Rusia 2018

Argentina arranca el camino para recuperar la gloria perdida

La selección argentina inicia su participación en el Mundial 2018 con el gran desafío de cicatrizar las heridas tras perder la final en Brasil 2014 y en dos Copa América. Para Messi es ahora o nunca.

Sábado 16 de Junio de 2018

El Kremlin y la Plaza Roja lucen imponentes. También desbordados de turistas. Alrededor, edificios inmensos muestran a aquella Rusia de antaño y la destrucción de la era comunista. De ese pasado stalinista que esta ciudad, de a poco, intenta olvidar. Más ahora que se transformó en el ombligo del mundo y la observa el planeta entero.

El modernismo también parece entrometerse y buscar su lugar en la capital rusa. La postal que ofrece la verdadera sede del Mundial marcará el paso y le dará cobijo al primer partido de la selección argentina.

Al fin de cuentas, uno de los milagros del fútbol es su capacidad de reinvención. La esperanza siempre renace a una velocidad relampagueante. Y para el seleccionado argentino, el pasado también deberá ser pisado.

La máquina de relanzar ilusiones se encargará de todo. Más con la selección argentina en el estreno de un Mundial. Todavía andan dando vueltas como duendes malditos aquellas imágenes de un Maracaná que transpiraba desazón luego de la final perdida hace cuatro años contra Alemania. Pero siempre aparecen nuevos retos y obsesiones.

Todo vuelve a empezar para esta selección argentina. Es más, si se trazara una línea del tiempo entre lo que pasó desde un Mundial a otro, la realidad es que nunca logró estacionarse en la estabilidad.

Y Argentina tiene material sustancioso para escribir un libro en ese aspecto. Por más que el debut de hoy contra Islandia se lo devora todo, nunca viene mal hacer un poco de revisionismo. Siempre es aconsejable mirar por el espejo retrovisor para entender desde donde se viene.

Ya pocos recuerdan el desaguisado organizativo que vivió la AFA antes de convertir a Claudio Tapia en el nuevo presidente, con una votación que terminó en 38 a 38 y que fue el hazmerreír de todo el mundo. También son contados con los dedos de una mano los que aún tienen registrado aquella noche en Nueva Jersey cuando Lionel Messi, con otro subcampeonato lacerante que le aguijoneaba el alma, se animó a decir basta. Pensó, movilizado por el cuchillo que lo pinchaba de otra derrota en una final, que la selección argentina pasaba a otra vida para él. Por suerte no se entregó dócilmente a esa inercia negativa y volvió para clasificarla a Rusia.

Al Mundial que espera que sea de una vez por todas el suyo. Lo esperó y se preparó como nunca en estos cuatro años. Y con él en cancha, no hay imposibles. Aunque el rosarino cargue sobre sus espaldas con las culpas de todo lo bueno y lo malo que le pasa a la selección, ¿qué hubiera sido de la vida de la selección sin Leo?

Seguramente, los argentinos, como puntualizó Sampaoli en la conferencia de prensa de ayer, se hubieran quedado sin involucrarse en el Mundial. Sin esa noche volcánica de Quito en la que Messi fue el verdadero factótum de la clasificación mundialista. Los sueños mundialistas ya habitan en el corazón de los 40 millones de argentinos. El reloj marca la hora para salir a la cancha.

Para afrontar un partido que no está precedido por el urticante encanto de lo definitorio. Aunque nadie puede negar que todo debut mundialista nunca llega desprovisto de nervios y tensión. No hay bajas calorías en el plato fuerte que se servirá a la hora del desayuno (a las 10) en el estadio del Spartak de Moscú.

   No existe mirada escéptica que podría hablar de un primer examen cualquiera. Hubo que armarse de paciencia y esperar cuatro años para esto. El paso inicial en un Mundial siempre representa un valor en sí mismo. Porque suele no perdonar estados dubitativos. Mucho menos para Argentina. Al equipo de Jorge Sampaoli le llegó la hora de corroborar presunciones. Si bien no hay nada más vano que predecir cómo será un partido de fútbol, sobre todo en un Mundial, tampoco convendrá descuidar la rebeldía islandesa, un sello de la personalidad de este equipo que moldeó a su gusto el técnico-dentista Heimir Hallgrimsson. La tendencia apunta a que Islandia propondrá un desarrollo de mucho cálculo y pelotazo. Los vikingos estarán más pendientes de jugadas episódicas que de amplios argumentos. Mostrarán una propuesta de más pierna fuerte que de pies sensibles.

