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Una niña momificada hace un siglo causa asombro en Italia

Rosalía Lombardo, cuyo cadáver es considerado el mejor conservado del mundo, abre levemente los ojos por una reacción a los flashes fotográficos

Sábado 14 de Junio de 2014

En Palermo (Sicilia), el cadáver de una niña de dos años momificada abre y cierra los ojos todos los días debido a los flashes de la luz y la humedad. Sin duda, un efecto natural que puede causar más de un susto en el visitante desprevenido.

   El cuerpo envuelto en vendas lleva casi un siglo. Rosalía Lombardo —como se llamaba la pequeña— murió en el año 1920 debido a una neumonía. Su padre sentía tanto afecto por ella y quedó tan afectado por su fallecimiento que decidió momificarlo para conservar su cuerpo incorrupto. Así pues, la niña pasó por las expertas manos de un conocido embalsamador que había aprendido su arte de los egipcios.

   El refinamiento llegó a su culmen en la obra del doctor Alfredo Salafia. Hasta hace poco, el cadáver de la pequeña había permanecido escondido. No obstante, fue hallado en las Catacumbas Capuchinas de Palermo.

   Tras un examen previo, el cuerpo de la niña fue declarado el mejor conservado del mundo. La experta momificación llevó a los investigadores a instalar una cámara frente al cadáver para estudiarlo. Lo que descubrieron no pudo ser más desconcertante: Rosalía abría y cerraba los ojos todas las noches. La cámara, dentro del sarcófago, llegó a tomar fotografías cada 60 segundos.

   Las imágenes que se recogieron muestran un extraño fenómeno, los ojos de la pequeña se abren y se cierran varias veces al día.

   Sorprendidos, los científicos se pusieron manos a la obra y, tras algún tiempo, descubrieron que el extraño suceso no era cosa de brujería, sino que era provocado por los flashes generados por la cámara. Estos, unidos a la humedad presente en el ambiente, habían provocado la foto-descomposición del cuerpo, un proceso que llevó a que los párpados de la pequeña se levantaran de forma periódica. A su vez, también había cambiado el color del vello de la niña a rubio.

   Rosalía Lombardo, también apodada “La Bella Durmiente” ocupó durante décadas la cámara de las “Mujeres vírgenes” de las Catacumbas Capuchinas de Palermo, momias que visten exquisitas prendas de un blanco inmaculado dañado solo por el tiempo.

8.000 difuntos. Las Catacumbas son un museo único en el mundo. Se calcula que en las paredes hay 8.000 difuntos momificados: un obituario sin fin.

   La ciudad de Palermo, conocida por sus bellas playas, su importante patrimonio histórico y una gastronomía deliciosa, es sede de un imponente museo mortuorio que pone a prueba las sensibilidades más profundas del ser humano.

   Al bajar los peldaños que separan la entrada principal de las seis cámaras que lo componen, se observa que lo que cuelga de las paredes no son cuadros sino muertos y momias que constituyen una abrumadora oda funeraria colectiva.

   “Mucha gente se sorprende, saben que vienen a unas catacumbas pero no esperan ver los cadáveres así, colgados, tantos y tan bien conservados”, dijo en una entrevista con una agencia internacional Fabrizio Fernández, responsable del sitio.

   Alrededor de 40.000 visitantes se acercan a las Catacumbas cada año cuando ésta abren.

   La historia de las Catacumbas se remonta a 1599, cuando los capuchinos establecieron al sitio como lugar de reposo para los frailes difuntos. Pero el museo abrió sus puertas en el año 1950.

   En el siglo XVII, el particular cementerio fue abierto para que lo visiten los “hombres de bien”, pero poco a poco el ingreso se fue extendiendo al resto de la población hasta convertirse en una verdadera tradición palermitana.

   Los cadáveres se dividían no solo por sexos sino también por categorías sociales y económicas. En cuanto a la momificación, en un principio los cadáveres se secaban al sol, después el método de conservación se fue refinando.    

   Así como existe la cámara de las “vírgenes” también se destaca el cuarto de los “profesores”, que aloja a antiguas celebridades locales: los escultores Felipe Pennino y Lorenzo Marabitti, el cirujano Salvatore Manzella, el coronel Enea Diguiliano e incluso, según cuenta la leyenda, el hijo de un rey de Túnez. Todos ellos portan distinguidos ropajes y vestidos que los identifican.

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