El pasado nazi de Alemania no es un tema que parezca agradarles especialmente a los locales, pero puede suceder que en una cena cuando escuchen que el interlocutor es argentino nombren a Hans-Ulrich Rudel. "Es pariente político mío", se menciona con cierta vergüenza. Rudel fue uno de los pilotos más famosos del Tercer Reich porque derribó cientos de aviones y tanques aliados y fue condecorado con una orden especial que fue creada para él; sobrevivió a la caída del régimen, escapó a Sudamérica y aconsejó tanto a Perón como a Pinochet y Stroessner.
La escena —entre numerosas otras— transcurrió durante una de las ocho jornadas que duró el Foro de Laureados Heidelberg (HLF), que reunió a fines de septiembre en esta ciudad del sudoeste alemán a premiados en matemática (galardones comparables con el Nobel: Turing, Abel, la medalla Fields) con unos doscientos jóvenes investigadores de todo el mundo, incluyendo diez argentinos (ver recuadro). El espíritu del HLF es precisamente esa interacción de muchas horas todos los días en encuentros tanto formales como informales; los más jóvenes derrochan entusiasmo por el modo en que los mejores los oyen y les dan consejos y debaten temas técnicos. No en vano la de Heidelberg es la primera universidad de este país y una de las primeras de Europa, fundada en el siglo XIV, tiene once premios Nobel. Y mantiene una atmósfera de distinguida antigüedad: pasó la Segunda Guerra Mundial e insólitamente no hubo bombardeos por esta zona.
En el HLF puede pasar que distraídamente uno se siente en una mesa y quede enfrente de Jeff Dean, uno de los líderes en inteligencia artificial y asuntos conexos de Google, y que explique cómo es que funciona el aprendizaje profundo que utilizan en la empresa para hacer andar desde el traductor automático on line (que cada vez resulta más preciso) o los coches que se conducen solos (que pronto estarán a disposición: ya llevan 4,5 millones de kilómetros de pruebas). Las máquinas ahora no son programadas para hacer una tarea, sino que son programadas para aprender y corregirse a sí mismas sus errores. Aprenden de la experiencia, como hacen los bebés humanos. Eso es nuevo. En concreto, por ejemplo, "el traductor no usa gramática alguna sino que usa capas de sentido para aprender a traducir; desde luego, tampoco traduce palabra por palabra, de hecho ni siquiera sabe lo que es una palabra", dice Dean, que tuvo unos padres un poco hippies y se pasó buena parte de su vida yendo de un lugar a otro, lo que incluyó diferentes países africanos y los estados más conservadores de Estados Unidos, como Arkansas.
Puede pasar que al otro día haya una charla con el premio Nobel de Química Aaron Ciechanover sobre "La revolución de la medicina personalizada: ¿vamos a curar todas las enfermedades y a qué precio?". El experto nacido en Haifa (Israel) explica que con el poder computacional actual el acercamiento a las enfermedades es más preciso. "La medicina pronto será personalizada, predictiva, preventiva y participativa. El médico está dejando de ser un decisor para ser un consejero, un educador", dijo.
Al rato, en el subsuelo, el carismático Vinton Cerf, el creador del protocolo gracias al cual usamos internet y que ahora se propone llevar el sistema a Marte, alerta sobre la llamada Internet de las Cosas, que conecta todos los electrodomésticos a la red. "Es algo peligroso y difícil. La heladera puede tener mucho control sobre tu vida. La idea de que las cosas sepan más que nosotros tiene sentido, aunque es verdad que lo de la heladera puede ser demasiado", menciona.
También puede pasar que tengas que salir rápido de otra conferencia de prensa, la del multipremiado Michael Atiyah, para entrevistar al italiano Piergiorgio Odifreddi que habla de las relaciones entre la matemática y el arte. De las matemáticas más ocultas en Salvador Dalí a las más nítidas de Jorge Luis Borges; de Monet a Jackson Pollock pasando por Kandinsky, entre decenas de ejemplos.
O que de repente te encuentres en un barco por el río Neckar en charla con la investigadora Marwa Mahmoud, que estudió en Egipto, su país natal, y hace varios años que desarrolla su carrera en Cambridge. No extraña mucho de su país; un poco la comida, reconoce. Trabaja en el departamento de computación científica de la prestigiosa universidad británica. "No tengo miedo a las consecuencias de que los robots aprendan o se rebelen porque conozco las limitaciones de la Inteligencia Artificial desde adentro", dice Mahmoud. "Fijate que todavía apenas se sabe el 10% de cómo funciona el mismo cerebro. O el tema del ADN, que tiene grandes proporciones del llamado ADN basura", dice. "Falta mucho", se relaja. Un poco más allá, el criptógrafo Martin Hellman no habla de criptografía sino del libro que le salvó la vida, coescrito con su esposa Dorothie con el propósito de eliminar la guerra mejorando a cada persona. Un nuevo mapa para las relaciones, se llama (www.anewmap.com).
O que al otro día haya una conferencia de Manuel Blum, científico del área computacional (premio Turing 1995), que nació en Venezuela y aún guarda algo del idioma español, respecto de si "Una máquina puede ser consciente". La respuesta es que sí, que se va a lograr pronto, que las máquinas van a sentir, como sienten los animales, pese a que todavía no está claro qué significa la conciencia. "Que la máquina sienta dolor, como siente una persona, no estamos tan lejos, quizás diez años", dice luego en entrevista personal. "Van a cambiar algunas cosas, pero será para mejor; este mundo que veo es mejor que el que tuvieron mis padres, y ellos mejor que en la Edad Media", remata. ¿Robot que siente va a tener derechos legales? Por supuesto, claro. ¿Y si el robot que siente se descarría? Leyes, lo mismo que para los psicópatas humanos.































