La Perla norte, y luego la Perla, a secas, los primeros balnearios de Mar del Plata, en el ingreso
desde el norte, son parte del resurgimiento de una ciudad que hasta no hace mucho la pasó mal. De a
poco, como el país desde 2002, la zona se reconstruye ladrillo sobre ladrillo. La playa luce, antes
del parque Camet y de los acantilados, auténticos miradores del más allá para cualquier
automovilista o caminante que haga una pausa, pierda la mirada, y deje volar la imaginación.+
“Al mar”, el ya histórico “telo” de Mar del
Plata hace titilar sus luces de neón con más fuerza en esta temporada. Con su inequívoca aclaración
“habilitado”, la palabra clave que usan los hoteles exclusivos para el disfrute del
sexo en la provincia de Buenos Aires, invita a que las vacaciones sean una fiesta, en todo sentido.
Del desastre a la esperanza. “Esto en los noventa fue destrucción total, salía más
barato una semana en México que en la Perla, nos hundíamos”, recordó Marcelo, un comerciante
histórico del barrio.
Por allí nace Constitución, la avenida que desde el mar marca un tajo
hacia el oeste. Supo albergar, y continúa, a los grandes galpones de una mega industria
marplatense: el boliche nocturno para jóvenes. Sin embargo, otras zonas, otros focos, otras
modalidades, disputaron su hegemonía. Y hoy ya no es lo que fue.
Entrando al casco principal de la ciudad, por la zona del Casino,
aparece la mítica playa Bristol, popular, masiva. Playa pública, de fácil acceso, bocado inevitable
para los veraneantes de recursos escasos. La Bristol 2008 se ofrece prolija, ordenada, pero sin
despojarse de su estética de feria “todo por dos pesos”.
La Rambla, con sus galerías bajo el siempre contundente edificio del
Casino, y de las construcciones ligadas, la foto con los lobos marinos, perdieron casi todos los
sentidos que en algún tiempo aportaron al concepto Mar del Plata.
“La verdad es que a esa zona ni la mencionamos en los catálogos,
no le hacemos ninguna promoción. Si pasás temprano, a la mañana, está todo limpito, barrido, pero a
la noche queda hecha una mugre, la gente no colabora”, confesó a Hugo Alfonso, el
experimentadísimo hombre responsable de prensa oficial. “Mar del Plata está en un fuerte
proceso de reconversión, de sofisticación de los servicios, así lo solicita el propio
mercado”, aseguró Alfonso, con varias décadas en esta función, escrutando todos los rincones
de la ciudad.
Pero sobre las fatigadas arenas de la Bristol, muchos de sus ocupantes
no perciben la degradación de la zona. Y la pasan bomba. Como la familia Sánchez, que llegó desde
San Miguel de Tucumán, y está feliz con el lugar. Hugo, acompañado por su esposa, padres de cuatro
hijos (dos de los cuales, adolescentes, duermen al mediodía lo que no durmieron en la noche) dijo
que van a la Bristol porque les gusta.
Paran en un departamento alquilado a tres cuadras, en pleno microcentro
de Mar del Plata. Hugo, empleado judicial en la ciudad de Tucumán, llegó por segunda vez en su vida
a Mar del Plata, al comando de su camioneta.
“Antes viajábamos de vacaciones a Córdoba, pero este es el segundo
año que venimos acá, y nos encanta”, agregó el tucumano bajo su propia sombrilla y con la
infaltable heladerita, la clásica de telgopor.
La ciudad “nueva”. Desde el Casino hacia el sur nace la “nueva” Mar
del Plata. Varese, tal vez la postal marítima más rutilante de la Argentina, ajusta detalles para
un inversión de 7 millones de pesos (se construirá un balcón socavando el terraplén, con desarrollo
comercial y espacio público); luego Playa Chica y Playa Grande, con sus hoteles 5 estrellas; el
Puerto, Punta Mogotes, el Faro y más allá, lo más granado de la ciudad: las playas del sur. Un
territorio de costa amplia, ganado por el público joven.
Los paradores de la radios porteñas asociadas al rock y, entre otras, la
ya clásica La Caseta, se adueñan del bello tesoro juvenil y de sus consumos calificados (por caso,
6 pesos una Coca cola), con los pies sobre la arena, que peregrina diariamente hasta la meca no sin
dificultosos embotellamientos a lo largo de los casi 10 kilómetros que separan el sur del centro.
Pero vale la pena. Allí y sólo allí está la gente linda. Todo sostenido
por una generosa música electrónica. l




























