La diferencia que mostraron en el juego Los Pumas Seven con el resto de los equipos fue tanta que la medalla de oro no estaba en discusión, era casi una obligación. Y luego del parate obligado por las inclemencias del tiempo que hizo que la final se postergue para este lunes, llegó la ansiada consagración: victoria ante Chile por 17-7 y una nueva página de gloria para el rugby argentino.
Nobleza obliga, el conjunto trasandino fue un digno rival pero no llegó a opacar las individuales de un equipo que jugó uno de los partidos más deslucidos de la temporada y aún así le alcanzó para festejar.
No obstante el seleccionado nacional fue el mejor de todos y finalizó una campaña brillante, teniendo dentro de sus filas un hombre que disfrutó la conquista de una manera especial, un rosarino que fue más local que nunca: Pedro De Haro, quien ingresó a cuatro minutos del final y tiene una historia muy particular con el rugby reducido.
La increíble historia de Pedro De Haro
Pedro lleva el rugby en la sangre como un torrente indomable. Se crió en Atlético del Rosario, la mítica Plaza Jewell, donde las raíces de los árboles fundadores todavía respiran la historia del juego. Durante su paso por las juveniles, Pedro hechizó la pelota jugando como apertura, portando el número diez en la espalda como un amuleto. Sin embargo, cuando el destino lo empujó al plantel superior, su cuerpo y su mente se adaptaron rápidamente a la posición de centro.
Desde chico, a él siempre le fascinó el juego dinámico y desestructurado. Según declaró varias veces “odia” el juego lento, los scrums y los mauls porque su esencia siempre fue correr, pasar la pelota y buscar los espacios.
A principios de 2025, el universo decidió que la vida deportiva de Pedro debía dar un vuelco cinematográfico. Mientras se encontraba de vacaciones con sus amigos en las playas de Pinamar, deteniendo el tiempo entre el dulzor de los churros y la tibieza de los mates frente al mar, el celular vibró con las palabras de un amigo.
De las vacaciones a la cancha
Era una invitación para jugar un torneo de verano que parecía flotar en la neblina del tiempo: el histórico Súper Seven de Mar del Plata. Sin pensarlo, Pedro unió su destino a un equipo de invitación bautizado Newbery 7, un rejunte de voluntades armado a último momento que parecía no tener futuro. Pero contra todo pronóstico humano, el grupo de amigos comenzó a desplegar un rugby tan espectacular que la pelota parecía levitar entre sus manos; así, borrando jerarquías, le ganaron a seleccionados enteros como Uruguay, Chile y Brasil.
En las tribunas, entre la multitud, se encontraba Santiago Gómez Cora, el emblemático coach de Los Pumas Seven, cuyos ojos quedaron impactados al presenciar la velocidad, el desparpajo y la destreza del joven rosarino.
El entrenador no dudó en convocarlo a una exigente postemporada de un mes en Buenos Aires, un viaje iniciático repartido entre los campos sagrados de Casa Pumas, Deportiva Francesa y San Andrés. Al terminar los treinta días de sudor y magia, los entrenadores le pidieron que tuviera paciencia y regresara a su club. Pedro esperó, escuchando el pulso del tiempo, hasta que cinco meses después, las cartas del destino se revelaron con la confirmación oficial: estaba formalmente convocado para realizar la pretemporada.
La confirmación tan esperada
La confirmación llegó como un relámpago en una tarde mansa de Rosario. El llamado para realizar la pretemporada oficial con Los Pumas Seven en Pinamar rompió el orden de las cosas, y Pedro entendió que ya no pertenecería del todo al mundo de los mortales comunes. Su bolso, cargado con el aroma a césped de Plaza Jewell fue su único equipaje hacia el santuario de los elegidos.
Cuando las semanas de la exigente preparación llegaron a su fin, Pedro De Haro ya no era el mismo chico que comía churros en la playa. El fuego de la pretemporada lo había consagrado. Su nombre quedó inscrito de forma definitiva en la lista de los Pumas Sevens listo para irrumpir en el Circuito Mundial.
Consolidado como uno de los recambios y apuestas de renovación del seleccionado, Pedro cumplió uno de sus mayores sueños: disputar con la camiseta de Los Pumas Seven los Juegos Suramericanos en su natal Rosario, disfrutando del aliento de su gente en el Hipódromo de la ciudad vistiendo la celeste y blanca y llevándose nada menos, que una medalla de oro.
Las palabras del rosarino Pedro De Haro
"Es una locura, muy difícil de explicar. Muy contento por lo que vivimos, fue especial por ser de acá. La gente se portó bárbaro, alentando todo el tiempo. Nos dieron un plus de energía para defender cada pelota", dijo De Haro.
"Sabía que iba a estar mucha gente del club y es bárbaro que no solo ganáramos nosotros, sino el equipo femenino. No era simplemente que éramos Argentina y le ganamos a Chile. Ellos trabajan, hicieron las cosas bien y nosotros la hicimos. Este logro tiene un montón de horas detrás", señaló.
"Fue el primer partido que me toca arrancar de afuera y me dio mucha ansiedad. Me tocó entrar de la mejor manera y por suerte se dio. Ni cerca me imaginé colgarme una medalla acá en Rosario", redondeó.