el Canalla lo ganó como las últimas veces, jugando poco haciendo algo muy pequeño pero distinto que Newell’s. Otra vez Malcorra protagonista en el triunfo, aunque en esta ocasión fue algo así como el telonero del uruguayo Facundo Mallo.
Es inviable hablarle hoy al hincha de Central de que al equipo le cuesta desde lo futbolístico, que hace lo justo y necesario y que muchas veces queda en deuda. Es que Central es, como dice el cántico de los hinchas, un “carnaval” interminable. Segundo triunfo de Lequi y se viene la Copa Sudamericana.
El Central de la enjundia
Algo más de enjundia que el rival en esos primeros minutos en los que pareció decidido a imponer condiciones, pero no duró demasiado, porque cuando se apagó Jonatan Gómez, el más picante en el inicio, Central entero se mimetizó con una imagen de endeblez, de paso cansino, de un manejo apenitas discreto y sin potencia allá arriba, donde Ruben se exigía en todas las salidas de Newell’s, pero demasiado solo. Tanto fue que antes de los 30’ sintió una molestia y debió salir.
A O’Connor le costaba conducir, a Campaz otro tanto marcarle la diferencia a Schott y eso no hacía otra cosa más que esperar un instante de lucidez, algo distinto, que rompiera el molde. Como nada de eso ocurrió el hincha tuvo apenas para ilusionarse con ese remate desviado de Mauricio Martínez en el final del primer tiempo que ni siquiera pudo ser tomado como una chance clara.
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Sin cambio en el entretiempo no se podía esperar algo muy distinto y de hecho fue lo que pasó, hasta que Lequi metió un doble cambio que le dio un resultado increíble, sobre todo por el lado de Malcorra. El 10 puso algo de juego, de viveza y, como suele hacer, se hizo dueño del ritmo. ¿Por qué? Porque todas las pelotas empezaron a pasar por sus pies. Y pasó esa en la que intentó superar a Méndez y llegó la falta al borde del área. Se paró, la midió y le dio. Macagno respondió con dificultad y la aparición fantasmal de Mallo, que antes de la ejecución había ido a hacerle la cabeza al arquero leproso, sentenció la historia.
A esa altura Central ya jugaba con uno más por la irresponsabilidad de Martino, pero de ahí en más todo fue locura, algarabía, risas y también llantos, de emoción, claro. Fue el momento en el que el Gigante explotó apenas un poquito más que cuando Ramírez anuló el gol de Ibarra en contra (off side del propio Martino).
“Esto es Central”, dijo tantas veces el ya ausente Miguel, un equipo que no se sabe cómo, pero se las ingenia para hacer del clásico una fiesta, un carnaval.
Producción fotográfica: Virginia Benedetto-Marcelo Bustamante-Leo Vincenti / La Capital.
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