Jamás se vio una competencia internacional y geopolítica tan exacerbada por una causa de salud pública como se observa hoy con el Covid-19 y las varias vacunas que se ofrecen para combatirlo. No se trata de dinero, sino de una competencia internacional por un lugar de preeminencia y de imagen pública global.
La algo atrasada vacuna de AstraZeneca y Oxford (pero que acaba de vender a Colombia en 10 millones de dosis), que daba tantas esperanza perdió posiciones en la carrera. Argentina perdió así una apuesta grande, un casillero en el que había puesto muchas fichas. Igual, la vacuna como se dijo está a la venta. Y casi nunca una vacuna estuvo lista el mismo año en que la enfermedad que combate apareció. La vacuna contra la gripe A fue una excepción: se logró en septiembre de 2009 (hubo entonces cuatro vacunas aprobadas en EEUU), apenas 5 meses después de iniciado el brote, el 15 de abril, y se comenzó a vacunar el 5 de octubre en EEUU. Un récord totalmente fuera de lo habitual, tal vez porque el virus responsable era una mutacion del H1N1, un viejo conocido de los virólogos.
Hoy, Sanofi, Johnson&Johnson y otras empresas farmacéuticas serias ya han adelantado que no correrán la carrera de cien metros llanos y que se deberá tener paciencia y esperar a la segunda mitad de 2021. Pero muchos han dejado de lado la seriedad que exige toda investigación científica, más cuando está enfocada en salvar millones de vidas, en favor de mejorar la imagen internacional de una nación. Esto es evidente en los casos de Rusia y China, con independencia de la calidad de sus respectivas vacunas.
Aunque en el caso ruso, al leer los comentarios negativos de científicos que tienen acceso a los papers y revistas especializadas, de decenas de científicos rusos que publicaron una carta con durísimas críticas el 10 de diciembre pasado en The Moscow Times, y de estudiar fechas clave de su desarrollo, queda la fuerte impresión de que en el nivel científico, en este caso el Instituto Gamaleya de Moscú, se cedió a las presiones políticas del Kremlin de Vldimir Putin. Se aceleraron las fases 1 y 2, dejando atrás las pruebas en animales, y ahora se anuncia, cuando ya debería estar el estudio de fase 3 terminado y publicado en un medio científico internacional, que se hará el estudio para la población mayor de 60 años en un grupo de apenas 110 personas, cifra más propia de la fase 2. Se crea así la sensación, que es casi certeza, de estar ante una improvisación constante en el laboratorio moscovita, sometido a los caprichos y mandatos del "zar" Putin.
Acá entra en el análisis la posición internacional de Argentina. El país pareció posicionarse primero solo en función de la calidad y a la vez de la promesa de una rápida llegada de la vacuna. Apostó, como se dijo, a Oxford-Astrazeneca, que incluso tiene una planta en la Provincia de Buenos Aires de una empresa local asociada dispuesta a fabricar la vacuna. Luego también sumó a Pfizer, que en Argentina hizo una buena parte del estudio clínico de fase 3 con 4.500 voluntarios en el hospital militar de Campo de Mayo. La figura del científico Fernando Pollack fue decisiva en esta asociación. El estudio final de Pfizer que llevó a la aprobación de la vacuna por las autoridades sanitarias del Reino Unido, EEUU, Canadá y la Unión Europea, lleva su firma. Parecía que el gobierno nacional estaba bien encaminado, pero de pronto no salió el acuerdo final con Pfizer y nadie sabe explicar por qué, salvo culpar al laboratorio estadounidense con vagas imputaciones. Que, al no detallarse y concretarse, solo sirven para crear dudas sobre el ministro que las formuló. El contraste con Chile, que no proveyó de voluntarios a Pfizer pero sí tendrá en pocos días su vacuna, es muy grande y deja en evidencia la diferencia abismal de resultados entre un gobierno práctico, capaz y concreto y otro que pierde la brújula de manera inexplicable, con ministros que provocan espanto, o al menos desconcierto.
