Fiama Magalí Colello es rosarina y ganó el concurso de historias de amor organizado por el blog
del
Correo Sentimental de
LaCapital.com.ar. con su relato "El Negro y la Piba" elegido por un jurado de
periodistas de La Capital que valoró haber reflejado la vida cotidiana de una pareja. Además de la
publicación, recibió una estadía para dos personas en el Hotel Ros Tower de Rosario.
Está de espaldas a mí, escucho su respiración. Ahora va a empezar a toser, esa tos áspera de
cada mañana a las siete, y me va a preguntar: "Piba, ¿estás despierta?", y se va a quedar callado,
aun de espaldas, esperando que yo le conteste: "Sí, Negro, estoy despierta". Y me va a contar que
anoche soñó con su hermano muerto y que le tiró tres números para que juegue a la quiniela, y que
esta vez sí iban a salir. Cada mañana lo mismo.
Le conté a la Piba el sueño y ya me tengo que ir a laburar. La escucho bajar las escaleras, va a
prepararme un café. Dos cucharadas de café y media de azúcar, así le gusta a mi negro. Y bien
caliente también.
Se lo toma rápido y se va, pero antes me da un beso en la mejilla. Y queda la casa vacía. ¿Qué
voy a hacer para comer?
Espero que haga milanesas a la noche, después de estar todo el día comiendo esta comida de la
oficina.
Me voy a hacer una ensalada, como estoy sola, y a la noche le voy a hacer unas milanesas. Mi
Negro. Tengo que ordenar la habitación, siempre deja su ropa tirada. ¿Qué haría sin mí?
La Piba me mira desde el escritorio. Esa foto se la saqué el mes pasado. Después de veinte años,
todavía me encanta esa cara de nena que tiene. Y esos ojos siempre me gustaron, todavía me hacen
suspirar, pero cuando deja los pelitos en el jabón del baño...Y cuando deja sus pinturas tiradas
sobre la cama...
Dos horas faltan para que vuelva, ya limpié toda la casa y quizá me ponga a organizar el álbum
de fotos. Menos mal que no hay tráfico, tengo un hambre. "Como me conocés", le digo mirando las
milanesas.
Y él se sienta y le pregunto por su día de trabajo. No lo escucho, habla y habla. Pero el Negro
me conoce y para de hablar y me dice: "¿Te pasa algo?"
"Estuve mirando nuestro álbum, mirá lo que encontré", le dije buscando en el modular una foto.
"Somos nosotros", dije sonriendo. Sí, con veinte años menos, murmuré. "¿Te acordás cuando nos
conocimos?", me preguntó el Negro. Sí, cómo olvidarlo, éramos dos pibitos.
La Piba hablaba despacio y yo comenté: "Nadie nos daba más de un año juntos y miranos".
Sí, mirame, llena de canas, le dije.
Piba, fuiste a la peluquería la semana pasada. Pero por adentro, dijo ella. Si tenés siempre la
misma cara de nena. La Piba sonrió un poco y me dijo: "Siempre igual vos".
Y me fui al baño, me puse el camisón, me perfumé y me solté el pelo. Por ahí me da risa, me
siento como una adolescente, y si el Negro se entera que volví a pensar todo el día en él como una
novia enamorada se va a matar de risa.
Mejor no le digo que la extrañé en la oficina, va a pensar que con la edad me estoy poniendo
blando. Pero cuando entro en la pieza en penumbras siento flotar el perfume de ella, y a tientas
prendo el velador y la veo acostada sobre la cama, esperándome, tal como la primera vez. Y la
vuelvo a mirar, parece de 17 años. Me mira como hacía siempre antes. Se acuesta a mi lado, y veo
que su respiración está agitada.
"Negro, ¿estás bien?" El no me habla y comienza a besarme el cuello. Tan delicada e inocente.
Tan apasionado y torpe. Parecía como si nunca lo hubiéramos hecho. Parecía como si en esta
habitación el tiempo se hubiera vuelto atrás. Te amo Piba. Yo también.
Son las siete, comienza a toser ásperamente y me pregunta: "Piba ¿estás despierta?", y con una
caricia sobre su espalda, le murmuro al oído: "Sí, Negro, estoy despierta".