Por un detalle, la vidriera de un negocio de la calle San Luis plantea un viaje al pasado. En medio de autos de juguete, encendedores, decenas de aparatos electrónicos chinos, está colgada una bolsa de plástico chica que tiene una piragua y media docena de indiecitos en poses guerreras. La ferocidad de los combatientes está atenuada por el verdecito pálido de sus figuras, mientras que la canoa es marrón. Sorprende que en la era de los juguetes conectados, aparezcan esas figuras inanimadas que exigen una interrelación con quien juega en un mundo de fantasía en el que lo real y lo imaginario se trastoca constantemente, y así las raíces de un árbol son montañas que los indiecitos atraviesan con la piragua a hombros enfrentando mil peligros y asechando a los carapálidas que los quieren exterminar. Ni hablar si queda algún charquito en la vereda después de una lluvia, ahí la canoa terminará siendo el factótum de cualquier historia.



























