La renuncia de Marco Lavagna a la dirección del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) después de 7 años de gestión se produce en medio de críticas a los efectos de los cambios en la canasta familiar, resultados de la encuesta de gasto en los hogares relevada entre los años 2017 y 2018.
Todos tenemos muy presente la importancia de los acontecimientos ocurridos durante la década transcurrida. Y seguramente que, sobre dichos acontecimientos, habrá opiniones contrapuestas y grandes oportunidades de discusión. En ese clima precisamente quiero detenerme para poner el lente sobre la estadística, y en particular las estadísticas públicas. Por qué es en circunstancias como estas que se revela la íntima y profunda naturaleza de la estadística. Porque en estos momentos se hace patente que los resultados estadísticos no son el resultado mecánico de fórmulas y procesos burocráticos, si no de algo muy lejos de esa visión.
Estadística es una forma de argumentar, haciendo que el debate se vincule fuertemente con los datos, y permita que la conversación pública tenga otro calibre y que los resultados de la misma sean mejores prácticas y mejores decisiones.
No debe sorprender por lo tanto que se discuta hoy sobre los pro y los contras del cambio realizado. Al contrario sí sorprende que no sea más intenso ese debate. Llama la atención que no se haya discutido en su momento en torno al Censo de Población del año 2022, relevado durante el mandato de Lavagna, con su relevamiento incierto y sus contenidos sorprendentes.
El aporte de la estadística
En el campo social la estadística contribuye a la retórica, que es el espacio propio de la política. Los datos estadísticos necesariamente deben ser el resultado de un convenio, de un pacto de confianza entre la ciudadanía y el gobierno, para que sus resultados sirvan al desarrollo de las políticas y otorguen la transparencia necesaria para su evaluación.
Vale la pena entonces detenerse en lo que significa el programa de precios al consumidor, y de su necesaria dinámica impulsada por los cambios en el género de vida, es decir en el perfil de consumo, por el nivel de renta que nos acompaña y por las variaciones de precio qué ocurren. En Argentina se han registrado esas modificaciones reflejándolas en cambios en la canasta cada 10 años.
El gobierno de Estados Unidos, a través del Bureau of Labor Statistics (BLS), realiza cambios de base y actualizaciones de la canasta del Índice de Precios al Consumidor (IPC) de forma periódica, transparente y planificada, cada dos años. Estas actualizaciones se basan en encuestas extensas de gasto de los hogares y se comunican con antelación para garantizar la continuidad estadística y la confianza pública. Última actualización: 2023–2024, basada en datos de gasto de 2021–2022.
La encrucijada del IPC
La base que se utilizó hasta ahora en Argentina fue implementada en el año 2016, 12 años después del período de referencia, relevado por la Encuesta de gastos en los hogares en 2004/05. Resulta evidente que hubo sobrado tiempo para discutir sobre la oportunidad y los efectos tanto de la demora como de la aplicación tardía de esas actualizaciones. Es esa la línea de discusión que necesitamos activar en Argentina.
Un activo debate entre usuarios, analistas y productores de estadística, que animen un proceso virtuoso de mejora continua de estadísticas relevantes, oportunas, confiables y accesibles.
¿Cómo se logra eso? Varios factores deben alinearse para que deje de ser noticia la renuncia del director del Indec y veamos aparecer en la prensa manifestaciones de un debate permanente sobre la calidad de los datos que nos orientan en los asuntos públicos y en los negocios privados. Sobre esos temas me extiendo extensamente en mi libro “La República de los datos”.
En síntesis, enhorabuena el debate sobre los datos estadísticos, que reafirma que la naturaleza de la estadística, más allá del cálculo, es un convenio y una forma de argumentar con la evidencia.
Para eso se necesita que definitivamente los estadísticos sean convocados masivamente para darle a los resultados públicos la mayor solidez posible. También la Casa de las Leyes, tanto en la nación como en las provincias debe tener su gabinete de estadística del cual salgan los cimientos de la legislación que aprueban, y nuestras escuelas incluyen definitivamente la necesaria formación en estadística, en el sentido del acuerdo y de la argumentación, de todos los ciudadanos, para que la democracia se fortalezca con la participación de todos en sus decisiones.
Porque las estadísticas las hacemos entre todos aportando desde nuestra existencia hasta el fruto de nuestro esfuerzo. Son el espejo que nos refleja, en el cual nos solemos mirar a veces con preocupación y otras con alegría.