"Recientes estudios sociológicos sostienen que el grado de civilización de una sociedad puede medirse en función de la cantidad y calidad de bocinazos que se oigan en sus calles", lee El Desubicado en el anverso de un paquete de galletas de arroz con el cual comparte últimamente sus tardes de angustia en una plaza, alimentando a palomas y a pobres niños piqueteros. De pronto "fiuuuuuummmm!!!", un bocinazo le destripa el moño y enciende la yugular. Ese estruendo es el medio por el cual un camionero pide a los albañiles de uno de los 9 edificios en construcción de la cuadra que le abran el obrador para descargar. Mientras tanto, a la voz de "boing, boing, booooooinng", un taxista solicita lugar a una mujer al volante que ha estacionado en una parada para poder hablar con una amiga por celular. Ese pedido se confunde con el "luaaaaaang pra-baaaaang" que un joven automovilista espeta sonoramente a un anciano que tras cometer el error de no morirse hoy salió a pasear demasiado displicentemente en su Rambler color caqui. Cada tanto un refrescante "la puta quelorremilparió" embellece el ambiente sonoro trayendo al menos algo de entendimiento entre los seres.






