Resurgió entonces la renovada apuesta a la vacuna rusa, pero cuando aún, como se dijo, no tenía la aprobación final de su ensayo clínico de fase 3, no completo por lo menos. Porque el resultado del estudio de fase 3 de la Sputnik V se anunció a los medios el 12 de noviembre, pero pronto se vio que era apresurado, dado que se limitaba a pacientes que habían recibido solo la primera de las dos dosis y con un número de infectados bajísimo (20). De esta forma, ahora la vacuna rusa se comprará y traerá al país con una credibilidad mínima sobre sus espaldas y cuando se sabe que en Rusia hay resistencia a ponérsela (a "darse" la vacuna, como dicen los porteños). Este sentimiento se instaló definitivamente cuando el jueves pasado se tomó conocimiento público, de que no está aún aprobada para mayores de 60 años, que son más del 80% de los casos graves y mortales. Que haya sido el propio Putin el que anotició a los argentinos de esa limitación clave es algo que se comenta por sí solo. Ahora se dice desde la misión argentina en Moscú que les aseguran que el estudio de mayores de 60 años ya está listo. Todo suena a apuro e improvisación.
Por encima de este nivel de una crónica de hechos acelerados e improvisados, surge, neto, el diseño político y la mencionada carrera de prestigio (o desprestigio) internacional. Que dan todos, desde ya, pero con estilos y niveles de calidad muy diferentes. Acá pesa y mucho si se trata de naciones democráticas o autoritarias. Esto que parece ser "solamente", un asunto de valores, impacta de lleno en la calidad de la producción científica y sanitaria de un país, como se ve ahora con Rusia. La poca transparencia del proceso de investigación de la vacuna rusa fue señalado desde el inicio por medios científicos extranjeros, por científicos rusos ya citados el pasado 10 de diciembre, y por la propia OMS, cuando le dio un reto público a Rusia por dar por aprobada la Sputnik V en agosto, cuando no había terminado los estudios de fase 2. Más aún, el 10 de agosto, cuando se iniciaba en Argentina el estudio de fase 3 de la rama local de AstraZeneca, la OMS tenía anotadas varias vacunas europeas, estadounidenses y chinas en fase 3 pero no a la de Rusia. Un mes más tarde se cumplió con el requisito ineludible de publicar el informe del estudio clínico de fase 2 en una revista científica, en este caso la británica The Lancet. Y esos datos y tablas fueron cuestionados con dureza por muchos científicos, que sospechan que hay datos repetidos para engrosar la exigua población del estudio de fase 2.
Del otro lado, y en agudo contraste, un caso de malestar entre decenas de miles de voluntarios de la vacuna de Astrazeneca a inicios de septiembre se conoció rápidamente en todo el mundo. El laboratorio procedió a suspender temporalmente el ensayo. Todos los detalles del caso se conocieron. Lo mismo ocurrió luego con algunos casos de alergia que causó la primera inoculación masiva de la vacuna de Pfizer en el Reino Unido. Como siempre, los medios de países autoritarios juegan con ventaja: los medios rusos y chinos se regocijan destacando esos contratiempos, mientras la reciprocidad no existe en absoluto. Nadie sabe si existen casos similares o más graves en el interior de Rusia o China, ni lo sabrá jamás. A duras penas se conocen los datos de publicación obligatoria de los estudios de las diversas fases, y esto con las faltas de información que señalan los científicos (por ej, la falta de variabilidad genética en la población de voluntarios (¿?) de las varias fases de la Sputnik V).
En este campo internacional tan polarizado entre democracias avanzadas y países autoritarios, con regímenes de democracia de fachada, como Rusia, o dictaduras totalitarias de Estado policial, como China, Argentina, en lugar de posicionarse sin dudar entre las democracias como principio rector de su política exterior, deja muchas dudas. Y esto, más allá de cuál sea finalmente la decisión comercial y sanitaria que tome, aunque ya parece tomada, y no por razones científicas precisamente. Por sus opciones no fundamentadas en este tema tan sensible, se diría que Argentina se inclinó por Rusia y China mucho más allá o mucho antes de por cualquier razón sanitaria o financiera.
Si es esta otra muestra más del gobierno de doble comando entre un presidente débil y una poderosa vicepresidenta, aún no se sabe. Pero la preferencia por Rusia y China en otros terrenos por parte de CFK es muy conocida (así como su admiración por el eterno Putin) y se plasmó en la política exterior y en los acuerdos comerciales firmados durante los dos gobiernos anteriores de la hoy vicepresidenta-presidenta.