Rosario y sus espacios culturales venían alicaídos de la crisis de 2001 y el anuncio de la realización del Congreso Internacional de la Lengua Española para 2004 hizo que en la previa los proyectos de puesta en valor se multiplicaran. El Teatro El Círculo, que sería una de las sedes y abriría sus puertas a personalidades de todo el mundo, puso en marcha una de sus restauraciones más importantes a cargo de Cristina Lancellotti. En el equipo fueron contratados 36 pasantes de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), siete de ellos son los que desde entonces continuaron formándose y especializándose en restauración y conservación de obras y edificios y nunca se fueron de la sala, donde cada dos o tres años vuelven.
"De ese gran equipo que trabajó en 2004, algunos quedamos enganchados en restauración, nos seguimos formando y capacitando al mismo tiempo que terminábamos la carrera y fuimos conformando este grupo", explicó Pablo Valdano sobre el nacimiento de Basamento, un grupo hoy integrando además por Candela Nardelli, Alejandro Guaragna, Sergio Mateini y Georgina Bürgi.
Con funcionamiento horizontal, es la primera cooperativa de artistas que trabaja en restauración y conservación con estas características en el país y de los pocos especializados en la ciudad en la materia.
"Nos fuimos haciendo a los golpes", agrega Guaragna en referencia a la falta de espacios de formación en Rosario. Y Nardelli suma: "Algo que además te obliga a formarte en paralelo a la carrera".
Es que la especificidad del trabajo es tal que hace falta mucho más que la mano artística que ellos sí traen de su paso por Bellas Artes.
Los andamios hasta la boca del escenario tienen más de 20 metros de altura.
Sebastián Suárez Meccia
"Acá hablamos todo tiempo de combinar el arte con la ciencia", dice Mateini y señala que incluso eso aparece en la terminología que se utiliza. "Hablamos todo el tiempo de patología, tratamiento, intervención, seguimiento y tenemos que manejar elementos de la química", detalla.
Lo que dejan en claro es que no reciclan. "Reciclado es una palabra prohibida", dice Valdano y se explaya sobre los criterios con los trabajan cada vez que se suben a un andamio a más de 20 metros de altura y se pasan más de 7 horas haciendo intervenciones mínimas con pincel.
"Pensamos la conservación del objeto o de la obra con su historia, con la marca del paso del tiempo y no como nuevo, pero eso requiere además un trabajo educativo que como sociedad debemos llevar adelante", afirma.
Un lugar donde volver
Con ropa de trabajo, marcas de pintura y polvo e incluso sin sacarse del todo los arneses con los que trabajan en al altura del andamio, cuentan en la sala de reuniones de la administración del teatro el detalle de las veces que volvieron a las salas de Laprida y Mendoza tras esa primera experiencia en 2004.
Alejandro Garagna y un trabajo a pincel atravesado por la formación artística que traen de la Escuela de Bellas Artes.
"Es un lugar donde hacemos mantenimiento técnico y cada tanto nos llaman", cuenta Mateini. Volvieron y nuevamente junto a Lancellotti cuando parte del foyer sufrió desprendimientos y las pinturas fueron recuperadas, junto a un trabajo estructural que se hizo detrás de los techos.
También trabajaron en las paredes de las escaleras que llevan a los palcos, un espacio que tenía pequeñas cachaduras que fueron tratadas una a una.
"Alguno podría pensar que con repintarlo todo se soluciona, pero ciertamente esas paredes tienen su historia y el trabajo es justamente hacerlo una a una respetando el color y la historia", agregó Valdano.
La boca del escenario
En el arco del proscenio del escenario, donde ahora están trabajando, recuperan nada menos que las obras realizadas en 1904 por el italiano Giuseppe Carmignani con ayuda de Luis Levoni y que, según afirmaron las autoridades del teatro, desde entonces nunca fueron intervenidas.
"Es un trabajo increíble de luces y sombras que incluso a nosotros nos confunde por momentos", señala Valdano sobre la obra y la técnica utilizada por los artistas , ese "trompe-l'œil" (en francés trampa ante el ojo) que juega con el entorno arquitectónico, la perspectiva, el sombreado y otros efectos ópticos que hacen ver a las figuras en relieve.
Su labor comenzó con una limpieza en seco del sector a intervenir, un trabajo meticuloso teniendo en cuenta que tras más de un siglo "los pigmentos estaban en estado de polvo", explicaron. Una vez hecho eso, se fijan esos pigmentos originales y se inicia el trabajo de sellado de fisuras, completado de faltantes de estuco y homologación de pigmentos para luego hacer la consolidación final que protegerá lo hecho.
Los dorados son un capítulo aparte. Deben limpiarse con hisopos y solventes específicos para después colocarse las láminas de oro donde hay faltantes. Sin embargo, el brillo de las nuevas láminas debe homologarse con una pátina que luego, como en el resto de la obra, se consolida para protegerse.
La recomposición de los faltantes es parte del trabajo que realizan los restauradores.
Todo eso, lo hacen dejando su marca. "Lo que hacemos, el que está sentado en la platea no lo nota, pero el que venga detrás nuestro cuando ya no podamos subirnos a los andamios y tenga que trabajar allí, va a saber cuáles son los espacios en los que intervenimos", concluyeron.