Opinión

La Argentina, un país muy complicado

Faltan sólo siete semanas para las elecciones presidenciales del 27 de octubre y otras seis para la asunción del presidente, pero parece una eternidad.

Domingo 08 de Septiembre de 2019

Faltan sólo siete semanas para las elecciones presidenciales del 27 de octubre y otras seis para la asunción del presidente, pero parece una eternidad. El gobierno y también los partidos opositores apuestan a que el recambio no sea traumático, sobre todo cuando el resultado suena a más que previsible.

La tensión política surgida tras las primarias de agosto parece ahora haberse reencauzado para lograr una primavera en calma. Para eso, el macrismo debió renunciar a banderas que jamás pensó en arriar y tuvo que implementar un control de cambios para evitar la pérdida de reservas del Banco Central y la suba del dólar. Si no lo hacía, nadie daba por seguro que Macri llegaba al final del mandato. Pero aún resta “convencer” a los ahorristas en dólares que los bancos cuentan con la liquidez suficiente para entregarlos. No es poca cosa en un país con ciclos económicos que se repiten.

En medio de tanto revuelo, Alberto Fernández, el candidato con chances ciertas de ocupar la Casa Rosada a partir del 10 de diciembre, se fue a España luego de un par de semanas donde habló demasiado y quedó atrapado en una situación paradojal. Si se acercaba demasiado a Macri recibía un abrazo de oso que podría restarle votos. Y si lo ignoraba por completo, podrían acusarlo de insensibilidad y falta de patriotismo ante un eventual derrumbe general, político y social.

Macri, tras acusar a nada menos que algo más de doce millones de argentinos que votaron al peronismo de causar la tormenta de los mercados por la falta de credibilidad de su candidato, vio en Fernández un salvavidas que lo mantenga a flote. Y Fernández lo sostuvo, aunque no tanto como para que pueda estabilizarse por completo y tener alguna esperanza en octubre. Esperanza que sustenta Cambiemos en las mejoras económicas para la clase media y baja como la suba del mínimo no imponible del impuesto a las ganancias, la eliminación del IVA a productos de primera necesidad y el refuerzo de las asignaciones a los planes sociales. ¿Por qué el gobierno no lo hizo antes y dejó durante tanto tiempo a vastos sectores de la población a merced de la recesión y el hambre? Difícil de explicar hasta para los más oficialistas.

Así es la Argentina. Un presidente que demoniza a su opositor no tiene más alternativas que convocarlo y pedirle que no termine de apalearlo porque con los votos ya tuvo suficiente. Y un candidato que no ha sido todavía electo navega en aguas turbulentas sin ninguna responsabilidad porque no ha ganado nada aún, pero tiene más poder que el presidente. Se supone que tras este panorama, ojalá irrepetible en la vida política argentina, los legisladores revisarán la necesidad de realizar primarias obligatorias, un sinsentido que no hace más que complicar la vida democrática del país. Lo mismo, en la provincia, el largo lapso de seis meses que media entre la elección del gobernador y su asunción.

En un país que funciona con enormes dificultades, los medios amplificaron esta semana declaraciones de Juan Grabois, un dirigente social imprudente en formular teorías o postulados políticos fuera de contexto que no hacen más que echar leña al fuego. El peronismo, pese a su mística del combate al capital, nunca se apartó de la economía de mercado. “No me jodan, conmigo había capitalismo”, dijo hace un tiempo Cristina Kirchner para denostar las política económica de Cambiemos. Por eso, levantar la bandera de una reforma agraria aunque haya sido a título personal, sonó pueril y a fuego de artificio. Sobre todo cuando desde el kirchnerismo se les ha puesto bozal a personajes como Luis D’Elía y otros para no espantar votos.

También lo ha hecho Cambiemos, salvo con la ingobernable Elisa Carrió, y mandó a callar a varios personajes difíciles de presentar. Incluso la vicepresidenta Gabriela Michetti ha desaparecido de la escena política. ¿Dónde está?

La Argentina es tan complicada que hay cosas preocupantes que pasan desapercibidas. En las Paso, uno de las diez fórmulas presidenciales llevaba como candidato a un personaje con pasado neonazi pero ahora camuflado de democrático. Alejandro Biondini, con el Frente Patriota, obtuvo nada menos que 58.944 votos a nivel nacional, un 0,2 por ciento de los votos afirmativos, porcentaje que le impedirá participar en las elecciones del 27 de octubre. Sin embargo, los casi 60 mil argentinos que ven en la ultraderecha la solución de todas las desgracias no es un dato menor. Las dictaduras europeas de la década del 20 y 30 comenzaron con menor cantidad de adherentes y la caótica situación sociopolítica de la época las ayudaron a llegar al poder.

No hay que ir muy lejos para advertir cómo el avance del neofascismo ya está instalado en estas latitudes. Jair Bolsonaro, en Brasil, encaja perfectamente con ese cuadro repulsivo que a lo largo de la historia parece volver décadas después. Además de xenófobo, racista y misógino impulsa políticas neoliberales que incluso han sido descartadas en Estados Unidos por su aliado estratégico Donald Trump. La provocación de Bolsonaro llega al extremo de burlarse, junto a uno de sus ministros, de la esposa del presidente francés Emmanuele Macron. Algo pocas veces visto en las relaciones internacionales. ¿Cuánto tardará que se popularice en la Argentina un discurso de extrema derecha? La reiteración de las crisis económicas son favorecedoras para la búsqueda de esas soluciones totalitarias.

Mientras el fin de año parece políticamente lejano, la incertidumbre agrega una cuota adicional al malestar de millones de argentinos que no tienen dólares que retirar de los bancos. Incertidumbre, no por la marcha de los mercados, sino por la mera subsistencia diaria en un marco de pobreza y marginalidad que avanza sin pausa, con altas y bajas, a partir de la década del 70 del siglo pasado. Esa es la peor de las deudas, de carácter social, y que nadie ha encontrado hasta ahora la manera de resolver.

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