   De cualquier manera, Argentina está en condiciones de generar los anticuerpos necesarios para sortear el escollo. El sorteo fue benévolo con las aspiraciones de la selección. Le tendió una mano a este equipo de Sampa que todavía busca su identidad. No todos los días se arranca el camino de un Mundial frente a una selección que debuta en una competencia de esta estatura. En situaciones normales, Islandia no tiene con qué hacerle cosquillas al equipo. No se busca caer en la subestimación ni en ningunear al rival argentino, pero tampoco sirve mentirse. Y menos desde el principio. Cualquiera de las virtudes que pueda mostrar Islandia permite imaginar un triunfo argentino.

   Claro que para que ocurra esto, la selección primero tendría que aprovechar esta prueba inicial para ir entregando señales de evolución, con la confianza como aliada para ir ajustando la partitura y los intérpretes sobre la competencia. Es una obviedad apuntalar la idea de que un triunfo a Argentina le caería como un bálsamo protector que no debería desaprovechar. Las dudas que la selección todavía no despejó parten de una propuesta que no está debidamente ensayada. El seleccionado puede quedar cortado y algo desequilibrado si Islandia lee las grietas en los retrocesos defensivos. Esto es tan cierto como que la armada ofensiva de Argentina está en condiciones de maquillar esas distracciones con la conexión que se supone tendrán Messi, Meza, Agüero y Di María. Más allá de que, salvo Leo, los otros tres aún deben verificar en la cancha las expectativas que despiertan sobre el papel. Las piezas están dispuestas. Hoy se sabrá sin son capaces de hacer funcionar a Argentina. La sensación es que los resortes se irán probando sobre la misma realidad. Es imposible olvidar que una gimnasia a los tumbos acompañó a la selección hasta llegar al Mundial.

   Pese a que en algún momento de este tiempo fue tierra arrasada, Argentina sigue gozando de prestigio y reconocimiento internacional. Por eso la apertura de Rusia 2018 se estaciona en un plano expectante. No goza del favoritismo que distingue a Brasil, Alemania y habrá que ver si España se mantiene en la pole position luego del sismo que significó la destitución de Julen Lopetegui prácticamente cuando el equipo estaba para salir a la cancha que derivó en el empate en tres contra Portugal ayer.

   Las dudas de cara al debut asoman porque las inconsistencias de Jorge Sampaoli no lograron espantar la desconfianza que aún despierta el funcionamiento del equipo. Las certezas aparecen en el magnetismo de Messi, el artista excluyente del paso de Argentina por Rusia, y en la valoración de la armada ofensiva integrada por Meza, Di María y Agüero. Pero ya no hace falta ni decir que la producción de la selección dependerá exclusivamente de lo que haga Leo. No será un torneo más para él. Tal vez sea el último. Se preparó para ganarlo. Para no soportar más que el hincha argentino, aunque no sea la mayoría, le diga que es el padre de todas las finales perdidas de la selección. En los libros quedará que se trató de la última función de gala del mejor. Vuelve Leo a enfundarse en la camiseta albiceleste en una cita mundialista. Necesita que Rusia 2018 sea su Mundial. Sabe que el planeta no le sacará los ojos de encima. Le llegó la hora de dar el golpe sobre la mesa y necesita rebelarse contra todo y todos de una buena vez por todas. Ya tiene demasiado claro que, más allá de todos los títulos que consiguió en Barcelona, los Balón de Oro y las galas de la Fifa, el escenario que definitivamente lo consagrará es ser campeón del mundo. Lo concreto es que la atmósfera futbolística de la selección hasta ahora no le permitió replicar las genialidades que llegan desde Barcelona y encandilan por la televisión. Posiciones demasiado esquemáticas y con recortada fluidez de juego comprimieron el juego de la Pulga. Sampaoli ya le avisó que siempre le armará el equipo para que él se sienta lo más contenido y cómodo posible. Contra Islandia se verá si es cierta la pretensión de Sampa o si sólo se queda en una proclamación discursiva para endulzarle los oídos al capitán.

   Por lo pronto, Messi y este grupo de jugadores buscarán vengar a la generación de los perdedores. Intentarán interrumpir la hemorragia de frustraciones que cosecharon en la última década. Sepultar esos mazazos que recibieron en los partidos finales. Empezar a escapar hoy en Moscú de ese tormento significaría comenzar a reescribir la historia. La obsesión de Messi habla de empujar los límites y dejar una huella eterna. La selección argentina intentará desarmar ese maldito hechizo que la persigue y no la deja vivir tranquila. Argentina pone primera en el Mundial. Todo un país se paralizará cada vez que juegue. Millones de personas esperarán que el rosarino levante el trofeo. Ojalá que el hit "Messi tráeme la copa", que tan bien popularizó y viralizó en las redes el comediante Chapu Martínez, sea premonitorio. Y se cumpla de una buena vez.

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