Pandemia

"Si la norma se incumple y no pasa nada, se relativiza la gravedad de lo que está pasando"

María Florencia Harraca, psicoanalista e investigadora de la UNR, afirma que el miedo no funciona, pero que pensar "no pasa nada" es muy peligroso. ¿El gran desafío? Tolerar la espera y actuar con conciencia colectiva. 

Lunes 26 de Octubre de 2020

Para que este momento crítico a causa de la pandemia de Covid-19 pueda ser superado como sociedad se requiere de un tiempo y de una espera que no tienen que ver con lo inmediatez ni con el individualismo, "sin dudas dos rasgos muy lamentables de la subjetividad de nuestra época". El concepto es de María Florencia Harraca, psicoanalista, investigadora de la UNR, docente de Laboratorio de Escritura y Pensamiento en dicha universidad, y de Historia de la Psicología en el IUNIR. La profesional es la autora de un ensayo que fue seleccionado por la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA) para ser presentado el mes que viene en el Congreso Internacional que organiza esa casa de estudios, y en el que indaga sobre algunos de los efectos del confinamiento en la subjetividad de la época. En una charla con La Capital planteó su mirada sobre "la rebeldía" de algunas personas frente a las normas establecidas para mitigar el impacto del coronavirus, la necesidad de tomar conciencia de la crisis que atravesamos, cómo dejar de actuar desde una perspectiva individualista y los múltiples impactos de la pandemia en la vida cotidiana.

—Llevamos siete meses de pandemia. Aislamiento, distanciamiento, restricciones. ¿Cómo impactan en las personas, al menos las respuestas anímicas más comunes, estos movimientos tan poco usuales para los humanos?

—Vivir en estado de confinamiento nos confronta con determinados límites a nuestras condiciones habituales de existencia y nos impone un proceso de ruptura en cierto orden significante de nuestra vida. Las cosas más simples, como compartir un mate, ahora se encuentran en estado de interrupción. Un aspecto del confinamiento que impacta fuertemente en nuestra vida anímica es lo que llamo la suspensión de la vida entre cuerpos. Nuestra vida habitual está hecha de dispositivos presenciales que implican la presencia del cuerpo del otro. La escuela, la facultad, las actividades deportivas y recreativas, el consultorio, las reuniones afectivas, asistir al trabajo, son todos espacios que nos recuerdan que la vida transcurre y sucede entre cuerpos, entre otros. Las personas necesitamos del contacto del cuerpo del otro: por ejemplo, lo primero que se hace con un recién nacido es arroparlo y ponerlo sobre el pecho de su madre o de quien se encuentre allí para cumplir esa función. Esto no es una casualidad. Abrazarnos, acariciarnos, tomarnos de la mano (y no me refiero únicamente al trato que se le podría dar a una pareja), y todas las demostraciones afectivas en sus variantes, constituyen algo tan necesario y vital para el ser humano como lo es respirar.

Hay que aclarar que el confinamiento implica tantas formas de ser transitado subjetivamente como personas haya. Hay quienes hace siete meses que están transitando esto en la más dura y estricta soledad. Más allá de las particularidades, vivir en estado de aislamiento durante tanto tiempo puede angustiarnos profundamente, generarnos sentimientos de tristeza, apatía, abandono, incertidumbre, enojo, rebeldía, impotencia...

—El enojo es una de las expresiones más notorias, que se profundizó y extendió a distintos sectores y edades de la población en los últimos meses y más en las últimas semanas. ¿Es posible moderar ese enojo, apelar a la calma?

—Estamos atravesando un momento inusual que además de enojo puede llegar a inspirar impotencia e incertidumbre, por la indefinición de hasta cuando viviremos en estado de confinamiento y porque las personas no pueden hacer nada para que eso cambie y dependen de las decisiones de otro, en este caso del Estado. Situaciones como éstas, en donde el sujeto se encuentra a merced del otro, pueden generar enojo y, como dije antes, otra respuesta puede ser la angustia. No saber cuándo nuestra vida podrá volver a ser la de antes ( mucha gente habla de la pérdida de libertad) nos genera muchísima incertidumbre. En términos freudianos podemos llamarlo malestar. Creo que hay un malestar generalizado, un cansancio en la gente y se van generando nuevos malestares a partir de la pandemia. Noto que mucha gente se ha volcado a las terapias, en todas sus variantes, para que algo de ese malestar pueda empezar a hablar. En este sentido, no puedo dejar de pensar a la calma en relación a la posibilidad que cada cual encuentre el modo de nombrar o decir algo acerca de su malestar.Creo que más que nunca las personas necesitan contar con una práctica de escucha y con un espacio abierto a la singularidad y a la verdad de cada caso, ya que no todos atraviesan este complejo momento del mismo modo.

—Se ve algo así como un efecto cascada: si el otro incumple las normas establecidas, ¿entonces por qué yo no? ¿Es un pensamiento habitual, qué riesgos tiene?

—Puede haber un efecto que llamo especular, en términos de espejo, de hacer lo que el otro hace y dejarse influenciar por ello. Por supuesto no es generalizable, ya que no todos se las arreglan de la misma manera ante las normativas y ante los limitantes que se impusieron a nuestra vida a partir del confinamiento. Por ejemplo, hay jóvenes adolescentes que visitan semanalmente a sus abuelos y eso ya es una estricta razón para no ver a sus amigos y amigas. Sólo ven a sus abuelos. Pero insisto, es según cada caso. Sí es cierto que si se incumplen las normativas y no pasa nada, como diría quien las incumple alegremente, la tendencia es alivianar y relativizar una situación tan grave y compleja como la que estamos atravesando, lo cual es muy serio e inquietante.

