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Un partido que puede terminar mejor

Basados en estadísticas del Ministerio de Salud de nuestro país, uno de cada diez argentinos muere súbitamente.

Domingo 29 de Julio de 2018

Basados en estadísticas del Ministerio de Salud de nuestro país, uno de cada diez argentinos muere súbitamente. Cada año unas 40.000 personas sufren una muerte súbita extrahospitalaria y sólo el 5 por ciento llega con vida a un hospital. Nada más y nada menos que unas 100 muertes por día, 4.5 por hora y una cada 15 minutos. La difusión de los casos de muerte súbita que se producen en una comunidad, sobre todo aquellos relacionados con la práctica deportiva, o los que dan cuenta de la muerte de algún sujeto joven o por alguna razón conocido por la gente, golpea con inusitada fuerza y genera la sensación de que algo debe hacerse para evitarlo.

La muerte súbita (MS) ocurre dentro de la primera hora de comenzados los síntomas, puede suceder cuando una persona muere por una enfermedad, por una herida o injuria, por un paro respiratorio, electrocución, asfixia por inmersión o por otras causas. Sin embargo, lo que impacta es que también puede ocurrir la muerte, abrupta e inesperada, no mediando aquellas causas. En ese caso recibe el nombre de muerte súbita cardíaca. Esta forma de morir se encuentra frecuentemente asociada a enfermedad de las arterias coronarias, miocardiopatías, trastornos eléctricos del sistema de conducción y otras condiciones, muchas de las cuales son de difícil diagnóstico previo ya que muchas de ellas se presentan a cualquier edad, con pocas o ninguna manifestación previa que sirva de alerta o aviso y que por lo tanto permita evitar el desenlace.

Los chequeos cardiovasculares previos a la realización de actividades físicas son el principal bastión protector que detecta casos de enfermedades preexistentes peligrosas como miocardiopatía hipertrófica en los jóvenes, enfermedad coronaria silente en los adultos y muchas otras entidades menos frecuentes pero no menos riesgosas, que pueden encontrarse generalmente implementando pruebas cardiovasculares realmente muy útiles y que permiten detectar a un grupo de sujetos particularmente predispuestos a sufrir eventos durante la práctica deportiva. La dificultad estriba en que estos chequeos en algunas ocasiones no detectan algunas enfermedades, que las mismas están en el momento del examen en un nivel de desarrollo alejado de una potencial complicación seria que pueda ser detectada (una enfermedad coronaria leve, una enfermedad valvular de grado aún no severo, una miocardiopatía o una afectación viral aguda del miocardio que aún no ocurrió), circunstancias que nos obligan a los cardiólogos a preparar el terreno para actuar en el caso de que a pesar de nuestros esfuerzos preventivos la muerte súbita cardíaca igual se presente. En su forma de presentación más típica afecta a un individuo alrededor de la quinta década de la vida, portador de una enfermedad coronaria que pudo o no ser sintomática previamente, que sufre lo que se conoce como un accidente de placa en una lesión coronaria previa, no necesariamente severa cuya complicación ocurre en el momento en que desarrolla una práctica deportiva (a veces estresante, en un día frío), realizada por un jugador (quizá falto de estado físico, que corre luego de un asado consumido con vino, cuando entra a la cancha luego de apagar el último cigarrillo) y sufre una obstrucción coronaria completa, seguida de la inmediata aparición de un trastorno en la generación y transmisión del latido cardíaco bajo la forma de una taquicardia ventricular o una fibrilación ventricular, ritmos que resultan inefectivos para mantener la circulación de la sangre. El paciente afectado por esta condición colapsa en la inmediatez, no responde a los estímulos, interrumpe la respiración y los movimientos y fallece en minutos si no recibe auxilio inmediato, ya que en tan sólo 3 a 6 minutos desde que se interrumpe la circulación se producen daños irreversibles en todos los tejidos, sobre todo sobre el sistema nervioso, enormemente dependiente de la oxigenación constante. Esto implica que si no se comienzan en la inmediatez medidas para restablecer el aporte de sangre oxigenada a órganos tan vitales como el cerebro, la muerte se da casi indefectiblemente en ese lapso. Por cada minuto que transcurre desde el colapso, el paciente pierde un 10 por ciento de posibilidades de supervivencia si no recibe inmediatamente compresiones torácicas que triplican esas posibilidades. La diferencia la marca, en esos casos, la simple presencia de un testigo que sabe qué hacer, que se ha capacitado en RCP básica y que luego de llamar a un servicio de emergencias, inicia las maniobras de Reanimación Cardiopulmonar (RCP), pide que le acerquen urgente el desfibrilador externo automático (DEA), instalado previamente en un lugar cercano por el personal de higiene y seguridad y apenas puede descarga un choque de corriente continua (maniobra fácil de realizar con una mínima formación en RCP) que devuelve el ritmo normal al corazón, revirtiendo una arritmia mortal, dando tiempo así a los sistemas de emergencias para llegar al lugar para trasladar a la víctima, ahora reanimada, a un centro cardiovascular de complejidad donde se pueda permeabilizar la coronaria ocluida y completar el restablecimiento. Si como en el caso anterior, el hecho ocurre en sitios donde un DEA se encuentra disponible, ese rescatador capacitado, un compañero de equipo, árbitro, juez de línea, director técnico, preparador físico podrá implementar la desfibrilación con amplio porcentaje de seguridad y efectividad, ya que los DEAs han sido diseñados con tecnología que garantizan esa seguridad y efectividad en su uso, aun sin experiencia previa. Luego de recibir un entrenamiento mínimo o aun sin entrenar, siguiendo las instrucciones paso a paso que el aparato mismo va dando, el usuario podrá aplicar el choque eléctrico que salvará la vida de la víctima.

"Si el hecho ocurre en sitios donde hay un desfibrilador externo automático, y alguien capacitado para usarlo, el choque eléctrico podrá salvar una vida"

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