Heredera de una larga tradición de escuelas navales que habían incluido al vapor
de guerra "General Brown" y al "Coronel Espora", a la cañonera "Uruguay" y a la corbeta "La
Argentina", todas naves que con el tiempo presentaban defectos que hacían necesario su reemplazo
por otras que estuvieran provistan de los más modernos elementos de la náutica y las hicieran
idóneas para cubrir adecuadamente la tarea de buque-escuela, la fragata "Presidente Sarmiento"
zarpó en su primer viaje de instrucción el 12 de enero de 1899.
"La Sarmiento", como era conocida popularmente, en los casi cuarenta años en que
se mantuvo en actividad realizó un total de 37 viajes, el último de los cuales fue el 18 de abril
de 1938. En todo ese tiempo recorrió más de un millón de millas marinas, suficientes como para dar
cuarenta vueltas completas a la Tierra, y allí se formaron unos 23.000 cadetes y oficiales navales.
Fue encargada a los astilleros de Laird Brothers, en Inglaterra, y por su cubierta caminaron reyes
y presidentes, además de haber sido su banda de música la que llevó y paseó el tango por Europa y
el Oriente allá por los años 1905-1906.
Una embajada flotante. Fue una especie de embajada argentina flotante y donde
recalaba era recibida con los mayores honores por las más altas autoridades. Los viajes de La
Sarmiento eran todo un acontecimiento para los diarios de principios del siglo XX, cuyos lectores
seguían con avidez sus peripecias. Su nombre fue tan reconocido que no pocas casas de comercio lo
adoptaron y así en Rosario, por ejemplo, estaba la famosa zapatería "La Sarmiento" de calle Salta
1883, entre Italia y Dorrego, y varias décadas después los rosarinos pudimos verla reproducida en
un gigantesco cuadro que colgaba en la esquina de Mitre y Córdoba donde estaba el bar "La
fragata".
También sirvió como apodo para una famosa madama del barrio de Pichincha (ver
aparte) y su figura fue puesta en billetes, monedas y estampillas como si se tratara de un símbolo
nacional a la altura del Cabildo de Buenos Aires o la Casa de Tucumán: estuvo en el reverso del
famoso billete violeta de "una luca", donde de 1944 a 1969 aparecía representada en el famoso
cuadro de Hugo Lebán, la misma obra que tiempo después pero de manera más "abstracta" fue
reproducida por los fósforos Fragata. También estuvo en una moneda de cinco centavos de acero
enchapado y en las estampillas del mismo importe de 1930 (color verde azulado) y 1947 (azul claro)
que emitió el Correo Argentino.
También sirvió como apodo para una famosa madama del barrio de Pichincha (ver
aparte) y su figura fue puesta en billetes, monedas y estampillas como si se tratara de un símbolo
nacional a la altura del Cabildo de Buenos Aires o la Casa de Tucumán: estuvo en el reverso del
famoso billete violeta de "una luca", donde de 1944 a 1969 aparecía representada en el famoso
cuadro de Hugo Lebán, la misma obra que tiempo después pero de manera más "abstracta" fue
reproducida por los fósforos Fragata. También estuvo en una moneda de cinco centavos de acero
enchapado y en las estampillas del mismo importe de 1930 (color verde azulado) y 1947 (azul claro)
que emitió el Correo Argentino.
La Sarmiento en España. Debido a la guerra hispano-norteamericana de 1898,
España había perdido Cuba, Puerto Rico y Filipinas, sus últimas colonias de ultramar, y con ellas
sus principales mercados exteriores. Esto llevó, por un lado, a que ese gobierno buscara resarcirse
intensificando la explotación de la clase obrera y el campesinado español –uno de los
principales motivos de su emigración– y, por otro, a acentuar su política diplomática con los
países hispanoparlantes para lograr acuerdos comerciales.
Es en este marco que el viaje de La Sarmiento a España (su segunda travesía) en
marzo de 1900 se transformó en uno de sus más significativos, y el que llevaría a la modificación
de nuestro Himno Nacional.
Luego de arribar a mediados de marzo de 1900 a las costas de Manila, la capital
de Filipinas que había estado por cuatro siglos bajo dominio español y que ahora formaba parte de
los Estados Unidos, La Sarmiento partió rumbo a Barcelona. En 1892 había llegado a Buenos Aires la
corbeta "Nautilus", el buque escuela de guardias marinas españoles, y ahora todas las miradas
estaban puestas en la "confraternidad hispano-argentina que la historia exige, la tradición impone
y la política aconseja, porque ¡quién sabe si en la evolución de los tiempos nuestras razas no
estarán obligadas a una defensa mutua!", sostenía La Capital de entonces.
El ayuntamiento de Barcelona votó a favor de los gastos que originaran los
festejos en honor de los marinos argentinos y algunas familias notables se comprometieron a
agasajarlos con comidas y bailes. Por otra parte, el alcalde de Madrid también prometió obsequiar a
los visitantes aprovechando la ocasión de mostrar "nuestro afecto por la República Argentina, donde
tantos españoles hallan franca hospitalidad".