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—¿Qué les dirías a las personas que piensan "ya fue todo, me da todo lo mismo, si me enfermo mejor porque lo paso y listo"?

—Probablemente esto pueda darse en personas que no estén comprendidas en los llamados grupos de riesgo. Sabemos que quien se encuentra en condiciones desfavorables como una mujer embarazada o un mayor de 60 años difícilmente tome una postura semejante. Sí se ha observado una fuerte resistencia de muchos sujetos a quedarse en casa, los llamados grupos anticuarentena (en algunos casos de extrema necesidad parece justificado que continúen con sus actividades laborales para el sostén económico). En otros casos, la rebeldía, la negación, el no tolerar estar encerrado y querer seguir socializando, llevó a muchos ciudadanos a hacer como si nada pasara. Pero lo cierto es que para que esto pase, es decir para que sea superado como sociedad, se requiere de un tiempo y de una espera que no tienen que ver con lo inmediatez ni con el individualismo. Sin dudas, dos rasgos muy lamentables de la subjetividad de nuestra época. El que piensa así quizás solo lo vea desde una perspectiva individualista, en términos de que una vez superado el virus en primera persona ya está. Algo engañoso, ¿verdad?, ya que toda la población mundial se encuentra padeciendo las consecuencias de la pandemia en todo sentido. En definitiva, no alcanza para zanjar la cuestión la perspectiva en primera persona.

—¿Y los que niegan o los que aseguran que todo es un invento y que el coronavirus no existe?

—Pienso que cada uno hace lo que puede y responde como puede ante un acontecimiento de la magnitud como una pandemia. En muchos sujetos puede aparecer la negación como respuesta e incluso me atrevo a decir cierto síntoma de hiperactividad generalizada, de estar excesivamente más ocupados o activos que antes, gesto que va totalmente a contracorriente de lo que una pandemia implica. La pandemia nos detiene, nos confronta con la finitud que nos constituye como seres hablantes y mortales que somos. Frenar, parar, esperar y detenerse a pensar: esto es algo con lo que muchos sujetos no quieren saber nada, porque de otro modo emerge la angustia como respuesta. Sujetos que en sus vertiginosos ritmos de vida creen evadir el hecho de que somos mortales. La implicación de la pandemia en este punto es insoslayable.

Los mayores contagios se dan entre los jóvenes. ¿Es posible que comprendan que deben cumplir con normas estrictas en una etapa de la vida en que es habitual sentirse invencible, cuando están descubriendo la importancia del contacto con el otro, el abrazo, el amor de pareja, el encuentro sexual, la vida en comunidad, la diversión y el apoyo entre pares?

—Claro que es posible. Como dije, por ejemplo, hay jóvenes adolescentes que visitan semanalmente a sus abuelos y eso ya es una estricta razón para no ver a sus amigos y amiga. Pero por supuesto, es según cada caso. También es cierto que hay otro sector de la juventud que piensa en el aquí y ahora y regidos por un imperativo de goce que caracteriza nuestra época: no quieren saber nada de las restricciones, ni del aislamiento. En estos casos se dificulta seriamente la posibilidad de una conciencia colectiva, dado que la perspectiva que los gobierna es estrictamente narcisista.

—¿Cómo podemos cuidar la salud mental en este contexto?

—Es vital, en este momento tan complejo que nos atraviesa como sociedad, que podamos sostener la afectividad, por supuesto sin perder de vista las restricciones epidemiológicas del caso, y del modo que sea posible, sostener y alimentar las conversaciones, los encuentros virtuales o, sin son presenciales, apoyarnos mutuamente desde la iniciativa de Drexler, y lo cito: “La paranoia y el miedo no son ni serán el modo. De esta saldremos juntos, poniendo codo con codo”.

Justamente usted trabajó como investigadora en los efectos del confinamiento en la subjetividad de la época. ¿Qué puede decir de ese análisis?

—Un aspecto que mencioné es la suspensión de la vida entre cuerpos, del cual surge otro aspecto que es lo que la hipervirtualidad. Es un fenómeno propio de la época que exacerba el uso de la virtualidad en nuestra vida cotidiana, en un contexto de posmodernidad que invita más que a la reflexión, a la impulsión, al goce y al consumo. Consumo de todo tipo de objetos sumado a los avances tecnológicos en donde nada puede esperar bajo el autoritarismo de la instantaneidad. Vivir en situación de confinamiento no le sienta bien al sujeto posmoderno que vive esclavo del imperativo de la época: "andá, gozá, consumí, comprá felicidad, no te detengas, sé productivo, sonreí, pero sobre todo... ¡sonríe para la foto que saldrá en las redes sociales!”. La tecnología muchas veces cumple el papel de un fármaco, y más aún en contexto de pandemia, ya que alimenta la ilusión de presencia continua del otro al tiempo que nos entretiene, nos evade del malestar y la angustia. Genera la sensación de que nuestra vida pudo seguir adelante del mismo modo, solo que en modo on line. Lo cierto es que esa es una de las razones que más aqueja a los sujetos que se encuentran haciendo home office o su vida on line es el plus de trabajo que ahora tienen, que antes no tenían, donde la jornada laboral se convierte prácticamente en una jornada 24 horas sin corte.

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