La energía generada por paneles de células solares le ahorra a la atmósfera de la Tierra casi un 90 por ciento de las emisiones dañinas, en comparación con la energía tradicional de los combustibles fósiles. La conclusión proviene de un equipo de investigadores del Laboratorio Nacional de Brookhaven, una institución científica del gobierno estadounidense.
La conclusión principal del informe fue adelantada por la la publicación especializada Environmental Science & Technology, de la Sociedad Americana de Química (ACS).
Los científicos investigaron cuántos gases de efecto invernadero, metales pesados, óxidos nítricos y dióxidos de azufre se generan durante la producción y 30 años de funcionamiento de módulos fotovoltaicos, que funcionan transformando la energía solar en electricidad.
Como parámetro comparativo tomaron los datos de emisión de gases de 13 países europeos y de los EEUU en el período 2004 a 2006.
La conclusión principal es inequívoca, en cuanto al sustancialmente menor daño ambiental de corto y largo plazo que producen las células fotovoltaicas respecto de las fuentes tradicionales de energía. Estados Unidos, pese a ser un pionero en células fotovoltaicas, es el principal emisor mundial de gases de efecto invernadero, que genera a partir de la combustión de petróleo y sus derivados, de gas y carbón. Lo sigue de cerca China, la nación con el mayor crecimiento industrial en las últimas dos décadas.
El ejemplo neocelandés. En contraste con la mala conducta ambiental de estos dos gigantes, Nueva Zelanda, un pequeño país con uno de los estándares de vida más altos del planeta, se comprometió en 2007 a alcanzar en menos de 20 años un 90% de su generación de energía de fuentes "limpias". El país ya produce un 70% de su electricidad con represas hidroeléctricas, que no generan gases dañiños, y a partir de la energía geotérmica, es decir, el calor y el vapor de agua que genera el suelo, que se transforma en electricidad en usinas diseñadas para este fin.