La Sarmiento fondeó el puerto de Barcelona el 16 de marzo de 1900 y fue
escoltada por varias embarcaciones. Mientras millares de personas se agolpaban en los alrededores,
la fragata saludó con una serie de salvas que fueron respondidas por las baterías de la fortaleza
de Montjuich, donde la bandera argentina flameaba al lado de la española, y en el momento de
atracar subió a bordo el alcalde de la ciudad, el cónsul argentino y un secretario del gobernador
que llevaba saludos del gobierno español.
Al día siguiente, la nave recibió la visita de numerosas personas, y mientras
los oficiales y guardias marinas fueron a conocer los edificios más notables de la ciudad, el
gobieron ibérico notificó que participaría oficialmente de los festejos.
Obsequios, manifestaciones de simpatía, almuerzos, pase de revista al cuerpo de
bomberos... nada parecía suficiente a los españoles para agasajar a la oficialidad y a los
marineros argentinos, y hasta alguno, dejándose llevar por el entusiasmo, propuso la inmediata
creación de una liga “ibero-sudamericana”.
Atragantados. El 20 de marzo la tripulación de la Sarmiento fue invitada a una
“serenata-concierto” donde varios coros cantaron al unísono el Himno argentino, y ahí,
por primera vez, frases emblemáticas como “la envidia del fiero tirano escupió su pestífera
hiel” o “el fiero opresor de la patria su cerviz orgullosa dobló”, se le
atragantaron a los visitantes como un manojo de escarbadientes. Instantes después, y con toda
diplomacia, los marinos pidieron también escuchar la marcha real española, luego de lo cual todos
los presentes se confundieron en estruendosos vivas para la Argentina y España.
Esa misma noche, los tripulantes partieron en tren hacia Madrid, donde arribaron
a las 10.45 de la mañana del día siguiente. La estación era un hervidero de gente: se convocaron
más de diez mil personas, además de distintas autoridades civiles y militares y muchos oficiales
del ejército y de la armada. Periodistas y miembros de los círculos mercantiles e industriales
ocupaban por sí solos casi todo el andén, y hasta en los edificios flameaba la bandera argentina
como una muestra más de simpatía.
Una banda militar de música arremetió con el himno argentino y los marinos
fueron escoltados por la multitud hasta las puertas del hotel. Esa noche, los oficiales fueron
llevados con carrozas de gala al palacio real para un banquete de honor, y allí fueron recibidos
por el mismísimo rey Alfonso XIII, quien para la ocasión vistió el uniforme de marina.
Guerra entre hermanos. El día 23 de marzo, los oficiales argentinos fueron
invitados a un almuerzo por el ministro de Marina español, el contraalmirante Gómez Imaz, y en el
cual se encontraba también un nutrido grupo de generales. Sirvieron champaña y luego de un brindis
se levantó el general Azcárraga, ministro de Guerra, y alzó su copa por “el ilustre general
Roca y su vicepresidente, el doctor Quirno Costa”, luego de lo cual hizo una velada
referencia al himno argentino al decir que “vuestra guerra de independencia fue una guerra de
titanes. No nos enojan vuestros triunfos de Salta y Tucumán (segunda línea de la 14ª cuarteta de la
letra original), ni a vosotros los nuestros de Vilcapugio y Ayohúma: las guerras entre hermanos se
olvidan, abriéndose unos a otros los brazos...”. Las cartas ya estaban echadas y la respuesta
argentina no tardaría en llegar.
El 24 de marzo de 1905 los tripulantes de La Sarmiento abandonaron Madrid y
volvieron en tren a Barcelona, y para el 26 la nave estaba siguiendo su periplo hacia
Cartagena.
Estrofas de odio. Dos días después, “El Diario”, de Buenos Aires,
acusó el impacto y propuso mochar el himno diciendo que “estamos en el mejor momento para dar
a España una prueba oficial y decisiva de que han terminado para siempre las reservas y
preocupaciones heredadas. Nada evidenciaría más nuestra gratitud y nuestros lazos fraternales que
el hecho de eliminar aquellas estrofas de nuestro himno que, habiendo sido escritas en horas de
lucha para excitar a las masas, son hoy una agresión anacrónica sin sentido y sin objeto. Al leer
que la reina y su corte se ponían de pie en el teatro Real de Madrid cuando la orquesta hacía oír
los acordes de nuestra canción nacional, muchos habrán sentido un íntimo reproche por las frases
hirientes que contiene...”.
El diario “El Tiempo”, por su parte, salió a la palestra con un
categórico: “Siempre lo hemos sostenido: el Himno Nacional debe ser modificado... Hay
estrofas que no deben cantarse más porque son de odio y de cólera contra un pueblo que si bien en
1810 era nuestro enemigo, ahora nos ayuda a formarnos como nación...”.
Atento a todo esto, el Poder Ejecutivo emitió un decreto fechado el 30 de marzo
de 1900 en donde sostuvo que en las festividades oficiales o públicas, así como en los colegios y
escuelas, sólo se cantaría la primera, la tercera y la última cuarteta de la canción sancionada por
la Asamblea General del 11 de mayo de 1813 “por cuanto respetan las tradiciones y no ofenden
a nadie”.