El arroyo Ludueña estuvo en el centro del debate a mediados de este año por la gran cantidad de basura que, tras tres años de sequía y sin un correcto mantenimiento a lo largo de su curso, quedaba flotando en la desembocadura. Las lluvias que posibilitan crecidas lograron disipar esta cuestión (a pesar de que la contaminación continúa) pero trajeron camalotes, una actividad usual en el río Paraná pero que en este sector se convirtió en problema a raíz de las grandes embarcaciones que amarran a metros del canal principal del río según indicaron pescadores de la zona, que reclamaron por esta cuestión y señalaron que, por este factor, aparecen más alacranes y serpientes.
El ciclo de vida de los camalotes comienza en lagunas y riachos internos para luego, por efecto del viento, desplazarse por otros canales del río Paraná. Estas plantas corren río abajo y según detallaron a La Capital pescadores de la zona de la desembocadura del arroyo Ludueña, los mismos “chocan” con algunas obras que se dieron en los últimos años (dominados por la bajante), ingresan al arroyo y luego no pueden salir.
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Foto: Celina Mutti Lovera / La Capital
Las condiciones en la desembocadura mejoraron este miércoles, pero ayer se vio una alfombra verde en ese sector, tomado por los camalotes. “El problema más grave son los alacranes y serpientes que vienen”, advirtió Oscar Sánchez, pescador e integrante de la cooperativa que nuclea a sus colegas.
Consultado sobre por qué se da un panorama como este, señaló: “Hicieron una guardería y la empezaron a rellenar, pusieron columnas y amarraron barcos grandes. Se fue achicando la boca del arroyo y los camalotes entran pero, después, no pueden salir de nuevo al río”.
Esto trae problemas para navegar a los pescadores, que viven de la actividad diaria y dificulta tanto salidas como entradas a ese sector. Intentar pasar es un desafío para los motores, que pueden terminar fundidos y necesitar si o si repuestos que se comercializan con precios atados al dólar.
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La faceta productiva no es el único inconveniente: “Vino un muchacho de la isla que se clavó un anzuelo y no podía anclar para ir al hospital. Llegó, pero fundió el motor. Con cosas así, tener una lancha y no poder bajar es lo de menos”.
A mitad de año, el arroyo Ludueña mostraba un pésimo panorama. Cientos de botellas flotando en su desembocadura confirmaron una situación que venía sucediendo en torno a ese cauce: la contaminación es constante y nunca se le dio una solución definitiva. Si bien hubo investigaciones en curso y otras que ya arrojaron resultados, además de limpiezas en distintos sectores, la postal se repite con frecuencia y hasta hubo un proyecto para que una embarcación específica (el "Sabalito barredor") pueda mantener saneada la desembocadura, con una presentación de la estructura que nunca llegó a usarse y está abandonada desde hace cuatro años.