La Región

Pobre de plata, rico de afectos, pidió un libro y le llovió la solidaridad

Envió una carta de lectores a La Capital sin imaginar que lloverían ejemplares. Hoy cuenta su vida y habla de su amor por la lectura

Domingo 04 de Marzo de 2018

José Colomer tiene 92 años y generó —sin quererlo— una gran repercusión entre los lectores de La Capital simplemente por una breve carta que publicó en este diario titulada "Nací pobre, viví pobre y moriré pobre", donde solicitaba que le prestaran un libro para leer porque no podía comprarlo.

En realidad José, quien es viudo y no tiene hijos, no es pobre, es rico en afectos de sus sobrinos y de los vecinos. Y, tras la carta publicada en este diario, también es rico en solidaridad de varias decenas de desconocidos que leyeron su pedido y a través de mails, llamados y WhatsApps le ofrecieron el texto que solicitaba y la desinteresada ayuda.

Después del impacto que generó su carta, José aceptó recibir a este diario en su casa de Granadero Baigorria. Cuando el cronista llegó, el hombre estaba barriendo la vereda y hablando con dos vecinas. Conversó con La Capital en un amplio patio debajo de un parral aún con uvas, cerca de un parrillero y una fuente que él hizo cuando ya tenía más de 70 años. Allí contó parte de su vida, anécdotas, vivencias que lo tuvieron como protagonista, como la fundación del barrio Correo, donde en 1950 había "hormigueros y quintas" y donde se fue a residir

Vivió de chico en puerto Gaboto y tuvo que dejar la escuela en segundo grado cuando la maestra le pidió que llevaran 10 centavos para comprar un libro. La mamá, arrollando su delantal y llorando, le dijo: "Ay hijo mío, no tenemos plata, somos pobres". Ya vendrían años de lectura.

A los diez años comenzó a realizar tareas como pastor de animales: "En una chacra de Gaboto cuidaba que las vacas y chanchos no se cruzaran a los campos sembrados de lino y trigo, y además les daba agua. Me pagaban 50 centavos y la comida todo el día. Recién reinicié mi formación a los 18 años, cuando en un solo año, gracias a un director de escuela y a un cura, recibí la instrucción equivalente a la de segundo a sexto grado", rememoró.

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El porqué

Lee La Capital desde hace añares, y lo hace "desde el principio hasta los muertos". Se sorprendió por la repercusión de una simple carta. "No sé por qué tanto barullo, sólo pedí un libro porque me lo recomendó un amigo y no puedo comprarlo porque vale 469 pesos. Tengo la oreja aturdida de tantos llamados de gente que me ofreció regalarme el libro «Renegado y profeta», sobre Martín Lutero. No puedo comprender cuál fue el motivo disparador de tanta solidaridad, quiero entenderlo. Muchos me retan y me dicen que no soy pobre, que soy rico de afectos".

Desde el domingo pasado, La Capital recibió muchísimos mails, llamados telefónicos a Carta de los Lectores y WhatsApps donde ofrecían acercar el ejemplar. Todos en forma desinteresada. Como Graciela —no quiso dar su apellido— quien dejó un libro para que se lo acercaran al hombre pese a que se le aclaró que ya lo había conseguido. También en forma anónima se contactaron con este diario Eduardo, Felisa, Jorge, Evelin, José María, Eleonora, Ricardo y tantos más, que quisieron dejar el texto y se interesaron por el caso. Ninguno brindó su apellido. Incluso, una lectora, Felisa, contó que ella de joven recibió una inesperada ayuda y desde entonces siempre se dispuso a devolver esas manos solidarias.

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Longevos

Reseñando sus 92 años, José comentó que su padre —que tenía un vivero y un viñedo en la zona— falleció tres días antes de cumplir 100 años, y su madre, a los 86. El fue mellizo de su hermano, que murió a pocos meses de nacer, y también tuvo un hermano que hace unos años también perdió la vida. Actualmente vive en su propia casa acompañado por una de sus sobrinas, que es oculista —la otra vive en Maciel— y por un tercer sobrino, quienes lo cuidan y ayudan.

Tras hacer el servicio militar, trabajó en quintas y jardines, y en una arrocera en Rincón Grondona cerca de Oliveros, donde en una especie de trineo tirado por burros o mulas regaba parcelas. Por años fue telegrafista en el Correo Central en Buenos Aires, viajó en vagones postales desde La Quiaca en Jujuy hasta Rosario, y recorrió por su labor La Pampa y el sur y el oeste nacional. Además, "desde Gaboto venía frecuentemente en tren a la estación La Francesa, de Cafferata y Córdoba, donde hoy es la Terminal de Omnibus de Rosario".

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Primeros libros

"Siempre leo con el diccionario al lado, es una forma más de aprender. Por suerte, no necesito lentes, me operaron de cataratas y veo bárbaro. Un libro que recuerdo de los primeros que leí era prohibido entonces, «Memorias de una princesa rusa». Otra novela, «La dama de las Camelias», me la regaló una noviecita de joven. Todavía lo guardo. En esa época las chicas se «me pegaban», humildemente tenía ofertas para cubrir los días de la semana", dijo José, que muy respetuosamente habló de sus recuerdos y que supo formar pareja con una mujer que falleció hace años. El hombre es alto, de ojos celestes, delgado y seguramente su aspecto y formación autodidacta en la "escuela de la vida" —como él dice— le habrá ayudado a relacionarse.

En su niñez, José —que vio cómo pavimentaban la ruta 11 desde Santa Fe a Rosario, que era de tierra y por donde transitaban tractores a vapor que iban a trillar— leía los diarios que compraba su papá. "Ya un poco más grande recuerdo los famosos suplementos de historietas y aventuras del diario «Crítica» y tantas novelas que me deleitaron, aparte de La Capital".

También reflexiona sobre la actualidad de la comunicación. "El mundo tiene cada vez menos contacto verbal", dice en referencia al avance de la tecnología, el no mirarse a los ojos ni hablar cara a cara.

En su vida, José hizo cosas originales, como ser voluntario del submarino Santa Fe, recorrer las islas del Paraná a pulmón e interesarse en la pesca y los comportamientos de los isleños. Aprendió fotografía, que utilizó en sus viajes por las islas. Tuvo oportunidad de viajar a España hace 11 años, por un beneficioso programa ibérico llamado "Volver", y conocer a sus parientes.

Hoy, abrumado y confundido por la realidad ante la espera de volver a cobrar su jubilación y por sus trabajosa vida, José es pobre pero muy rico en afectos y vivencias. Y con sus 92 años, puede decir "Confieso que he vivido", hablando de libros...


Un "error" que lo dejó sin jubilación

Pese a tener 92 años, José se encuentra en buenas condiciones físicas y se cuida tomando pastillas para controlar la presión. Muy lúcido y memorioso, cuenta que siempre le gustó leer, pero que las necesidades económicas se acrecentaron hace unos meses cuando por un error en el sistema de Ansés se le suspendió su cobro jubilatorio. Después de trámites, de subir y bajar Sarmiento y Rioja, parece que, luego de seis meses sin cobrar, en unos 40 días volverá a tener la jubilación. "¿Qué pasa en la Argentina, por qué no hay una oficina, que puede ser integrada por empleados jubilados lúcidos —que entiendan el padecer de los ancianos— y envíen a domicilio los haberes de los pasivos, como en otras partes del mundo, sin tanto trámite?", se pregunta, a modo de reflexión.

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