“Nadie es la patria, pero todos lo somos”. Jorge Luis Borges

El liderazgo del capitán no se impone por la voz alta, por el mandato, por la épica verbal ni por la gestualidad del caudillo clásico
“Nadie es la patria, pero todos lo somos”. Jorge Luis Borges
Hay países que obedecen instituciones, países que veneran tradiciones y países que se entregan, con una mezcla de fervor y desmesura, a una figura capaz de encarnar por un tiempo la totalidad de una esperanza. La Argentina pertenece, quizás más que ninguna otra nación moderna, a esta última familia espiritual: la de los pueblos que no solo siguen líderes, sino que los aman. Los aman con una fidelidad que puede ser luminosa o peligrosa; con una intensidad que puede fundar gestas o arruinar instituciones; con una pasión que, cuando encuentra una causa noble, convierte a un grupo de individuos en una comunidad dispuesta a sacrificarse.
El vínculo de los jugadores argentinos con Lionel Messi permite mirar ese fenómeno con una pureza que la política casi nunca concede. Allí no aparece, al menos en primer plano, la maquinaria del poder, la obediencia interesada, la liturgia partidaria ni el cálculo de la conveniencia. Aparece algo anterior y más hondo: la lealtad afectiva. Los jugadores no parecen jugar solamente con Messi, ni siquiera únicamente para ganar con él. En muchos momentos parecen jugar por él. Y en esa preposición mínima —por— se abre una clave de lectura de la Argentina.
Jugar por alguien no es lo mismo que jugar para algo. Jugar para algo pertenece al orden de los objetivos: ganar una copa, cumplir un contrato, alcanzar una meta. Jugar por alguien pertenece al orden de la fidelidad. Supone que el otro se ha vuelto causa, símbolo, deuda, patria íntima. En Messi, esos jugadores reconocen no solo al mejor, sino al que cargó durante años con la tristeza colectiva de un país que a veces ama con impaciencia y exige con crueldad. La selección campeona no fue únicamente una estructura táctica; fue una comunidad emocional organizada alrededor de una reparación.
La literatura argentina comprendió muy temprano esta tensión entre individuo y destino colectivo. En el Facundo, Sarmiento vio en el caudillo no solo una anomalía, sino una forma de condensación social: el hombre que, para bien o para mal, concentra las fuerzas dispersas de una época. Borges, más escéptico, sospechó siempre de la idolatría política, pero no dejó de reconocer que la patria es una construcción de rostros, nombres, muertos, gestos y memorias compartidas. Y Hernández, en el Martín Fierro, dejó una sentencia que atraviesa toda nuestra historia: los hermanos sean unidos. La Argentina sabe, por experiencia y por tragedia, que la unión alrededor de una figura puede ser abrigo, pero también intemperie.
La frase de Hernández no habla de obediencia ciega; habla de una fraternidad necesaria. Y allí se vuelve decisivo distinguir dos formas de amor colectivo. Una es la sumisión al líder, donde el grupo abdica de su conciencia y entrega su juicio. Otra es la lealtad al liderazgo que expresa una causa compartida, donde el líder no reemplaza a la comunidad sino que la vuelve visible. En el primer caso, el líder devora al pueblo. En el segundo, lo organiza, lo eleva y le devuelve una imagen dignificada de sí mismo.
Messi permite pensar esta segunda posibilidad. Su liderazgo no se impone por la voz alta, por el mandato, por la épica verbal ni por la gestualidad del caudillo clásico. Es un liderazgo casi silencioso, hecho de excelencia, pudor, persistencia y una rara forma de tristeza transformada en responsabilidad. Messi no ordena la lealtad: la suscita. No exige amor: lo despierta. No reclama sacrificios: los demás se los ofrecen porque perciben que en él hay algo que merece ser protegido.
Esa es una de las formas más altas del liderazgo: cuando los otros no se sienten disminuidos por la grandeza ajena, sino agrandados por ella. La admiración, en su sentido más noble, no humilla. Al contrario: levanta la mirada. Un pueblo que todavía puede admirar no está del todo perdido, porque conserva la capacidad de reconocer una excelencia que no necesita destruir. La admiración es una pedagogía moral: enseña que hay algo por encima del resentimiento, del consumo y del cinismo.
Pero la Argentina también conoce el reverso. Nuestra historia política está marcada por una extraordinaria capacidad para construir lealtades personales: San Martín como padre austero de la emancipación; Rosas como caudillo de orden y pertenencia; Yrigoyen como mito de reparación popular; Perón como conductor de una comunidad organizada; Evita como santa civil de los humillados; Alfonsín como promesa democrática; Maradona como redención plebeya; Messi como reconciliación nacional. Cada uno, desde lugares incomparables, mostró que en la Argentina la autoridad nunca es puramente administrativa. Necesita una investidura afectiva.
El problema aparece cuando esa investidura afectiva sustituye a las instituciones. Entonces la fidelidad deja de ser virtud y se vuelve dependencia. El líder ya no representa una causa: la monopoliza. La comunidad ya no se reconoce a través de él: se disuelve en él. Allí la pasión argentina, que puede producir belleza, coraje y organización, se transforma en una debilidad republicana. Porque ningún pueblo puede vivir sanamente si necesita que una sola persona cargue con todo su destino.
La escena de los jugadores abrazando a Messi, buscándolo después de cada gol, defendiéndolo en cada derrota y celebrándolo en cada triunfo, no debe ser leída como una simple postal deportiva. Es una escena antropológica. Muestra una forma argentina de construir comunidad: la aparición de una figura que condensa el esfuerzo de todos, pero que solo alcanza su plenitud cuando los demás deciden acompañarla con lealtad. Messi no fue campeón solo porque era Messi. Fue campeón cuando encontró una comunidad dispuesta a transformar su admiración en trabajo.
Tal vez esa sea la enseñanza más profunda. La Argentina no debería renegar de su amor por los líderes. Sería inútil y falso. Ese amor forma parte de su energía histórica, de su imaginación pública, de su modo de construir épicas. Lo que debe aprender es a purificarlo. Amar a un líder no debería significar renunciar al juicio, sino fortalecer una causa común. Seguir a alguien no debería implicar arrodillarse ante una persona, sino caminar detrás de aquello que esa persona, en su mejor versión, logra encarnar.
Por eso Messi es una oportunidad simbólica. Nos permite pensar una lealtad sin servilismo, una admiración sin fanatismo, una conducción sin grito, una autoridad sin prepotencia. Su figura no cancela al equipo; lo convoca. No absorbe a los demás; los vuelve mejores. Y acaso allí resida la diferencia entre los liderazgos que enferman a una sociedad y los que la elevan: unos exigen obediencia; otros despiertan grandeza.
En tiempos de cinismo, conviene defender el derecho a admirar. Pero también conviene educar esa admiración para que no degenere en culto. La política argentina necesita líderes, sí; pero necesita aún más comunidades capaces de amar sin dejar de pensar, de seguir sin dejar de discernir, de entregar lealtad sin entregar la conciencia. Porque cuando la lealtad sirve a una causa, se vuelve épica. Cuando sirve solo a una persona, se vuelve cautiverio.
Quizás el mejor ADN político argentino no sea simplemente amar a los líderes, sino trabajar con suma lealtad por aquello que, a través de ellos, reconocemos como más grande que nosotros. En la selección, eso se llamó Messi. En la política, debería llamarse patria, justicia, comunidad, futuro. El desafío es no confundir nunca al portador de la llama con la llama misma.
“La patria es un acto perpetuo, como el perpetuo mundo”. Jorge Luis Borges



Por Facundo Borrego