Opinión

La "infectadura" de la negación

En medio de la pandemia que mata a más de doscientos argentinos todos los días algunos sectores de la población minimizan la gravedad de la situación sanitaria. El caso de Sigmund Freud y el nacionalsocialismo alemán.

Sábado 12 de Septiembre de 2020

Hace unos días el sociólogo e investigador del Conicet Daniel Feierstein (que afortunadamente no siguió el consejo de Domingo Cavalllo, en 1994, a una colega socióloga para que se dedique a lavar los platos), fue conocido en todo el país por explicar en su perfil de Twitter su mirada sobre la conducta de los argentinos frente al coronavirus. El científico sostuvo que las estrategias para contener los contagios fracasan debido a que la respuesta no es médica sino sociológica porque “la población en una catástrofe se ve atravesada por acciones afectivas vinculadas a mecanismos de defensa psíquica como la negación y la proyección”. Es decir, si entendemos correctamente a Feierstein se podría inferir que ese mecanismo se utiliza para minimizar el miedo al riesgo potencial de sucumbir mortalmente ante la enfermedad y de poner en el afuera todas las agresiones y buscar culpables por la difícil situación por la que atravesamos. Aquí también intervienen las inclinaciones políticas de cada persona.

En 1925 Sigmund Freud publicó un artículo, “La negación”, para describir ese comportamiento de la mente humana. Sin embargo, algo más de una década después él mismo fue víctima de ese fenómeno. Freud se negaba a abandonar Viena pese a la anexión alemana de Austria y mientras sus libros, juntos a los de otros autores judíos como Albert Einstein y Stefan Zweig, eran quemados en hogueras públicas. Si no hubiese sido en 1938 por la presión internacional y la ayuda de la princesa Marie Bonaparte (sobrina nieta de Napoleón) su destino hubiese sido un campo de exterminio, como ocurrió con sus ancianas hermanas.

En la misma época, Victor Klemperer, distinguido filólogo y profesor de lenguas romances en Dresde, expulsado de la Universidad, analizó el discurso y la comunicación del nacionalsocialismo en varios de sus escritos (“I Will Bear Witness” y “la Lengua del Tercer Reich”), con los que dio testimonio de lo que ocurrió durante esos años. De origen hebreo pero de religión protestante y condecorado en la Primera Guerra Mundial, Klemperer también fue ganado parcialmente por la negación de la dramática situación que atravesaba cuando escribió: “Soy alemán, los verdaderos alemanes se han ido, deben estar en alguna parte, ya volverán”.

Algo más de tres décadas después, en la Argentina, la negación colectiva sumada a la censura y la represión, hizo que mucha gente se negara a admitir que en el país desaparecían personas, se secuestraban trabajadores de las fábricas, había centros clandestinos de detención y se arrojaban desde aviones personas vivas al río de la Plata. “En algo habrá andado” era la manera más común de negar los crímenes de la dictadura, proyectándose toda la culpa en la “campaña de desprestigio” que se hacía de la Argentina desde el exterior.

Ni siquiera en 1979, cuando la Comisión Interamericana de Derechos Humanos vino al país para investigar qué estaba ocurriendo y lo documentó después en un informe, la barbarie criminal de la dictadura era admitida por grandes sectores de la población. ¿Nadie veía a esas pobres madres dar vueltas por la plaza de Mayo a partir de 1977, descalificadas como “locas” por los militares, para saber dónde estaban sus hijos? No se lo quería ver, se lo negaba.

Esos ejemplos del pasado, salvando las distancias, también pueden tener un correlato en la actualidad. La pandemia ha sacado a flote lo mejor del ser humano, retratado en los que día a día arriesgan su vida para atender a los enfermos y en los que trabajan en los sectores esenciales para que de alguna manera la vida continúe. Pero también destapó los mecanismos, tal vez sin mala intención, de la negación de la gravedad de la situación, de creer que se trata de una confabulación, en Argentina y en el mundo también, para controlar las libertades individuales, de instaurar gobiernos autoritarios que se enancan en la pandemia para obtener réditos políticos. Esto no significa que no pueda criticarse la conducción política o sanitaria de la crisis.

Pero en este contexto, aquí entra a jugar el aporte del sociólogo Feierstein. Cómo se entiende la promoción de concentraciones contra la “infectadura”, la intervención de Vicentin o la quema de barbijos en el Obelisco, sino en base a ese sustrato de negación de la terrible realidad sanitaria que mata a más de doscientos argentinos todos los días y a la proyección de todo lo malo en enemigos de afuera demoníacos que utilizan la política para engañar a la gente sobre la peligrosidad del virus, que es sólo “una gripecita”.

Algunos políticos y comunicadores deberían formular una autocrítica sobre un discurso que fomente el mecanismo peligroso de instalar la creencia de que la pandemia es una fantasía.

Parece entendible que estas conductas afloren en gente desesperada porque ha perdido su trabajo, que no tiene cómo sobrevivir ni siquiera con el aporte del Estado o personas cuyos comercios o actividades no están autorizados a reabrir. La magnitud de la crisis también se refleja en la pauperización de la población y la lucha por el sustento diario. Pero ¿cómo se explica en aquellos que van a las concentraciones con autos de alta gama e integran un sector de la sociedad a la que la crisis económica no le impacta de una manera importante? ¿Este sector social estará afectado por el fenómeno de la posverdad?, es decir ¿lo emocional juega un papel más decisivo para interpretar e internalizar los hechos aunque estén lejos de la realidad?

“Nadie quiere aceptar la posibilidad de su muerte o la de sus seres queridos. Nada aporta suponer mala intención y no creo que nadie quiera que mueran argentinos por lo que no sirve echarle la culpa a un político, al otro o a la población. Simplemente no estamos comprendiendo lo que pasa”, dice el sociólogo Feierstein.

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