El gobierno nacional tuvo una semana interesante para el análisis. Por un lado, tuvo varios triunfos importantes en el Congreso (designación de jueces y reforma de la carta orgánica del Banco Central, entre ellos) lo cual delata que la ingeniería política funcionó adecuadamente cuando las temáticas están alejadas de la opinión pública. Recordemos el traspié que tuvo con un tema que se volvió urticante: la posibilidad de ventas de tierras a extranjeros. En este caso, se jugaron cuestiones relevantes para el programa de reformas estructurales del oficialismo, pero de escaso impacto en la calle.
En segundo lugar, más allá del debate sobre el nivel de morosidad, se embarcó en dos medidas para intentar reactivar el alicaído consumo masivo. Una fue el módico fondo para activar los créditos hipotecarios y la otra es el eventual incentivo a un incremento de los salarios más bajos. Más allá del impacto real que ambas iniciativas puedan tener (la segunda está en veremos) queda claro que la administración libertaria está preocupada por un consenso que se instaló en la política, el mundo empresarial y los medios: la aprobación de la gestión está en negativo hace muchos meses y el malhumor social es mayoritario, ambas cosas producto de la situación socioeconómica.
En tercer término, el presidente tuvo otra semana de furia confrontativa, donde juró y perjuró que no cambiará el rumbo económico y que no hará populismo. Sin embargo, su administración viene dando señales (con cuentagotas) de que algo debe ceder para mostrar alguna sensibilidad hacia sectores productivos y sociales. Una revitalización de la máxima de Néstor Kirchner: “Miren lo que hago, no lo que digo”.
Lo importante es la reacción
Problemas serios y desgaste sufren todos los gobiernos. Lo que los diferencia es cómo reaccionan frente a las crisis que se consolidan en el tiempo. Varias veces señalamos en esta columna que Javier Milei es más pragmático de lo que parece, tras un ropaje filosófico de ortodoxia austríaca, sobre todo en lo político, más que en lo económico. Pero la necesidad tiene cara de hereje y seguramente más de un principio será sacrificado en el altar de la reelección. Es lógico: sin continuidad política, ¿cómo puede consolidar su ambiciosa revolución libertaria?
Por otro lado, las gestiones hacen cosas que no necesariamente modifican la realidad, pero sirven como coartadas políticas. Por ejemplo, ahora será más difícil que se lo critique porque no hace nada respecto al acceso a la vivienda. Quizá no modifique la percepción popular en el corto plazo, pero les servirá a sus huestes para dar la batalla cultural. Vale la pena subrayar que el propio ministro Luis Caputo aludió a esta medida por una razón de “justicia social”, término sistemáticamente vilipendiado por el presidente. Además, téngase en cuenta que la actual gestión recibe una mala calificación por su falta de empatía y sensibilidad, dicho incluso por sus propios votantes.
Una búsqueda que no es gratis
Este “miren lo que hago, no lo que digo” y la búsqueda de coartadas para hacerle una gambeta a la realidad, no es gratis. En primer lugar, los mercados financieros y el mundo empresarial no se dejan llevar solo por fuegos de artificio sino que ven con lupa lo que efectivamente hacen los gobiernos. Si no, sería muy sencillo distraerlos. Si hubiese incongruencia y/o falta de resultados, los bonos bajan y aumenta el riesgo país.
En segundo término, así como la inflación da una ilusión monetaria que al final es negativa, los anuncios pueden generar una ilusión en un sector de la opinión pública, pero que después quizá concluyan en una decepción. Algo así como “peor el remedio que la enfermedad”. Tratar de volver de la decepción es una de las cosas más difíciles en política. De modo que se debe hacer un movimiento de cirugía muy fino. La mayoría de los gobiernos pecan de exceso de optimismo y recurren a la vieja táctica de “huir hacia adelante”, imaginando que los beneficios en algún momento llegarán. Eso es lo que se debate hoy en la mesa política que encabeza Karina Milei. Si no, la astuta Patricia Bullrich no hubiese marcado la cancha públicamente diciendo que “lo que necesitamos es más velocidad en los resultados para que el cambio se sienta en la vida cotidiana”. A confesión de parte, relevo de pruebas.
Esta semana también se conoció el Índice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Di Tella. Tuvo una recuperación, aunque la tendencia no es positiva: está más bajo que el mismo mes del año pasado, perdió 16,5 % en lo que va de 2026 y tuvo solo tres mediciones positivas en los últimos diez meses, poselección legislativa. Da la impresión de que tiene un movimiento “serrucho”, como la actividad económica. De todos modos, no solo podrá ganar la presidencial el que tenga el favor popular sino que también debe computarse quién se considera el “menos malo”.