En Foco

La pandemia como campo de batalla

Dos visiones enfrentadas sobre el mundo pospandémico circulan en estos días.

Domingo 07 de Junio de 2020

Dos visiones enfrentadas sobre el mundo pospandémico circulan en estos días. Por un lado, aquellas que sostienen que cuando pase lo peor de la crisis la vida será más o menos la misma y que las tendencias activadas por el virus (la digitalización, la desigualdad, el ascenso de China) estaban presentes desde antes: la pandemia —argumentan— se ha limitado a acelerarlas. En el otro extremo se sitúan los partidarios del "nuevo comienzo", aquellos que conciben al Covid-19 como una especie de agente purificador que nos invita a corregir nuestros excesos para construir un mundo mejor: ahí donde Slavoj Žižek propone un regreso al comunismo (sería un comunismo mejorado, aclara), Maristella Svampa proyecta un "plan holístico que salve al planeta y a la vez persiga una sociedad más justa e igualitaria". El virus como castigo cuasidivino y oportunidad para expiar nuestros pecados por medio de una redención ecológica.

Entre la visión conservadora, que niega el poder reconfigurador de la pandemia, y la quimérica, que propone un año cero de la historia, creo que es posible encontrar otra perspectiva, menos ambiciosa pero más precisa, para pensar el tiempo que viene. Y lo primero que cabe aclarar es que no se trata de adivinar qué vendrá una vez que superemos el pico de contagios y muertos, sino de entender qué quedará de lo que se está gestando ahora, en estas semanas de cuarentena, conteo diario de casos y noticias encabezadas por el adverbio del momento: "Cuándo" (reabrirán los comercios/podremos volver al cine/podremos visitar a nuestros amigos/volverá el fútbol/estará lista la vacuna). La historia enseña que las medidas adoptadas como excepcionales en tiempos de emergencia muchas veces se quedan una vez que amaina la crisis: el New Deal fue una reacción a la crisis del 29, el Estado de Bienestar un resultado de la Segunda Guerra Mundial. Lo que se decide en los tiempos calientes de la historia, cuando una mayoría social permanece insólitamente atenta a lo que está ocurriendo en las lejanas dimensiones de la política y la gestión económica, determina lo que ocurrirá en los períodos más fríos, cuando buena parte de la gente se repliega a sus mundos privados. Por eso no hace falta estirar tanto la cabeza para imaginar el mundo que viene: es el que estamos construyendo hoy.

Como señalamos, la irrupción del virus resulta perturbadora por su capacidad para trastocar nuestras coordenadas de tiempo y espacio. Si nuestro espacio cotidiano se ha estrechado hasta asemejarse a un departamento japonés, la sensación es que el tiempo ha quedado en suspenso, congelado por decisión sanitaria: consideradas individualmente, en efecto, las personas están viviendo días iguales a sí mismos; pero es solo un espejismo, porque en estos pocos meses han ocurrido miles de cosas: cientos de miles de muertos, por supuesto, pero también tremendas decisiones de política pública, súbitos cambios de enfoque ideológico, vertiginosas ganancias de popularidad de líderes políticos, choques de frente contra la realidad, movimientos geopolíticos tectónicos…

Reformulemos la pregunta, entonces. ¿Cómo será el mundo que se está construyendo en estos instantes? Quizás una forma de entenderlo sea pensar en las "nuevas líneas de fractura" que dejará la pandemia, que se superponen y reatroalimentan con otras, más antiguas. Por ejemplo, a la clásica desigualdad de ingresos se suma la decisiva división entre quienes perciben ingresos fijos y aquellos que no, dos fisuras que pueden converger pero que no son necesariamente iguales: es probable que en estos meses de cuarentena la esté pasando mejor un mecánico de Smata, incluso si ha sido suspendido, que un arquitecto free-lance registrado en el monotributo, aunque el primero viva en el conurbano y el segundo en un PH en Almagro. Del mismo modo, la cuestión del acceso, que en el mundo de la pre pandemia podía limitarse a una molestia logística, se vuelve, como explica Ariel Wilkis (4), central: la falta de acceso al home banking, por ejemplo, determina que millones de personas se vean obligadas a hacer largas colas frente a los bancos para hacerse de efectivo, lo que redunda en una pérdida de tiempo pero también, más dramáticamente, en una mayor exposición al contagio. El mismo riesgo, por otra parte, que enfrentan los que se encuentran del lado peligroso de la otra frontera ardiente establecida por la pandemia: aquella que separa a las ocupaciones que implican exponer el cuerpo —y que van de un neurocirujano a una cajera de supermercado, de un policía a un camionero— de las que no.

La economía global también se reconfigura. Silenciosa pero visiblemente, las cadenas globales de suministros se están rompiendo. Sucede que una de las enseñanzas de la pandemia es que en el siglo XXI la soberanía no pasa solo por la capacidad para resguardar las fronteras territoriales sino también por la disposición de una industria nacional que garantice cierta autosuficiencia: Estados Unidos importa dos tercios de los principios activos a partir de los cuales produce sus medicamentos de empresas chinas, es decir de empresas sobre las cuales el Estado de su principal rival estratégico ejerce algún tipo de control. La pandemia demostró que una industria nacional potente, igual que un complejo de ciencia y tecnología dinámico, constituye una herramienta de soberanía más relevante que los aviones o los barcos de guerra. Y obliga a revisar viejas ideas: las economías abiertas y globalizadas seguramente sentirán el shock de la crisis en mayor medida que aquellas más protegidas y mercadointernistas.

