Sentado en la terminal de ómnibus esperando a una de sus dos hijas. Sin nadie alrededor que le pregunte nada. Pasa desapercibido porque no se quedó con ninguna de las luces del área, la que conocía a la perfección, en la que era el terror para cualquier arquero, en esa zona de la cancha en la que brilló hasta hace 30 años. Encima, el máximo goleador de la historia de Newell’s en el fútbol profesional tiene un físico chiquito. Nada que ver con lo que quienes no lo conocieron puedan creer por tratarse de un número 9. Víctor Rogelio Ramos gritó 104 goles con la camiseta rojinegra entre 1979 y 1989, una cifra que hoy es inalcanzable en el fútbol argentino. Al menos por ahora, más allá de que en actividad hay dos jugadores que están relativamente cerca aunque nada hace presagiar que lo alcancen: Maxi Rodríguez con 83, que está cerca del retiro, y Nacho Scocco con 77, que debería volver de River. Igual, están lejos.
Y hoy en el primer equipo leproso no hay ningún delantero que pueda ser considerado goleador. “Creo que Leal se asemeja a lo que podría ser un goleador, pero no tuvo una racha buena. Y Albertengo, Alexis Rodríguez y Salinas no tienen un promedio de gol alto, por eso a Newell’s le cuesta convertir. El equipo elabora muchas jugadas pero los que convierten más seguido son el Gato Formica y Maxi Rodríguez”, cuenta el dueño de la máxima marca leprosa, que fue quien en 1989 destronó a Cucurucho Santamaría y al Mono Obberti, que se quedaron en el podio con 90 y 89, respectivamente.
“Es un déficit de Newell’s no tener goleadores de sus inferiores, pero esto le pasa a la mayoría de los clubes. El último creo que fue Ariel Cozzoni (las cifras leprosas son 57 gritos), más allá de que entonces también aparecieron Batistuta y Balbo. Y encima hoy cuando algún pibe mete más de 10 lo venden enseguida”, explicó el especialista del área.
“La cuestión es que a los pibes hay que trabajarlos mucho en las inferiores. Hay que estar horas perfeccionando al delantero para que sea goleador. Son las repeticiones las que ayudan a ganar en contundencia. Es que por partido uno va a tener 2 o 3 chances, no más, y hay que saber aprovecharlas. Por eso creo que si lo trabajás en la semana una vas a convertir”, considera Condorito, el apodo que lo acompañó toda la carrera.
Hoy ya no es “Ramitos”, como cuando debutó allá por septiembre de 1978 en cancha de Huracán. Claro, el documento canta 61 años porque nació el 4/9/1958. Por eso su debut fue diez días después de cumplir los 20 años, sólo que con la camiseta 10 y no la 9 que lució Héctor Casimiro “Chirola” Yazalde, otro gran goleador que recaló en Newell’s tras brillar en Independiente y Portugal, quien fue Botín de Oro en la temporada 1973/74 con 46 conquistas en Europa y había jugado el Mundial de Alemania 74 para la selección argentina.
No agarró rápido la titularidad. Tampoco metió enseguida el primer gol. Tuvo que esperar hasta el 8 de julio de 1979 para que los hinchas leprosos gritaran con ganas el 3-0 parcial de la goleada por 5-1 sobre Huracán, por la 17ª fecha del Metro. Se lo hizo a Borzi luego de “un desborde del Negro Almirón por izquierda, metió el centro atrás, la paré en la raya 18 (la del área grande) y la toqué a un palo”.
“Era muy rápido y manejaba las dos piernas, algo que hoy muchos jugadores de primera división no hacen porque no se los trabajó en las divisiones inferiores. Además, yo tenía un pique corto muy bueno y era muy oportunista. Me anticipaba a las jugadas. Encima, tuve grandes lanzadores al lado que me habilitaban con pases exactos, como el Tata Martino, el Negro Almirón, Cucurucho Santamaría, Roque Alfaro, eso facilitaba mi tarea de goleador”, cuenta Víctor Rogelio.
Era fácil, Newell’s ganaba y casi siempre con algún gol de Condorito. Ni hablar en el Metro de 1983 en el que se consagró como máximo artillero con nada menos que 30 goles, cerrándolo con dos a Talleres en el Parque, al minuto y a los 66’. Igual, se despidió de la primera etapa rojinegra tras la 1ª fecha del Nacional 84, el 19 de febrero en la Bombonera, al convertirle el 1-1 al Loco Gatti, a los 84’.
Francia fue su destino. El Nantes se lo llevó y allá fue subcampeón.
“Me fui goleador, pero allá igual me quedaba una hora después de los entrenamientos practicando definición. Lo hacía con un gran artillero como fue Delio Onnis (en Toulón) y aprendí mucho más. Porque uno nace goleador pero también se perfecciona”, repasa para insistir con que “a los chicos hay que enseñarles y más en una posición tan ingrata como la de goleador, en el sentido de que cuando no convertís los cuestionamientos son mayores. Y hoy tenés 3 o 4 chances por partido y si no la metés seguido quedás marcado y te sacan”.
Condorito jugó un par de años más, en Toulón, y en 1987 volvió a Newell’s para ser campeón en el equipo del Piojo Yudica, el mismo que luego salió subcampeón de la Copa Libertadores 88. Y al otro año, cuando ya no era titular indiscutido porque debía pelear un puesto por la aparición de Abel Balbo, de Gabriel Batistuta y sus más de 30 años, se paró en el primer lugar del podio de los artilleros rojinegros en el fútbol de AFA al marcar por partida doble en la victoria por 2 a 1 sobre Mandiyú de Corrientes, en el estadio leproso.
“Con el gol que superé la marca de Santamaría me subí al alambrado, detrás del arco que da al Palomar. Fue una pelota cruzada que le dan a Alfaro, que de primera y casi desde el córner de la izquierda tira el centro y yo entro por el segundo palo y convierto de cabeza”.
Y se acercaba el final. El 2 de julio del 89 se despidió, sin saberlo, de la cancha en la que se cansó de hacer goles. Del arco del Palomar y el del Hipódromo. Ante Español al ingresar en lugar de Adrián Blas Taffarel, compartiendo los últimos minutos el ataque con Gabriel Batistuta. Pero el último fue la revancha ante los gallegos que con un 0-0 dejó afuera del Clasificación a la lepra, el 5 de julio.
Newell’s no le renovó contrato y se fue a gritar goles a Nueva Chicago, después a Unión. No se quería ir. Siempre quiso volver. Pero no pudo. Hoy también desea estar. El tema es que “nunca me gustó ser director técnico”, sí le agradaría “enseñarles a los pibes definición”. Sabe que no es sencillo. Pero está ahí, dispuesto a dar una mano. A representar al rojinegro desde el lugar que sea (lo llaman siempre desde las filiales). Sus 104 goles con la rojinegra lo avalan.