Dios fue argentino. Porque Diego era Dios. El único en el que creer. Un Dios pagano, vulnerable y contradictorio. Un Dios humano.

Maradona. Un Dios pagano, vulnerable y contradictorio. Un dios humano.
Dios fue argentino. Porque Diego era Dios. El único en el que creer. Un Dios pagano, vulnerable y contradictorio. Un Dios humano.
Los argentinos creímos en Maradona. Y Maradona nos hizo felices. Desde que debutó en primera a los 15 años y tiró un caño apenas entró, desde el dolor que le generó quedar afuera de la lista del Mundial 78, desde el campeonato con la selección juvenil del 79. Y él también era feliz por eso.
En la cancha, con la pelota en los pies y la celeste y blanca puesta, Diego era absolutamente libre. La libertad se la ganó en la cancha, porque él era otro pibe condenado de las villas miserias que bordean las grandes ciudades. Y por eso tiraba gambetas, rabonas, pases magistrales con la naturalidad que lo hacía. Algo que se manifestó, como nunca antes y nunca después, en el partido contra los ingleses del Mundial 86.
Solo una persona sin ataduras, sin represiones, puede agarrar la pelota en la mitad de cancha y superar alegremente cualquier obstáculo que se le pusiera en el camino para llegar al arco contrario y convertir ese gol inigualable.
Pero no solo eso. Acaso el momento más celestial de aquella tarde no fue el del segundo gol, el mejor de la historia de los mundiales, sino el del primero, el de la “mano de Dios”. Tan libre fue Maradona, tanto se iluminó en ese instante, que consiguió volverse invisible para la única persona que no lo tenía que ver: el árbitro.
Pero, ya se dijo, Diego fue un Dios humano. Y el hombre no pudo vivir, endiosado, la misma vida libre que disfrutaba dentro de la cancha. Tuvo problemas humanos, ni más ni menos: adicciones, conflictos personales, familiares. Todo expuesto, todo siempre desmesurado.
La prueba de que una cosa era con los botines y los pantalones cortos y otra sin ellos fue la trayectoria de Diego Maradona como entrenador. Con todo lo que representaba, con la motivación que su sola presencia generaba en los planteles, nunca pudo mostrarse como un estratega confiable desde el banco de suplentes.
Es que, finalmente, Diego era un Dios humano y, por lo tanto, falible y mortal. Maradona ya no está entre nosotros. Se fue el Diez, el mejor de todos, el que nos hizo felices a los argentinos. Dios no existe, solo el barrilete cósmico, que ahora, finalmente, vuela libre de todo.



Por Lucía Inés López
Por Gonzalo Santamaría