Igual que la industria, el sector servicios, que ocupa a la mayor parte de la población en los países más ricos y en algunos de desarrollo medio como Argentina, también se está transformando. El primer sentido de la transformación es obvio: lo digitalizable crece, lo no digitalizable sufre. Las plataformas viven el mejor momento de su historia, pero también las empresas de logística que las alimentan: Mercado Libre, por recurrir a un ejemplo argentino, vale hoy unos 40.000 millones de dólares, el doble que las 19 empresas argentinas que cotizan en Wall Street… sumadas. Como señaló el analista internacional Ian Bremmer, el caso extremo de este nuevo esquema de ganadores y perdedores de la economía global es el de las apps de reuniones y las aerolíneas: Zoom pasó de 10 a 330 millones de suscriptores en un mes y elevó su cotización en bolsa a 48.000 millones de dólares, superando a las siete grandes líneas aéreas del mundo… también sumadas. La fractura se reproduce al interior del mundo digital: mientras que Netflix incorporó 16 millones de nuevos suscriptores en dos meses, Airbnb despidió a la mitad de su personal y admitió que este año sus ingresos serán la mitad que los del año pasado.

Las fracturas son también regionales. La pandemia creó nuevas fronteras en Europa, entre los países que lograron contener el virus y aquellos que no: 525 muertos por millón de habitantes en España y 436 en Italia, contra 79 en Alemania, 65 en Austria y 78 en Dinamarca. Aunque en términos generales los países del Norte europeo salieron mejor parados, la fractura no sigue exactamente la línea Norte-rico Sur-pobre: Grecia, por ejemplo, tiene 10 muertos por millón de habitantes, y Gran Bretaña 480. Algo similar sucede en América Latina, donde países como Chile, Ecuador, Perú y sobre todo Brasil atraviesan situaciones dramáticas, que contrastan con el éxito relativo de Argentina, Venezuela, Colombia y Uruguay.

Estas fracturas definen nuevas divisiones entre zonas en las que el virus circula libremente y otras más seguras. Letonia, Estonia y Lituania anunciaron la creación de un área de libre tránsito, y lo mismo negocian Israel y Grecia, Australia y Nueva Zelanda, y China y Corea del Sur: burbujas o corredores de turismo y negocios, mini-acuerdos transitorios que permitan rehabilitar la circulación de personas, quizás exigiendo un test 48 horas antes de viajar. No sería insensato imaginar un tratado similar para el verano austral entre Argentina y Uruguay o entre Argentina y Colombia (o ahora, sin ir más lejos, entre Santa Fe y Entre Ríos).

Volvamos al comienzo. La experiencia extrema del coronavirus, primera pandemia que afecta a la totalidad del planeta al mismo tiempo, no se limita a acelerar procesos previos ni a profundizar divisiones o desigualdades preexistentes: crea nuevas fracturas en la sociedad, la economía y la política. Inesperado y total, el virus constituye un shock externo cuya potencia disruptiva es justamente ésa: su capacidad para crear un mundo nuevo. Por eso parece atinada la perspectiva del historiador británico John Gray, que descarta por extemporáneas las comparaciones con las pandemias del pasado como la gripe española, que avanzó en medio de la guerra y en un mundo diferente al actual, y elige como punto de referencia el terrorismo, una amenaza que se fue cocinando silenciosamente hasta que, igual que el coronavirus, irrumpió de un solo golpe letal, el 11 de septiembre de 2001, y se volvió endémica. Como un virus, el terrorismo también muta, de Al Qaeda al Estado Islámico, y aunque en América Latina puede resultar lejano, lo cierto es que ha logrado alterar la vida cotidiana de zonas del planeta que se han acostumbrado a convivir con él: de hecho, buena parte de la tecnología de cibervigilancia (cámaras de seguridad, reconocimiento facial), intrusión a la privacidad (espionaje de correos electrónicos, redes sociales) y seguimiento (controles en aeropuertos, geolocalización) creada para prevenir eventuales ataques terroristas se usa hoy como barrera contra el Covid-19.

El virus está creando una "nueva normalidad", el término de moda para definir el mundo que viene. Como escribió Pablo Touzon en el Dipló, si alguna ventaja tiene la situación que estamos viviendo es que nos sacó de una normalidad que dábamos por hecha, que llegamos a considerar como una segunda piel, y nos puso frente a los límites del modelo de desarrollo en el que vivimos. Al trastocar profundamente nuestra cotidianidad, el virus nos sacó de la matrix y nos permitió ver nuestra normalidad desde un afuera nuevo. No todas, pero muchas cosas están cambiando. Forzados por el miedo al contagio, aceptamos como tolerables medidas que hace dos o tres meses nos hubieran parecido inconcebibles: la muerte en soledad de los mayores (el Auschwitz de la pandemia) o la decisión de sitiar Villa Azul y cortar la libertad de movilidad de sus habitantes para evitar contagios. ¿Cómo saldremos del trauma? ¿La pandemia nos hará más individualistas, aislados, distantes, paranoicos, vigilados y delatores? ¿O más cercanos, más conscientes de nuestros límites, más responsables, justos y solidarios? El sociólogo Luis Alberto Quevedo dice que a una "nueva normalidad" subyace siempre una "nueva moralidad". Su discípulo Ignacio Ramírez precisa: lo normal no remite solo a "lo frecuente" sino, fundamentalmente, a lo normalizado, a lo que está bien y lo que no. El después se está construyendo ahora, y no está definido. La pandemia es un campo de batalla.

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