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Por una vejez activa y deseosa

Los centros de jubilados de la ciudad se transformaron en los últimos años en espacios fundamentales para la socialización e integración de los adultos y adultas mayores. Qué ofrecen. La necesidad de repensar el paso del tiempo.

Domingo 15 de Julio de 2018

La vejez sigue siendo un tema tabú porque implica mirarse en el espejo del tiempo y aceptar que la vida llega, inevitablemente, a un final. En un mundo que bombardea continuamente con cánones de juventud eterna y éxito, todo aquello que no cuadre en ese parámetro es excluido.

Hace años, profesionales de todas las ramas vienen abordando la temática y aportando miradas enriquecedoras. Sin embargo, el desafío de este tiempo es cambiar paradigmas y ofrecer soluciones concretas a algo que ya existe: una población adulta mayor con ganas de vivir, disfrutar su tiempo presente y sentirse útil.

En nuestro país, los centros de jubilados salieron a responder a esa demanda, cada vez más potente y extendida, con múltiples actividades y servicios. Dejaron de ser en su mayoría lugares donde ver trascurrir el tiempo y se convirtieron en entes activos de participación ciudadana.

Es que la vejez ya no es vivida como un declive sino que se convirtió en un ascenso donde capitalizar experiencias y nutrir el calendario. Jane Fonda, actriz referente de la tercera edad, dijo en una conferencia reciente que una de las revoluciones del último siglo es la de la longevidad ya que estamos viviendo un promedio de 34 años más que nuestros bisabuelos. Sin embargo, aclara, que la sociedad no llegó todavía a un acuerdo acerca del impacto que esto significa.

Lo que Fonda propone es darle un nuevo sentido a ese tiempo a través de una revisión de vida. A esta acción la llama "tercer acto", algo como volver al pasado a través del análisis, tratar de mejorar ese vínculo y todo aquello que dolió, para disfrutar de un mejor presente.

"Si podemos volver atrás, redefinirnos y llegar a ser lo que realmente somos, esto va a crear un cambio cultural en el mundo, y se dará un ejemplo para las generaciones más jóvenes para que puedan repensar su propia vida", afirmó la actriz de Grace and Frankie.

Emprender el viaje

Cuando se aplica el concepto de "dar alas", generalmente se piensa en un hijo o alguien que está en la primera etapa de su vida pero ¿qué tal si se aplicara en la vejez?

No tan alejado de esta idea está el centro de jubilados "Alas para Vivir", que comprende que cada instancia de aprendizaje necesita ese envión y apoyo para poder dar el salto de fe.

Este espacio se encuentra en la zona oeste de Rosario, Cochabamba 6673, y brinda, de forma gratuita a los afiliados de Pami, talleres y servicios que sirven de contención a los adultos y adultas mayores que allí se acercan.

Las actividades incluyen yoga, tejido, manualidades, tango, memoria, gimnasia, masajes, enfermería, pedicuría, baile de salón, literatura y teatro. Cada año se renuevan las propuestas para ofrecer más y mejores opciones.

Este lugar es uno de los tantos espacios con los que cuenta la ciudad en todos sus barrios. A través de subsidios, que se renuevan año a año a partir de las propuestas recibidas, Pami respalda el funcionamiento de los centros de jubilados aunque los mismos son de gestión autónoma, es decir, no dependen de la obra social.

Fuerza de voluntad

Marta pone el despertador bien temprano para llegar a horario al Taller de la Memoria. Ella no es del barrio, está a 20 cuadras, pero no quiere perderse ni un solo día de encuentro. Aunque haga frío o el cuerpo no siempre acompañe, espera el colectivo o le pide a su marido que la alcance en auto. Conoció el centro de jubilados a través de una amiga, Alicia, que viajaba por todos lados gracias al servicio de turismo con el que cuenta "Alas de Vivir" y eso despertó su curiosidad.

Si bien Alicia ahora no puede ir por un tema de salud, Marta sigue la posta porque sabe que eso le hace bien, la impulsa y motiva. "Los hijos se fueron, se independizaron y una queda sola. No sé si me va a servir el taller pero si estoy segura de que pasamos un buen momento".

Norma asiste puntualmente a las clases de gimnasia. Enviudó hace más de un año y decidió hacer algo por ella misma: "Mi esposo era no vidente y yo vivía para él, pero ahora estoy sola y tengo que empezar a vivir yo". Además contó que se siente muy acompañada por el grupo.

