"Desearía que mi corazón fuera depositado en Buenos Aires", dejó escrito José de San Martín en su testamento al morir el 17 de agosto de 1850, hace 158 años y tras declarar "no deber ni haber jamás debido nada a nadie". Pocos momentos antes morir y con absoluta lucidez, le dice a Merceditas, que permanecía a su lado: "Hija, esta es la fatiga de la muerte".
El que recibió en Buenos Aires la noticia de su muerte fue Juan Manuel de Rosas, quien al frente de la Confederación Argentina fue depositario de uno de los deseos que expresó el libertador en su testamento.
"El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de la América del Sur le será entregado al general de la República Argentina don Juan Manuel de Rosas", ordenó San Martín, quien había elogiado un año antes las acciones de Rosas frente al bloqueo anglo-francés.
San Martín tuvo como objetivo principal y por encima de cualquier disputa interna, liberar al territorio sudamericano del dominio español. El inicio del camino era Chile, donde la avanzada realista había derrotado la experiencia independentista gestada en 1810, y el objetivo era liberar el otro lado de la cordillera y seguir hacia Perú.
"Un ejército de unos cinco mil hombres bien pertrechados, entre los que se contaban 1.500 esclavos negros a quienes les había prometido la libertad a cambio de guerrear, inició la travesía de los Andes", cuenta el historiador chileno Fernando Mires en "La Rebelión Permanente".
La victoria sobre Chile fue la base para partir hacia Perú, donde los sectores acomodados tenían por un lado un fuerte temor a una rebelión social, y por otro, constituían un bastión del realismo.
San Martín ingresó triunfante en Lima en julio de 1822 y obtuvo el título de Protector del Perú tras haber armado su estrategia en la que daba "garantías a los criollos peruanos de que el ejército respetaría sus instituciones", precisa Mires, y lo responsabilizaba "frente a cualquier intento de sublevación de las clases subalternas".
Pero la situación era difícil y comenzaron las conspiraciones, el rearme español y la pérdida de eficacia de su ejército. Es entonces cuando se encuentra en Guayaquil con Simón Bolívar que venía victorioso desde el norte de Sudamérica.
En este contexto, "la entrevista de Guayaquil no podía tener pues sino un mero carácter simbólico", escribe el historiador chileno y agrega que tras las conocidas palabras de San Martín "Bolívar y yo no cabemos en el Perú", el argentino no tiene otro camino que el alejamiento.
"Pragmático siempre, reconoció de inmediato su derrota y decidió abandonar el poder", añade.
Para el historiador Tulio Halperín Donghi la entrevista de Guayaquil fue el resultado del pedido de auxilio de San Martín y el hecho de que éste "fuera recibido como huésped del presidente colombiano en una ciudad que Perú consideraba suya, señalaba ya de qué modo estaba dada la relación de fuerzas".
Luego interpreta que "San Martín, tras de manifestarse dispuesto a seguir la lucha bajo el mando de Bolívar, debió anunciar su retiro de Perú" y considera que "éste era el precio que ponía Bolívar a su auxilio".
El deseo de San Martín de que su corazón repose en Buenos Aires se cumple en mayo de 1880 cuando son repatriados sus restos y depositados en la catedral metropolitana porteña.