Por primera vez en mucho tiempo, Rosario no fue a buscar a Lionel Messi. No hubo pedidos de fotos ni de autógrafos, gritos de euforia ni persecuciones. La muerte de su padre, Jorge Messi, conmovió a vecinos y fanáticos que decidieron acompañar el dolor del capitán argentino con distancia y respeto. Desde el sábado a la mañana, cuando trascendió la noticia, comenzó una peregrinación hacia la casa de su infancia, en el corazón del barrio La Bajada, en la zona sur, para recordarle que no está solo.
El inmueble de Estado de Israel al 400, ese que le recuerda a los rosarinos que antes de transformarse en una leyenda fue un chico de barrio que jugaba a la pelota en las calles del sur de la ciudad, fue el punto elegido para honrarlo a él y a su familia.
En el número 409, en el que todavía puede leerse el nombre de la familia Cuccittini, los abuelos maternos de Leo, se multiplicaron hora tras hora las flores, carteles y mensajes de cariño. No alcazaron las rejas de la vivienda para contener tanto amor. Las camisetas de Argentina, banderas, cartas y dibujos coparon el frente de la casa y revolucionaron al barrio, que vio pasar a gente de distintos puntos del país, y hasta del mundo, por el corazón de La Bajada.
"Vino gente de todas partes. Es inconmensurable el cariño de la gente quiere devolver", contó Alejandra, vecina de la cuadra, a La Capital. Y recordó que es muy difícil dimensionar "todo lo que significa para el mundo su vecinito".
La Bajada, el barrio donde Messi aprendió a amar el fútbol
Foto: Virginia Benedetto / La Capital
Esas calles de La Bajada fueron escenario de una infancia atravesada por el fútbol. Ahí Messi jugaba con sus amigos y desde allí su abuela lo acompañaba hasta el modesto club Abanderado Grandoli, donde Jorge dirigía el baby fútbol. Jorge no fue solamente el padre de Messi, fue el arquitecto de su legado.
El papá de Messi trabajaba entonces en la acería Acindar, en Villa Constitución, adonde viajaba todos los días desde Rosario. Era hincha fanático de Newell's y también había tenido su propia historia con el fútbol: había jugado en las divisiones inferiores del club, aunque tuvo que abandonar tempranamente ese camino.
En Grandoli empezó a tomar forma la historia de aquel chico que todavía estaba lejos de imaginar lo que vendría. Jorge fue su primer director técnico y uno de los primeros en advertir que Lionel tenía condiciones diferentes. Después llegó Newell's, donde un Leo pequeño, de pantalones cortos y pelo largo, comenzó a llamar la atención de compañeros, rivales y familias que lo veían jugar en las canchitas del predio de Zeballos y Vera Mujica.
Pero el recorrido no fue sencillo. Cuando Lionel tenía 13 años, la familia decidió dejar Rosario y viajar a Barcelona para que pudiera continuar su tratamiento y buscar una oportunidad en el fútbol europeo. Jorge acompañó a su hijo en ese proceso y sostuvo junto a la familia una apuesta que implicaba dejar atrás el barrio, los amigos y buena parte de la vida que habían construido en Rosario.
El pedido de la familia
La familia había pedido expresamente privacidad durante los meses en que Jorge atravesó problemas de salud. En junio, ante rumores y versiones sobre su estado, había reclamado públicamente “responsabilidad, prudencia y humanidad” y había solicitado preservar la intimidad de Jorge y de toda la familia.
Ese pedido se mantuvo también durante la despedida. El entorno de Messi extremó las medidas para preservar la intimidad de la familia, al punto de restringir el uso de drones en las inmediaciones del lugar donde se realizó el sepelio. La ceremonia se desarrolló de manera estrictamente privada y con un fuerte operativo de seguridad.
En paralelo, en las redes sociales hubo fuertes cuestionamientos a algunos medios y periodistas por los intentos de obtener imágenes o información sobre un momento que la familia había decidido mantener en la intimidad. Mientras algunos buscaron acercarse a la escena privada, otros rosarinos eligieron otra forma de acompañar.
Por eso, el homenaje espontáneo en la casa de la infancia adquiere otra dimensión. No se trató de ir a buscar a Messi, sino de dejarle algo para acompañarlo en el dolor. Como si los rosarinos que durante años hicieron propio el orgullo por aquel chico que llegó desde las calles de La Bajada hasta la cima del fútbol hubieran encontrado una manera de decirle, sin pedir nada a cambio, que están con él.