"Hay que mover el esqueleto porque la vida sedentaria y en soledad es horrible. Trato de estar activa, buscar grupos y cuando se presenta un viaje, me prendo. Yo me enganché en los tours a Colón, Paysandú, Victoria. La pasamos re bien", relata Norma.

Haydée tiene 70 años y una amiga le aconsejó que conozca "Alas de Vivir". Perdió una hija hace 8 años y decidió levantarse de esa experiencia dolorosa.

"Estaba deprimida pero venir al centro de jubilados me ayudó. Con mi amiga viajamos. Ella me alienta. Cuando falta, yo también me quedo en casa", explica.

Volver, con experiencia

La escena es idéntica. Hay bullicio, sale una profesora y entra otra. La mesa está llena de útiles escolares, y de repente, se pierde noción de quien es propietario de la goma de borrar, la regla o el lápiz que quedó boyando en un vórtice de la mesa.

Hay olor a hojas de cuaderno nuevo y se palpan ansiedades de primer día de clases.

Casi todos los que asisten tienen más de 60 años, sin embargo, la actitud, energía y disposición es la misma o mejor que la de cualquier adolescente. "Hacemos renegar a la profesora pero a mí me hace bien venir", se excusa María de 82 años.

Cuestión de género

Casi un 80 por ciento de las personas que asisten al centro de jubilados son mujeres. En el único taller donde "sobran hombres", según los directivos, es en el de tango.

Las chicas copan todos los espacios, se acompañan y ayudan mutuamente.

"Los hombres se asustan", dice Alicia, de 88 años, que parece que durmiera en formol por su aspecto lozano y su cara desprovista de arrugas. El único corajudo es Ignacio, que ceba mates y escucha muy atento las conversaciones de cada clase.

Lila va cuatro veces por semana. Hace yoga y gimnasia, viaja, va a la pedicura y se toma la presión en el servicio de enfermería: "Me encanta venir. Encontré un lugar. El centro y las chicas son divinos. Me siento recontracontenida". Angelita dice que el psiquiatra le recomendó que haga actividades, que esté con gente que no sea de la familia: "Desde que vengo acá estoy mucho mejor. Antes me la pasaba llorando".

Las mujeres también desafían mandatos y aseguran que ya no quieren cuidar nietos como una obligación, que ahora es "su momento" y que ya se ocuparon de lo que debían.

Otra de las alumnas pregunta indiscreta: ¿Ninguna tiene novio? Se escucha un solo sonido de exclamación y risas por lo bajo. Las miradas apuntan a Norma pero ella responde: "De los que arrastraran el ala hay varios, pero a esta altura hay que ver bien". Y Sara dice que el médico le recomendó sí o sí hacer actividad física, por eso se anotó. Otro punto a favor es la cercanía ya que es del barrio.

Activar la mente

El taller de la Memoria tiene una hora de duración pero si de algo se olvidan es del tiempo, que trascurre lento entre risas y anécdotas al máximo volumen.

Ivana es quien coordina el grupo e indica las tareas de la jornada. Con mucho amor, da paso a la primera actividad: mirar una foto y luego contestar verdadero o falso.

Esa premisa dispara un sinfín de cruces. Qué si el paisaje era verde o árido, que si había más chicas que chicos, que las preguntas eran capciosas, que tengo todo mal o me salió todo bien.

El intercambio es espontáneo, aunque alguna mire las respuestas de la compañera de reojo.

Finalizada la verborragia, dan paso a la segunda consigna: establecer la hora que indica un reloj analógico y uno digital. Las alumnas no sólo están concentradas en cumplir sino que también despliegan su kit de manualidades para pegar las fotocopias y tener los cuadernos prolijos. "Tengo 86 años y hay cosas que no las recuerdo, hablo con muchas personas y a veces me cuesta memorizar", cuenta María que también resalta la compañía agradable del grupo.

"La gente joven no nos tiene tanta paciencia, en cambio acá, la profe que nos orienta y ayuda. A mí me hace mucho bien. El grupo es hermoso. Ya tengo 72 años y quiero seguir siendo un poco joven a través de mantener la mente activa", cuenta Cristina.

Alicia dice encantada que ve todos los programas de preguntas y respuestas, que le apasionan los crucigramas y sopa de letras, por este motivo, opta por este tipo de taller.

El minuto a minuto se disfruta con todos los sentidos. El éxtasis es tal que el horario es una mera formalidad.

Angelita sale de la clase de gimnasia, se cruza con las compañeras de Memoria, pero antes de irse recuerda: "Hay un dicho que profesa que nos hacemos viejos, no por la edad, sino porque ya no jugamos".

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